Escritor por encargo

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escritores freelance

martes, 11 de septiembre de 2018

El hombre que saltó al vacío








La poderosa imagen ha trascendido el tiempo. El martes 11 de septiembre de 2001, un grupo de terroristas de Al Qaeda, estrellaron dos aviones contras las Torres Gemelas. Las dos icónicas estructuras que se erguían sobre Manhattan, ardían inexorablemente, como en el arcano del Tarot. Esa mañana de septiembre, aquel hecho se convirtió en el show mediático más surrealista de la historia. Alrededor del mundo, millones de personas asistían a la consumación de un nuevo ciclo en la historia. Hegel y Marx se hubieran frotado las manos viendo cómo la historia se mordía la cola como un uróboros, dándoles la razón.

El fotógrafo Richard Drew, tomó ese día, dentro de una ráfaga de disparos de su cámara, una imagen que pasaría a la historia por su dramatismo intrínseco. Con la imagen de un hombre que se lanza al vacío de la muerte, desde el infierno interior de los colosos de acero que arden, consigue un balance trágico y lírico a la vez. El hombre, vestido de camisa blanca y pantalón y zapatos negros, está precipitándose a la nada, en medio de las columnas de acero y concreto que sirven de telón de fondo. Justo en medio de las torres norte y sur, cayendo como una hoja al viento; la primera, oscurecida por la luz crepuscular y polvorienta de la mañana, la segunda, iluminada por el reflejo del sol pálido, acentuando el equilibro entre la vida y la muerte.

Esta fotografía icónica, parece demostrar que a pesar de las fuerzas de la historia, la rabiosa individualidad humana se esfuerza siempre por conquistar su pequeña victoria sobre el inexorable destino común: la muerte. Este hombre anónimo, enmarcado en uno de los símbolos máximos de la civilización moderna, el rascacielos, parte en dos su destino y el de la humanidad entera, mostrando que aun en las peores situaciones es posible decidir qué podemos hacer o que no. Arder o lanzarse al vacío. Morir, o hacerlo de manera digna. 


martes, 23 de enero de 2018

In memoriam Nicanor Parra (1914-2018)



Nicanor Parra, poeta chileno, creador de la antipoesía (1914-2018)





In Memoriam Nicanor Parra




Era un hombre tan viejo como una secuoya
O como La Muerte.
Pero él ya no le temía.
Quizá porque ya había estado
Yendo y viniendo de ella,
Como los borrachos entran y salen
De los prostíbulos y de los Montes de Piedad
para sacarle monedas a los buhoneros y los usureros
Y las perras y los falos entran y salen de
Máquinas tragaperras y mujeres desnudas.
¿Y todo esto a cuento de qué?
Pues que el poeta se murió
Huevones.
He aquí un epitafio que será pasto del tiempo
Pero dos por dos, mañana seguirá siendo cuatro
Y la vileza humana, permanecerá igual a sí misma.
A pesar de todo eso, a nuestro pesar, seguimos vivos
Y el sol sigue ardiendo en los pellejos de los perros sarnosos.
Seguramente esta tarde nos pondremos muy borrachos
En memoria del viejo poeta
Tan viejo como un roble o un pez fósil

Requiescat in Peccata. 


                           

lunes, 25 de septiembre de 2017

Terremoto: un poema en memoria de México

                                                     


Fuente:https://ep01.epimg.net/internacional/imagenes/2017/09/24/mexico/1506265718_560344_1506265780_noticia_normal.jpg

                                                    

                                                       Terremoto



Histérica, como fiera herida
La tierra se revuelve.
En su brutal sacudida derrumba,
Desplaza, aplasta, aniquila,
Reduce a cenizas la banalidad humana.
Ayer fueron ellos,
Hoy fuiste tú, mañana seré yo...
Encomiéndate,
Prepárate,
Empaca tus cosas,
Compra comida,
Saca todo el dinero,
Organiza el caos doméstico
Que Natura-Shiva
Rabiosa, lo destruirá todo,
Hasta tu más ordenada crematística.
De nada nos servirá huir
Como al súbdito del rey,
A quien la muerte hizo un guiño
Camino de Hispahan,
Nos alcanzará tarde o temprano:
Despiertos o dormidos,
Desnudos o vestidos.
Tal es nuestro trágico destino.
Que Dios nos ampare,
Si es que aún no ha huido.


sábado, 19 de agosto de 2017

La ciudad y la lluvia




Bajo la égida del azar emprendemos viajes a través de la ciudad. Pero a medida que vamos trazando el periplo, ésta se nos presenta con distintos rostros, como una proteica sustancia, asaz conocida, pero que no adivinamos por completo. Soleada en la mañana, de repente, las nubes grises, siempre presentes, coronando los cerros de Bogotá, desde antes de ser ella misma, empiezan a envolverlo todo, a difuminar su perfil en el horizonte de plomo. La lluvia desdibuja los perfiles y altera la bitácora de viandante. Los edificios, automóviles, personas, recuerdos de sitios ahora solo existentes en la memoria, pierden su sustancia. La niebla enrarece los ánimos, hace taciturnos incluso a los ladronzuelos de tres al cuarto, que parecen hibernar del frío que ahora se precipita sobre las calles. Buscamos el calor en un licor que nos devuelva la tibieza, que ha huido entre el trazado de la lluvia. Nos embriagamos en un recinto hospitalario y salimos a buscar el hogar. Llueve. Parece que nunca ha dejado de ejercerse ese acto abstracto, extraño y hostil, fascinante y misterioso. Bajo un diluvio feroz, nos parece inútil la huida de esa extraña presencia que lo penetra todo. Al amanecer, al ver por la ventana, el cielo gris, oceánico, con la intransigente llovizna, nos confunde en una suerte de bilocación geográfica: ¿Es Londres o Bogotá? Aquí la lluvia se obstina en ser una con la melancolía. 

lunes, 26 de junio de 2017

Malcom Lowry: bajo un volcán de literatura y alcohol



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El escritor Malcom Lowry, se dispone a dar cuenta de una botella de licor


I

De no haber escrito su obra magna Bajo el volcán, de seguro la producción literaria de Malcom Lowry, estaría hoy condenada a un injusto olvido. Nacido en Cheshire, un 28 de julio de 1909, el novelista estudia en Cambridge para luego comenzar una larga trashumancia que lo llevó a hacer varios viajes exóticos por el mundo. Lowry era hijo de una pareja de típico carácter inglés, donde la fe y la prosperidad material van de la mano. Arthur Lowry, era un abstemio, estricto metodista y comerciante de algodón; su madre, Evelyn, era una mujer enfermiza y flemática. Malcom fue el menor de sus hijos, con el que marcó una distancia afectiva que lo marcó por el resto de su vida. Entre los fuertes bastiones del estoicismo psicológico y la jerarquía familiar, el futuro alcoholismo del vástago sería una suerte de ruptura, de rebelión afianzada aún más con el ejercicio de la literatura.

Pero, Lowry, heredaría algo mucho más importante: la lengua inglesa. El escritor crecerá a la sombra de la técnica más revolucionaria de la literatura: el conocido stream of counsciousness (o corriente de conciencia). Woolf, Faulkner, Joyce, en gran medida, y también, un oscuro escritor, Conrad Aiken, con quien Lowry trabó amistad, poco antes de su ingreso a Cambridge, fueron sus más directas influencias. Aiken era un exégeta joyceano, amigo del poeta T.S. Elliot, además de un ebrio contumaz y putañero; otro autor, hoy prácticamente desconocido, Nordhal Grieg, influyó al futuro autor de Bajo el volcán, con una novela The Ships sails on, que de no ser por este antecedente, se hundiría en la sombra de la literatura europea. Estos son los antecedentes literarios de su primera novela, Ultramarine, que publicó la editorial Jonathan Cape de Londres. Para buscar la manera de erigir su más ambiciosa novela, Lowry se autoimpondrá un autoexilio interior, con la búsqueda incesante de una vida procelosa, donde los arcanos y el azar, marcarán su imaginario estético. Buscó el amor materno en dos mujeres: Margorie Bonner y Jan Gabrial, y una patria más allá de la suya: México.

II

Lowry llega al país del mezcal, con la intención de construir un proyecto en clave: “The White Whale” o La Ballena Blanca, emulando a Melville. Mientras el mundo estalla en una guerra, Malcom Lowry comienza una consigo mismo, que lo llevará al descenso a los infiernos de sus más oscuros demonios: una visión mística del mundo, en el que verá todas las cosas en clave de signos cabalísticos y arcanos misteriosos, que en su intrincada mente de escritor genial, verá la luz por medio del turbulento mar del alcoholismo en que se sumió durante casi una década, hasta que pudo parir, en 1947, su obra más conspicua.

La imagen de una Cuernavaca ―Quauhnahuac, como la llama a lo largo de la novela―, cifrada en clave de un inframundo lleno de recuerdos, sombras, anhelos, visiones y demonios que acosan al cónsul Geoffrey Firmin (el mezcal sobre todas las cosas: licor al que Lowry le tenía un temor patológico, por haber perdido los estribos bajo su efecto una de sus escapadas mexicanas), cruzan la una de las novelas más abstrusas del siglo XX.

Como claves en las ascuas de un cigarrillo o guiños en los arcanos del Tarot, los fantasmas del delirium tremens, afloran en las páginas de Bajo el volcán. A la manera de un Joyce mexicano, Lowry sitúa a su lector en el día de muertos de 1939, no sin pintar primero las montañas y el paisaje de una república, por la que parece precipitarse vertiginosamente la razón, en contra de la miríada de referencias psicológicas que sugieren, como puertas falsas de un infierno, salidas a un paraíso anhelado. En ese sentido hay que decir que Lowry se mantuvo fiel a la doctrina dantesca. La Divina Comedia se convirtió en su modelo. Ivonne es su Beatrice. Doce capítulos, que intentan abarcarlo todo, como si fuera una suerte de viaje cabalístico en la primera, Bajo el volcán, de una trilogía de novelas que representarían, quizás, el paraíso que la humanidad se aprestaba a perder con la segunda de las grandes guerras de la historia.

III

Un 26 de junio de 1957, hace exactamente sesenta años, Lowry, abandonaba este mundo, en Ripe, Inglaterra, al parecer en un episodio de bronco aspiración mientras dormía. ¿Qué hubiera escrito de haber vivido más de los cuarenta y ocho años de breve vida, que le fue otorgada a Malcom Lowry? ¿A lo mejor una trilogía insuperable sobre el abismo de la mente humana cuando está sometida a los designios caprichosos de ese extraño látigo del arte, la escritura? Nada sabremos. Nos queda una obra maestra de trescientas páginas, en las que el alcoholismo se convierte en un grito pleno de lirismo, al borde de un jardín que los seres humanos nos obstinamos, como todas las cosas, en destruir.

«¿LE GUSTA ESTE JARDÍN QUE ES SUYO?
¡EVITE QUE SUS HIJOS LO DESTRUYAN!»