Era la madrugada del 1 de setiembre de 1939. Mientras los habitantes de Polonia dormían, sobre sus cabezas planeaba una enorme espada de Damocles: era el viento de la guerra, de la destrucción y del horror. El canciller alemán, Adolf Hitler, aunque era austriaco, consiguió consolidar nuevamente a Alemania tras las devastadoras consecuencias del Tratado de Versalles, como potencia industrial, económica, militar y política de Europa.
A pesar de que el primer ministro británico Neville Chamberlain, confiaba en que las amenazas militaristas y belicistas del canciller Hitler eran sólo fanfarronadas; su intención inicial era recuperar los territorios legítimos de la nación alemana, que fueron arrebatados tras la Gran Guerra: el corredor de Danzig, los sudetes checos y Austria, principalmente. Churchill, quien sería el sucesor de Chamberlain, sin embargo, mostraba gran desconfianza hacia el austriaco diciendo que era un lobo con piel de oveja.
La invasión de Polonia, a comienzos de setiembre de 1939, fue un preludio feroz a la serie de conquistas militares de la Alemania Nazi: Francia, Países Bajos, Luxemburgo, Bélgica, y posteriormente, el infructuoso intento de conquistar la Unión Soviética. Stalin tenía la esperanza en que Hitler se repartiera el pastel con él bajo la mesa. Dos años después de la invasión de su vecina Polonia, el pacto germano soviético quedó hecho trizas cuando los aviones de la Wehrmacht cruzaron la frontera.
Gran Bretaña, que junto a Francia fue la primer potencia europea en declarar la guerra a Alemania, resistió cuánto pudo, hasta la caída de su principal aliado, en 1940, convirtiéndose en una nación títere de los nazis. A partir de ese punto, los dos frentes, el de la Batalla del Atlántico y el de la Unión Soviética, se convertirían en los dos ejes que sostenían la fuerza militar de la satrapía hitleriana.
La unión del imperio japonés al eje del conflicto mundial, se dio en diciembre de 1941, cuando bombardeó de forma aleve la base militar en el Pacífico de Pearl Harbour. Esto desembocó en que el presidente Roosevelt, declarase la guerra a Alemania, lo que vendría a dar un giro de ciento ochenta grados al conflicto.
El juego de poderes llevó a que Europa y el frente del Pacífico, se convirtieran en un laboratorio de armamento y logística militar, que posteriormente servirían para invertir la polaridad de los bandos: los aliados se convertirían luego en enemigos mortales. La carne de cañón humana, devastó moralmente a la cuna del pensamiento y el arte occidental; tras la guerra, el anterior bloque fascista liderado por Alemania, se convirtió en un pastel que se dividieron Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia en la parte occidental y la Unión Soviética en el bando oriental.
Cuarenta y cinco años había de sobrevivir el Bloque Soviético en Europa, con la caída del muro de Berlín en 1989. El espíritu de libertad volvió a recorrer Europa. Marx o Hitler, parecían quedar atrás. En buena parte, el mundo que conocemos hoy, se definió por muchas de las acciones que sucedieron durante los seis años de guerra: la creación de la informática, la industria automovilística y aeronáutica, el desarrollo de la tecnología de armamento y propulsión que llevaría al hombre de la guerra a la luna.
Se puede ver la guerra desde el punto de vista de la devastación y el caos, pero también, como parte de los errores que no hay que repetir. Los grandes imperios europeos, hoy están equilibrados por las crecientes potencias orientales: China, India, Singapur, Corea, etc. La vida hoy está amenazada no por la ambición imperialista de antaño, sino por el crecimiento del estado de bienestar que parece no tener un techo conocido.





