Escritor por encargo

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lunes, 4 de septiembre de 2017

El Arte de la diatriba

https://elartedeladiatriba.wordpress.com


sábado, 19 de agosto de 2017

La ciudad y la lluvia




Bajo la égida del azar emprendemos viajes a través de la ciudad. Pero a medida que vamos trazando el periplo, ésta se nos presenta con distintos rostros, como una proteica sustancia, asaz conocida, pero que no adivinamos por completo. Soleada en la mañana, de repente, las nubes grises, siempre presentes, coronando los cerros de Bogotá, desde antes de ser ella misma, empiezan a envolverlo todo, a difuminar su perfil en el horizonte de plomo. La lluvia desdibuja los perfiles y altera la bitácora de viandante. Los edificios, automóviles, personas, recuerdos de sitios ahora solo existentes en la memoria, pierden su sustancia. La niebla enrarece los ánimos, hace taciturnos incluso a los ladronzuelos de tres al cuarto, que parecen hibernar del frío que ahora se precipita sobre las calles. Buscamos el calor en un licor que nos devuelva la tibieza, que ha huido entre el trazado de la lluvia. Nos embriagamos en un recinto hospitalario y salimos a buscar el hogar. Llueve. Parece que nunca ha dejado de ejercerse ese acto abstracto, extraño y hostil, fascinante y misterioso. Bajo un diluvio feroz, nos parece inútil la huida de esa extraña presencia que lo penetra todo. Al amanecer, al ver por la ventana, el cielo gris, oceánico, con la intransigente llovizna, nos confunde en una suerte de bilocación geográfica: ¿Es Londres o Bogotá? Aquí la lluvia se obstina en ser una con la melancolía. 

lunes, 26 de junio de 2017

Malcom Lowry: bajo un volcán de literatura y alcohol



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El escritor Malcom Lowry, se dispone a dar cuenta de una botella de licor


I

De no haber escrito su obra magna Bajo el volcán, de seguro la producción literaria de Malcom Lowry, estaría hoy condenada a un injusto olvido. Nacido en Cheshire, un 28 de julio de 1909, el novelista estudia en Cambridge para luego comenzar una larga trashumancia que lo llevó a hacer varios viajes exóticos por el mundo. Lowry era hijo de una pareja de típico carácter inglés, donde la fe y la prosperidad material van de la mano. Arthur Lowry, era un abstemio, estricto metodista y comerciante de algodón; su madre, Evelyn, era una mujer enfermiza y flemática. Malcom fue el menor de sus hijos, con el que marcó una distancia afectiva que lo marcó por el resto de su vida. Entre los fuertes bastiones del estoicismo psicológico y la jerarquía familiar, el futuro alcoholismo del vástago sería una suerte de ruptura, de rebelión afianzada aún más con el ejercicio de la literatura.

Pero, Lowry, heredaría algo mucho más importante: la lengua inglesa. El escritor crecerá a la sombra de la técnica más revolucionaria de la literatura: el conocido stream of counsciousness (o corriente de conciencia). Woolf, Faulkner, Joyce, en gran medida, y también, un oscuro escritor, Conrad Aiken, con quien Lowry trabó amistad, poco antes de su ingreso a Cambridge, fueron sus más directas influencias. Aiken era un exégeta joyceano, amigo del poeta T.S. Elliot, además de un ebrio contumaz y putañero; otro autor, hoy prácticamente desconocido, Nordhal Grieg, influyó al futuro autor de Bajo el volcán, con una novela The Ships sails on, que de no ser por este antecedente, se hundiría en la sombra de la literatura europea. Estos son los antecedentes literarios de su primera novela, Ultramarine, que publicó la editorial Jonathan Cape de Londres. Para buscar la manera de erigir su más ambiciosa novela, Lowry se autoimpondrá un autoexilio interior, con la búsqueda incesante de una vida procelosa, donde los arcanos y el azar, marcarán su imaginario estético. Buscó el amor materno en dos mujeres: Margorie Bonner y Jan Gabrial, y una patria más allá de la suya: México.

II

Lowry llega al país del mezcal, con la intención de construir un proyecto en clave: “The White Whale” o La Ballena Blanca, emulando a Melville. Mientras el mundo estalla en una guerra, Malcom Lowry comienza una consigo mismo, que lo llevará al descenso a los infiernos de sus más oscuros demonios: una visión mística del mundo, en el que verá todas las cosas en clave de signos cabalísticos y arcanos misteriosos, que en su intrincada mente de escritor genial, verá la luz por medio del turbulento mar del alcoholismo en que se sumió durante casi una década, hasta que pudo parir, en 1947, su obra más conspicua.

La imagen de una Cuernavaca ―Quauhnahuac, como la llama a lo largo de la novela―, cifrada en clave de un inframundo lleno de recuerdos, sombras, anhelos, visiones y demonios que acosan al cónsul Geoffrey Firmin (el mezcal sobre todas las cosas: licor al que Lowry le tenía un temor patológico, por haber perdido los estribos bajo su efecto una de sus escapadas mexicanas), cruzan la una de las novelas más abstrusas del siglo XX.

Como claves en las ascuas de un cigarrillo o guiños en los arcanos del Tarot, los fantasmas del delirium tremens, afloran en las páginas de Bajo el volcán. A la manera de un Joyce mexicano, Lowry sitúa a su lector en el día de muertos de 1939, no sin pintar primero las montañas y el paisaje de una república, por la que parece precipitarse vertiginosamente la razón, en contra de la miríada de referencias psicológicas que sugieren, como puertas falsas de un infierno, salidas a un paraíso anhelado. En ese sentido hay que decir que Lowry se mantuvo fiel a la doctrina dantesca. La Divina Comedia se convirtió en su modelo. Ivonne es su Beatrice. Doce capítulos, que intentan abarcarlo todo, como si fuera una suerte de viaje cabalístico en la primera, Bajo el volcán, de una trilogía de novelas que representarían, quizás, el paraíso que la humanidad se aprestaba a perder con la segunda de las grandes guerras de la historia.

III

Un 26 de junio de 1957, hace exactamente sesenta años, Lowry, abandonaba este mundo, en Ripe, Inglaterra, al parecer en un episodio de bronco aspiración mientras dormía. ¿Qué hubiera escrito de haber vivido más de los cuarenta y ocho años de breve vida, que le fue otorgada a Malcom Lowry? ¿A lo mejor una trilogía insuperable sobre el abismo de la mente humana cuando está sometida a los designios caprichosos de ese extraño látigo del arte, la escritura? Nada sabremos. Nos queda una obra maestra de trescientas páginas, en las que el alcoholismo se convierte en un grito pleno de lirismo, al borde de un jardín que los seres humanos nos obstinamos, como todas las cosas, en destruir.

«¿LE GUSTA ESTE JARDÍN QUE ES SUYO?
¡EVITE QUE SUS HIJOS LO DESTRUYAN!»


martes, 30 de mayo de 2017

Medio Siglo de Soledad

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Resulta por lo menos curioso, que el mismo día con seis años de diferencia, haya unido a dos de los más grandes escritores latinoamericanos. Un 30 de mayo, en Santo Domingo, República Dominicana, el sanguinario sátrapa, que durante tres décadas sometió a su país a un régimen esperpéntico y feroz, fue víctima de las balas que el mismo había sembrado. Trujillo, “El Chivo”, era acribillado a balazos a manos de un grupo de conjurados de la oposición. Aquel mismo día, pero seis años más tarde, Gabriel García Márquez, publicaba su opus magnum: Cien Años de Soledad, por obra y gracia de la Editorial Sudamericana, de Buenos Aires. Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento de las imprentas, García Márquez diría al ver salir del horno la novela del genial escritor peruano Mario Vargas Llosa, La Fiesta del Chivo, que «eso no se le hace a un viejo como yo».

Empezando el siglo veintiuno, el cuarto de hora de Gabo no ha pasado. Parece que todavía no lo hace. Su novela más conspicua, sobre la que se han hecho innumerables análisis, no termina de disipar la conmoción que produjo su nacimiento, un día como hoy, en 1967. Prácticamente desde El Quijote, ninguna novela en lengua española produjo tanto alboroto en todo el mundo. Casi de inmediato, ambas obras, empezaron a traducirse a la totalidad de las lenguas vernáculas de su tiempo. Hoy puede leerse El Quijote en chino, búlgaro, ruso, alemán, inglés, árabe, coreano, incluso, se proyecta su traducción al pashtu afgano y al sosso africano. Por su parte Cien Años de Soledad, ha sido traducida a treinta y seis lenguas, incluyendo el polaco, serbocroata, hasta los abstrusos wuayuunaiki ―lengua de los wuayuu― y esperanto.

Sin embargo, en la historia de esta célebre novela, también puede hallarse el rastro del recuerdo amargo de una época de estrecheces crematísticas, que por poco hacen naufragar a su autor en la redacción de la obra. Incluso el automóvil, el mismo en el que dice García Márquez, tuvo su epifanía definitiva para escribir Cien Años de Soledad, fue a dar al monte de piedad para resolver las carencias derivadas de las labores para llevarla a su punto final. Cuando consiguió darle forma, llevó junto a su mujer, Mercedes Barcha, la novela a la oficina de correos. La premura hizo que enviara a Argentina la segunda mitad y olvidara la primera con su archiconocido comienzo: «Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo», para después.

Una vez que fue publicada, la fama del futuro Nobel de Literatura de Colombia, crecería como la espuma. Tomás Eloy Martínez cuenta en una nota, como durante un encuentro con la pareja García-Barcha en Buenos Aires, mientras estaban esperando el inicio de cierta obra de teatro, el auditorio en pleno empezó a ovacionar al escritor de Aracataca. Era tal el furor  que hasta las amas de casa, llevaban en sus paquetes de mercado, un ejemplar de la novela. El concierto verbal y poético de Cien Años de Soledad apenas lleva medio siglo; habrá que esperar otros cuatro, para que sepamos si la obra del hijo del telegrafista de Aracataca, soporta como la de Cervantes, la prueba más difícil de todas, la del tiempo.


viernes, 28 de abril de 2017

La desgracia del bufón: crítica a la poesía de Yandei Marcel Solviyerte


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         Reclutamiento en la Plaza de Bolívar, circa 1900, durante la Guerra de los Mil Días 

Hay poetas que hacen arte en su máxima expresión; otros, se visten de sabiduría popular, de embeleco o jeringonza, para tratar de decir algo a sus lectores por medio de juegos verbales, cuando la potencia de su arte resulta inútil. Es el caso de Yandei Marcel Solviyerte (nombre que parecería un pseudónimo, para despistar incautos de entrada), un poeta que pretende evocar la historia a través de poemas donde el lenguaje resulta a veces abstruso, recóndito y misterioso. Es una poesía que intenta abarcarlo todo, asaz pretenciosa. Quiere, emulando a Borges, adentrarse en una épica que busca sus raíces fantasmagóricas en las sagas islandesas (las kenningars); también en la Guerra de los Mil Días y en la prosa preceptista del Siglo de Oro. 

Es un error intentar hacer crónica con la poesía (son dos géneros distintos). Es un arte celoso, que desenmascara a los prestidigitadores de la palabra, que, lo mismo que el oro falso, quieren forzar el brillo natural del verso, cuando resulta en mera impostura. Para el poeta, el arte debe fluir por su ser como la savia o el río por su caudal. La primera impresión al escuchar su poesía, es de asombro —desde luego, eso pretende: producir perplejidad o “descrestar”, como se dice coloquialmente en Colombia—. Sin embargo, cuando se bucea bajo la superficie de sus textos, hay un vacío conceptual que brilla por la ausencia de una verdadera experienciación de la poeticidad. Frases acomodadas para producir un efecto dramático. Tal sucede en uno de sus poemas sobre la Guerra de los Mil Días:  

Ibagué, 21 De Septiembre De 1901

Mujer, en la acera de tu casa está tu héroe;
no te vayas a afligir, así es la guerra.
Saca pronto una sábana y cúbrele el rostro,
los destrozados miembros para que nadie los vea.

Mujer, mantén altiva la frente como él lo quisiera;
en la acera de tu casa está tu héroe, ábrele la puerta;
qué importa que el vil enemigo ría, mientras adentro,
en tu ser, una oscura ave en tus pensamientos vuela.

Mujer, no vayas a llorar frente a las godas bayonetas;
en la acera de tu casa está tu héroe, rudo en la contienda.
Los guerrilleros del Tolima jamás olvidarán su nombre.
Tulio Varón ha muerto, corre a abrirle la puerta.

                                       17 De Mayo De 1900



El primer verso, acude al manido recurso del morbo, que resulta antipoético, en el mejor sentido del ideario de Nicanor Parra, pero sin su pericia técnica. Su dramatismo, resulta en comedia ramplona: El cadáver del héroe—el llanto de la mujer—los pedazos del muerto—la sábana. Todo converge en un espectáculo digno de las peores novelas de folletín, donde la imagen se precipita como un caballo desbocado por el barranco de lo menesteroso. La risa del enemigo, mientras la mujer está con la frente altiva; el ave oscura de los pensamientos. Aquí pretende ser luctuoso, en el peor sentido de Edgar Allan Poe y su cuervo. No pudo ocurrírsele, algo mejor, un ave metafórica mucho más digna de la madre de todas las batallas de la poesía: la caída de Ilión. La lechuza, simbolizaba la guerra para los griegos; la muerte y las desgracias, para los romanos; anunciaba la presencia de lo ominoso o “el horizonte de las ultimidades”, como lo llamó Heidegger. La guinda del pastel de los clichés, en la frase: "no te vayas a afligir, así es la guerra". Por supuesto: en las guerras, el sentimiento que está a la orden del día es la aflicción; no podía ser de otra manera. Hay una gran distancia entre estos versos fáciles, grandilocuentes (sin esa dimensión atroz del artista que sufrío en carne propia el fragor de la batalla), y los del gran poeta inglés, Wilfred Owen, poeta paradigmático de la Gran Guerra, cuyos versos trágicos, sirvieron de apoyo a Britten para su War Réquiem.

Todo aquí es afectado: dramatismo soso de la peor laya. Pura pirotecnia verbal; redoble de tambores de forzada rítmica para una música ausente; juego de metáforas, tan obscuras y carentes de sustancia, que enturbian la poesía. El poema fútil, vacío, termina por marchitarse pronto a sí mismo; se derrumba como un burdo castillo de arena, que cae por obra de su propia deformidad, por mera ausencia de belleza.


La poesía se revela poderosa, cuando el bardo, si es buen taumaturgo-vidente-médium, consigue desentrañar su mensaje cifrado. No a todos le está concedido entrar al banquete de los reyes, La Diosa Blanca no se entrega fácilmente, cual ramera de los bosques, al guerrero que más sangre ofrezca. Así pues, para resumir: un poeta que se oculta tras una máscara tallada antes, magistralmente, por Blake, Withman, W.B. Yeats, T.S. Elliot, Borges o Elytis, cae estrepitosamente, en su intento vano de revestirla de novedad, en el ridículo del aplauso forzado. Es la desgracia del bufón, que consigue sacarle carcajadas solo una vez a la corte. 


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El poeta antioqueño, Marcel Solviyerte

domingo, 16 de abril de 2017

Faulkner y el fin del hombre



                                                      Faulkner, escribe en su estudio 

La obra de William Faulkner es ―junto a otras tan conspicuas ­en la historia de la literatura como la de Dostoievsky, Camus, Malraux, Sartre etc.―, un grito desgarrador y trágico, un estandarte que flamea entre las ruinas de un mundo que parecía prometedor. Personajes alcohólicos y marginados; hombres parias, niños, mujeres y ancianos, se mueven como  peces en las aguas procelosas del desarraigo. Parece que en su obra no pudiera concebirse la esperanza para la humanidad. Nacido en 1897 en New Albany, Faulkner siempre puso por encima a su patria, Misisipi. Dijo alguna vez que en caso de tener que hacerlo, se enfrentaría sin dudar, a su propio país, Estados Unidos (una nueva Unión del Norte tan excluyente y más racista incluso, que el mismo Sur Confederado de los tiempos de Lincoln), tal como sus ancestros enfrentaron a los norteños en el pasado.


Al ganar el Premio Nobel de Literatura, en 1950, tuvo que dar como todos los premiados, un discurso de aceptación del mismo. Por tradición, es un momento solemne, en el que el ideario del galardonado puede percibirse en toda su lucidez y potencia. Para aquellos tiempos, el mundo ya estaba hecho trizas: los totalitarismos habían dejado tras de sí, dos conflictos mundiales y la humanidad veía oscilar sobre su cabeza la Espada de Damocles de un holocausto nuclear con los recientes bombardeos de Hiroshima y Nagasaki. Durante la ceremonia, Faulkner dijo que la única angustia verdadera del hombre ―y la mujer, claro está― de nuestros tiempos, era solo saber cuándo volaría en pedazos. Y que lo único que constituía su salvación era escribir bien o lo que es lo mismo, la belleza del arte que confronta al corazón con sus dilemas eternos.

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Un bombardero estadounidense lanza misiles Tomahawk sobre territorio Sirio

Las palabras de Faulkner, a ciento veinte años de su natalicio, resuenan hoy en la memoria. Enfrentados a una potencial nueva guerra mundial, cuando los sheriffs del mundo amenazan por decidirse a activar el botón que abrirá las puertas al pavoroso Dies Irae, no queda otra cosa que reflexionar acerca del fracaso de los sistemas políticos, que no han hecho sino deshumanizar y cosificar el alma humana. Una fotografía en cuestión, tomada durante una explosión en Alepo, Siria, parece reafirmar las palabras y la obra del Nobel de Albany. Durante el estallido de un artefacto explosivo, un fotógrafo árabe intenta, infructuosamente, salvar de las garras de la muerte a un niño. Al ver que sus esfuerzos son inútiles, entonces se arrodilla para llorar amargamente y pedir una explicación a Dios. ¿Dónde estaba en ese momento? ¿Riendo tras los visillos del universo u orquestando otro escenario en el cual poner a prueba nuestra fe, tal como hiciera con Abraham? El silencio del arte siempre será más elocuente que las vacuas palabras del pastor o del gendarme de turno. Y las palabras de Faulkner, resuenan hoy, a través de un siglo brutal, mecanicista, enajenado por el valor del dinero y la anulación de los valores del espíritu.


El fotógrafo Abd Alkader Habak, llora desconsolado, al no poder salvar la vida de un niño sirio. Fuente: http://radiomitre.cienradios.com/la-desgarradora-impotencia-de-un-fotografo-tras-un-nuevo-atentado-en-siria/


sábado, 15 de abril de 2017

Obituario: Nicolás Suescún, una vida dedicada a las letras


Los lectores colombianos de los años ochentas y noventas, seguramente recuerdan el nombre de Nicolás Suescún en las portadillas de las ediciones de clásicos, sobre todo en Cara y Cruz de Norma. Rimbaud, Yeats, Balzac, Shakespeare, Blake, Stevenson, Flaubert, entre otros, fueron traducidos por el poeta y cuentista, nacido en Bogotá en 1937. Su vida fue una comunión constante con la literatura y el arte; un darse a los demás en esa suerte de apostolado que es el oficio de traductor, tan arduo como poco reconocido.


Gracias a Suescún, los lectores en español nos acercamos a los clásicos franceses: Madame Bovary o Una Temporada en el infierno; Cuentos Macabros de Bierce, El Príncipe Florizel de Stevenson, Canciones de Inocencia y experiencia de Blake y Timón de Atenas de Shakespeare, fueron algunas obras vertidas desde el inglés por el traductor bogotano. Los poemas de Gómez Jattin y Mario Rivero también fueron versionados en inglés por Suescún, una de las plumas más prolíficas de Colombia. Paz en su tumba.

Aquí un artículo escrito por Nicolás Suescún para la Revista HJCK edición junio de 2002, número 1.499.



martes, 20 de diciembre de 2016

El rostro del fanatismo





Hoy no existe un lugar seguro en el mundo. Una de las premisas fundamentales del terrorismo internacional, ha sido tomar por sorpresa a sus víctimas. La muerte sobreviene de repente, de manera brutal y sangrienta. Así ha venido sucediendo desde 2001: primero en Nueva York, luego en Madrid y en Londres en 2004 y 2005; la lista es larga, hasta llegar a París, Niza y ahora en Berlín y, el mismo día, en una exposición fotográfica en Turquía.

Quienes vivimos en Colombia, sabemos qué significa esa palabra, tan manida ahora: terrorismo. El terror es puro, auténtico; no hay ni un ápice de postura o de fingimiento.

La víspera del día de la madre del año 1990, en el barrio Quirigua en Bogotá, Pablo Escobar hizo estallar una carga explosiva de 100 kilogramos de dinamita en un Fiat 147. Este es un barrio comercial, de origen popular, al noroccidente de la capital de Colombia. Muchas personas suelen hacer sus compras allí, por lo que haber perpetrado aquel atentado en una zona de tanta actividad, resultó en una estrategia ideal para multiplicar el terror. Escobar repitió la dosis en el centro de Bogotá, un par de años después. Un mañana fría de febrero, mientras los padres acudían a comprar las listas escolares de sus hijos. Lo volvería a hacer en abril de ese año, en el Centro 93, activando un carro bomba. Era uno de sus métodos preferidos; el que le producía mayor placer a su alterada mente de psicópata.

Ahora, casi treinta años después, los terroristas han aprendido algunas estrategias. Aprovechan el despliegue mediático que ofrecen las propias víctimas. Un video en Facebook o Twitter, multiplica el terror; cierra el círculo de angustia que el criminal previó en su mente enferma, momentos antes de perpetrar el hecho de sangre. “No moriré”, piensan, si alguien, aunque sea solo una persona, da un me gusta o sigue mis pasos.

Algunas veces, quienes suben los registros de actos terroristas en el instante mismo de su comisión, no hacen sino cerrar el trazo de ese círculo infernal de la exaltación de la hybris criminal. Esa pequeña esperanza será todo el capital en el que se afincarán los perturbados exégetas del fanático terrorista. Pensar en dejar una huella, en trascender sus vidas anodinas y miserables, ocultando sus rostros tras un pasamontañas para ejecutar una masacre; velo que será retirado finalmente por un oficial de policía, que lo abatirá; o como sucede en este caso: exponer por última vez su rostro anónimo para, una vez muerto, sumirse de nuevo en los sombríos dominios de una vida intrascendente y sin huella.


El rostro más feroz del fanatismo es el del policía infiltrado en la exposición fotográfica; el rostro del hombre que asesinó a tiros al embajador ruso en Turquía. El ex policía disparó por la espalda al diplomático, cobardemente, tal como hiciera el conductor del camión en Berlín. Al tiempo que amenazaba a sus rehenes inermes, engatillando un arma mientras lanzaba su perorata tediosa y fúnebre del viejo pederasta y pastor de cabras Mohamed: levantando un dedo hacia la vacuidad de un infinito metafísico, inexistente, obtuso, inhumano, que el terrorista, como todo el mundo musulmán, desconoce en su ceguera medieval: la mezquindad omnipotente de un dios que exige holocaustos de sangre inocente para satisfacer su autoridad tribal. Un dios brutal, que perfectamente podría llamarse Osama Bin Laden  o Abu Bakr al Baghdadi.