Escritor por encargo

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domingo, 1 de septiembre de 2019

Segunda Guerra Mundial 80 aniversario






Era la madrugada del 1 de setiembre de 1939. Mientras los habitantes de Polonia dormían, sobre sus cabezas planeaba una enorme espada de Damocles: era el viento de la guerra, de la destrucción y del horror. El canciller alemán, Adolf Hitler, aunque era austriaco, consiguió consolidar nuevamente a Alemania tras las devastadoras consecuencias del Tratado de Versalles, como potencia industrial, económica, militar y política de Europa.

A pesar de que el primer ministro británico Neville Chamberlain, confiaba en que las amenazas militaristas y belicistas del canciller Hitler eran sólo fanfarronadas; su intención inicial era recuperar los territorios legítimos de la nación alemana, que fueron arrebatados tras la Gran Guerra: el corredor de Danzig, los sudetes checos y Austria, principalmente. Churchill, quien sería el sucesor de Chamberlain, sin embargo, mostraba gran desconfianza hacia el austriaco diciendo que era un lobo con piel de oveja.

La invasión de Polonia, a comienzos de setiembre de 1939, fue un preludio feroz a la serie de conquistas militares de la Alemania Nazi: Francia, Países Bajos, Luxemburgo, Bélgica, y posteriormente, el infructuoso intento de conquistar la Unión Soviética. Stalin tenía la esperanza en que Hitler se repartiera el pastel con él bajo la mesa. Dos años después de la invasión de su vecina Polonia, el pacto germano soviético quedó hecho trizas cuando los aviones de la Wehrmacht cruzaron la frontera.




Gran Bretaña, que junto a Francia fue la primer potencia europea en declarar la guerra a Alemania, resistió cuánto pudo, hasta la caída de su principal aliado, en 1940, convirtiéndose en una nación títere de los nazis. A partir de ese punto, los dos frentes, el de la Batalla del Atlántico y el de la Unión Soviética, se convertirían en los dos ejes que sostenían la fuerza militar de la satrapía hitleriana.

La unión del imperio japonés al eje del conflicto mundial, se dio en diciembre de 1941, cuando bombardeó de forma aleve la base militar en el Pacífico de Pearl Harbour. Esto desembocó en que el presidente Roosevelt, declarase la guerra a Alemania, lo que vendría a dar un giro de ciento ochenta grados al conflicto.

El juego de poderes llevó a que Europa y el frente del Pacífico, se convirtieran en un laboratorio de armamento y logística militar, que posteriormente servirían para invertir la polaridad de los bandos: los aliados se convertirían luego en enemigos mortales. La carne de cañón humana, devastó moralmente a la cuna del pensamiento y el arte occidental; tras la guerra, el anterior bloque fascista liderado por Alemania, se convirtió en un pastel que se dividieron Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia en la parte occidental y la Unión Soviética en el bando oriental.

Cuarenta y cinco años había de sobrevivir el Bloque Soviético en Europa, con la caída del muro de Berlín en 1989. El espíritu de libertad volvió a recorrer Europa. Marx o Hitler, parecían quedar atrás. En buena parte, el mundo que conocemos hoy, se definió por muchas de las acciones que sucedieron durante los seis años de guerra: la creación de la informática, la industria automovilística y aeronáutica, el desarrollo de la tecnología de armamento y propulsión que llevaría al hombre de la guerra a la luna.

Se puede ver la guerra desde el punto de vista de la devastación y el caos, pero también, como parte de los errores que no hay que repetir. Los grandes imperios europeos, hoy están equilibrados por las crecientes potencias orientales: China, India, Singapur, Corea, etc. La vida hoy está amenazada no por la ambición imperialista de antaño, sino por el crecimiento del estado de bienestar que parece no tener un techo conocido.











martes, 11 de septiembre de 2018

El hombre que saltó al vacío








La poderosa imagen ha trascendido el tiempo. El martes 11 de septiembre de 2001, un grupo de terroristas de Al Qaeda, estrellaron dos aviones contras las Torres Gemelas. Las dos icónicas estructuras que se erguían sobre Manhattan, ardían inexorablemente, como en el arcano del Tarot. Esa mañana de septiembre, aquel hecho se convirtió en el show mediático más surrealista de la historia. Alrededor del mundo, millones de personas asistían a la consumación de un nuevo ciclo en la historia. Hegel y Marx se hubieran frotado las manos viendo cómo la historia se mordía la cola como un uróboros, dándoles la razón.

El fotógrafo Richard Drew, tomó ese día, dentro de una ráfaga de disparos de su cámara, una imagen que pasaría a la historia por su dramatismo intrínseco. Con la imagen de un hombre que se lanza al vacío de la muerte, desde el infierno interior de los colosos de acero que arden, consigue un balance trágico y lírico a la vez. El hombre, vestido de camisa blanca y pantalón y zapatos negros, está precipitándose a la nada, en medio de las columnas de acero y concreto que sirven de telón de fondo. Justo en medio de las torres norte y sur, cayendo como una hoja al viento; la primera, oscurecida por la luz crepuscular y polvorienta de la mañana, la segunda, iluminada por el reflejo del sol pálido, acentuando el equilibro entre la vida y la muerte.

Esta fotografía icónica, parece demostrar que a pesar de las fuerzas de la historia, la rabiosa individualidad humana se esfuerza siempre por conquistar su pequeña victoria sobre el inexorable destino común: la muerte. Este hombre anónimo, enmarcado en uno de los símbolos máximos de la civilización moderna, el rascacielos, parte en dos su destino y el de la humanidad entera, mostrando que aun en las peores situaciones es posible decidir qué podemos hacer o que no. Arder o lanzarse al vacío. Morir, o hacerlo de manera digna. 


martes, 23 de enero de 2018

In memoriam Nicanor Parra (1914-2018)



Nicanor Parra, poeta chileno, creador de la antipoesía (1914-2018)





In Memoriam Nicanor Parra




Era un hombre tan viejo como una secuoya
O como La Muerte.
Pero él ya no le temía.
Quizá porque ya había estado
Yendo y viniendo de ella,
Como los borrachos entran y salen
De los prostíbulos y de los Montes de Piedad
para sacarle monedas a los buhoneros y los usureros
Y las perras y los falos entran y salen de
Máquinas tragaperras y mujeres desnudas.
¿Y todo esto a cuento de qué?
Pues que el poeta se murió
Huevones.
He aquí un epitafio que será pasto del tiempo
Pero dos por dos, mañana seguirá siendo cuatro
Y la vileza humana, permanecerá igual a sí misma.
A pesar de todo eso, a nuestro pesar, seguimos vivos
Y el sol sigue ardiendo en los pellejos de los perros sarnosos.
Seguramente esta tarde nos pondremos muy borrachos
En memoria del viejo poeta
Tan viejo como un roble o un pez fósil

Requiescat in Peccata. 


                           

lunes, 25 de septiembre de 2017

Terremoto: un poema en memoria de México

                                                     


Fuente:https://ep01.epimg.net/internacional/imagenes/2017/09/24/mexico/1506265718_560344_1506265780_noticia_normal.jpg

                                                    

                                                       Terremoto



Histérica, como fiera herida
La tierra se revuelve.
En su brutal sacudida derrumba,
Desplaza, aplasta, aniquila,
Reduce a cenizas la banalidad humana.
Ayer fueron ellos,
Hoy fuiste tú, mañana seré yo...
Encomiéndate,
Prepárate,
Empaca tus cosas,
Compra comida,
Saca todo el dinero,
Organiza el caos doméstico
Que Natura-Shiva
Rabiosa, lo destruirá todo,
Hasta tu más ordenada crematística.
De nada nos servirá huir
Como al súbdito del rey,
A quien la muerte hizo un guiño
Camino de Hispahan,
Nos alcanzará tarde o temprano:
Despiertos o dormidos,
Desnudos o vestidos.
Tal es nuestro trágico destino.
Que Dios nos ampare,
Si es que aún no ha huido.


sábado, 19 de agosto de 2017

La ciudad y la lluvia




Bajo la égida del azar emprendemos viajes a través de la ciudad. Pero a medida que vamos trazando el periplo, ésta se nos presenta con distintos rostros, como una proteica sustancia, asaz conocida, pero que no adivinamos por completo. Soleada en la mañana, de repente, las nubes grises, siempre presentes, coronando los cerros de Bogotá, desde antes de ser ella misma, empiezan a envolverlo todo, a difuminar su perfil en el horizonte de plomo. La lluvia desdibuja los perfiles y altera la bitácora de viandante. Los edificios, automóviles, personas, recuerdos de sitios ahora solo existentes en la memoria, pierden su sustancia. La niebla enrarece los ánimos, hace taciturnos incluso a los ladronzuelos de tres al cuarto, que parecen hibernar del frío que ahora se precipita sobre las calles. Buscamos el calor en un licor que nos devuelva la tibieza, que ha huido entre el trazado de la lluvia. Nos embriagamos en un recinto hospitalario y salimos a buscar el hogar. Llueve. Parece que nunca ha dejado de ejercerse ese acto abstracto, extraño y hostil, fascinante y misterioso. Bajo un diluvio feroz, nos parece inútil la huida de esa extraña presencia que lo penetra todo. Al amanecer, al ver por la ventana, el cielo gris, oceánico, con la intransigente llovizna, nos confunde en una suerte de bilocación geográfica: ¿Es Londres o Bogotá? Aquí la lluvia se obstina en ser una con la melancolía.