Escritor por encargo

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escritores freelance

lunes, 5 de septiembre de 2011

En memoria de Freddie Mercury




La vida sin música sería un error, dijo Nietzsche. Uno bastante insoportable por cierto. En la vida, a veces se logra hacer hallazgos musicales valiosos. Y yo particularmente siempre he sido un melómano: Bach, Beethoven, Brahms, y muchos más me han otorgado momentos de gozo. En esas cuestiones de placer estético, el grupo Queen fue una de esas piedras preciosas que encontré; y la voz de Freddie Mercury es el brillo de esa joya.

Farrokh Bulsara nace un 5 de septiembre de 1946, en Zanzibar, de padres parsis practicantes del zoroastrismo, su vida fue una mezcla de varias cosas: excentricidad, belleza, gozo y desenfreno. Formado en el piano, su versatilidad como artista era evidente desde temprano. Forma su primera banda de rock, The Hectics, en Bombay, India, donde es enviado a estudiar a un internado masculino. Luego en Londres, donde la familia se traslada a vivir, empieza a estudiar diseño en la universidad y gana algunos peniques de más vendiendo ropa usada. Aquí de seguro, empieza a aflorar esa debilidad, esa excentricidad en el vestuario que Freddie Mercury forjó como una impronta personal en su barroquismo escénico. Fue tan seguro de su genio que salía en calzoncillos, una capa de terciopelo roja y una corona, en performances memorables que terminaban con una interpretación ante un piano de cola blanco que hacía las veces de barra donde reposaban las cervezas.

Mercury jamás tuvo entrenamiento musical vocal, pero su voz era tan flexible que podía ir de extremo a extremo sin ninguna dificultad. Voz prodigiosa del rock que ningún cantante ha igualado pero todos imitan. Nadie puede lograr los falsetes que Mercury alcanzaba. La suya era una técnica al servicio de la música. Rapsodia Bohemia, es una venturosa mezcla de opereta y rock, donde esa joya extraña salida del corazón del África musulmana, brilla en el esplendor de sus aristas.

En su funeral se hizo una breve ceremonia zoroástrica; aunque Mercury fuera agnóstico, creía en una cosa: la belleza. Si hoy viviera, si no lo hubiera acabado el sida, tendría 65 años. El 24 de noviembre, harán dos décadas, que nos dejó huérfanos de su voz.

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