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domingo, 30 de octubre de 2011

La vida privada de los gatos según Robert Musil













La mirada de los gatos. Los ojos de Bastet, la diosa gato egipcia, son la hendija abierta al misticismo esotérico del Nilo. La vida de los faraones y de los súbditos, se entrelazaba con la de esas particulares criaturas que fascinan. Son veleidosas, esquivas, solitarias, tienen una sensualidad oculta bajo sus garras y colmillos afilados, igual que las mujeres. La diosa hija de Hathor y Ra, dios del sol, representa la dualidad femenina, la alegría de vivir, la embriaguez, la luz de su padre: en definitiva, el sentido apolineo que los griegos equipararán con Artemisa, la equivalente helénica de Bastet.

La literatura ha hablado superficialmente de estas criaturas tiernas y salvajes. Cortázar siempre los tuvo en cuenta. Borges los identifica con ese enigma órfico de deidad misterosa que condesciende a la caricia. Los gatos evocan siempre poesía. Robert Musil, excelente narrador austriaco (1880-1942), reflexionó acerca de las cotidianidades, tocó diferentes temas: filosofía, literatura, historia, ingeniería, medicina, meteorología -es con el clima, con lo que se inicia su opera magna, el Hombre sin Atributos- y escribió sobre gatos...

Extractos de los Diarios de Robert Musil **

«El 14 de enero de 1940, anota en su diario: "Anteayer comenzó el periodo amoroso de los gatos." [´…] La gata de casa, grande y bondadosa. Con manchas atigradas en dos tonos café con leche; también color castaño y blanco como la espuma. Un animal hermoso algo ajado, varias veces madre. Se la podría comparar con una mujer al final de los cuarenta. Pero despierta a ojos vista a las astucias de su sexo.

»La bella desconocida. Pelaje de un tono claro de porcelana. Dos tonos de gris; o blanco con manchas pardas; o marrón verdoso. Un pequeño hocico encantador. Formas blandas pero ya no virginales; no se puede decir que sea de una belleza perfecta, pues encarna para nosotros una belleza desconocida a fin de cuentas; antes bien, se diría que es de una bella perfección. Todo en ella es armónico y blandamente flexible. Sus ojos son de un verde brillante. Demasiado indiferentes para calificarlos de resplandecientes. Es bastante grande. Su cabecita, pequeña. Ignoro quién fue el que pintó mujeres como ésa. Acaso Botticelli. Tendría unos veinticinco años. El primer día le hizo la corte un gato blanco pequeño y sucio. No es ya muy joven. Ni robusto, pero sí bien formado. Se encontraban de continuo como por azar. Cuando él no estaba, ella lo buscaba. Cuando él llegaba, ella se cruzaba en su camino con aparente indiferencia. Él se sentaba cerca. Entonaba su música. Es un cantor caballeresco. Ella le escuchaba con toda atención; pero como una dama que no deja traslucir lo que la conmueve. Ella le concedía sus favores, es decir, su atención y su amable deseo de estar juntos. Tras el canto, de una melancolía apasionada, el gato se levantaba y se alejaba un poco con paso rígido como si la excitación le hubiera dejado semiparalizado. También ella se iba por su lado y, como por casualidad, volvían a encontrarse de nuevo al cabo de media hora.

»Ella no se asusta e intimida cuando alguien se asoma a la ventana. Levanta la vista y su mirada es de una amabilidad suave, pero inaccesible, pues procede de otra vida que en ese momento nada tiene que ver con la vida de los hombres.

»En las pausas, ocasionalmente, intenta cazar algún pájaro. Él se retira a un arbusto espinoso, como si lo atormentara algún dolor.

El segundo de los gatos es joven, su aspecto es joven y torpe, pero noble y poderoso. Recuera un caballo de carreras de más o menos dos años (¿o es un año y medio?, o dos y medio? Me refiero a la edad de las primeras carreras todavía imperfectas). Tiene un pelaje atigrado, gris y pardo. Mirada audaz y agresiva y un bigote parecido al de un samurái. Promete llegar a ser un buen «peso medio».

»17 de enero. Estamos en Zurich, pensión Fortuna*. No he podido vivir hasta el final el periodo amoroso de los gatos (Tras la puerta de cristales, a su nivel.) El tercer y cuarto día se produjeron ya acontecimientos algo ordinarios. Esa vieja belleza, la gata amarilla de la casa fue cubierta por el gato blanco. Ignoro cómo llegó a producirse. Sus dientes la sujetaban por la nuca con bastante delicadeza, pero ella tenía las patas posteriores extendidas (separadas) en una posición de completa impotencia. El pelaje de sus patas semejaba una barba a lo «Francisco José» y la vagina resultaba completamente accesible. El gato se estiraba a fin de adoptar la posición apropiada para cubrirla, pero al parecer era demasiado pequeño. Todo ellos sucedía sin ruido ni música, mientras que ella agitaba las patas traseras para colocarlas debajo del cuerpo. Cuando por fin lo consiguió, se desembarazó de su compañero con bastante poco esfuerzo y dio un par de extraños saltos laterales mientras el gato se retiraba despechado.

»La magnífica gata y el hermoso gato joven rodaban sobre la hierba y los pelos arrancados revoloteaban. Según parece, el gato trataba de colocarla de espaldas, pero ella era demasiado fuerte y se defendía ardorosamente. Se separaron con hostilidad. La hembra regresó luego varias veces en vano.

»Al día siguiente, pasó por delante de nuestra puerta con una extraña expresión como si en el intervalo le hubieran ocurrido muchas cosas. Ya no ese aspecto mágico, sino un aire trastornado y al mismo tiempo desaliñado, como después de un viaje en tren.

Rondaba por los alrededores un gato de angora mezclado grande, perverso, de aspecto viril.»

* Se trata de la pension en la que RM vivió durante casi un año, de agosto del 38 a julio del 39, antes de trsladarse a Ginebra

**Robert Musil, Diarios. Pags 651-653. Traducción de Elena Renau Piqueras. Editorial Random House Mondadori 2006.

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