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jueves, 6 de octubre de 2011

Tomas Tranströmer: el anhelo incesante de lo bello


La poesía es el misterio infinito de buscar la belleza. El premio Nobel de literatura, el cuál los amantes de las letras esperamos con ansia cada año, estaba habituándonos a desvelar un narrador inédito que nos diera a conocer mejor la geografía de nuestras pasiones.

Venturosamente este año, para quienes gustamos de la poesía, uno de los nuestros consigue los esquivos laureles de la corona sueca. una gloriosa coincidencia para la Academia: también es sueco. Tomas Transtromer, quizá desconocido para la mayoría de los lectores hispanos, es un poeta excepcional. Poseedor de la musa en dosis exactas. No es de esos poetas que empalaga lectores con imágenes gratuitas, sacadas de la chistera, ni con evocaciones anacrónicas, esas que se han convertido en el pecado de muchos poetas hispanoamericanos que acuden a justificarse con escuelas que no les pertenecen: prerrafaelismo, surrealismo, negacionismo y una larga cantidad de ismos que en el fondo no hacen si no ocultar la incapacidad de hacer hallazgos o de inventar un universo particular.

Nacido en 1931, el poeta decidió estudiar sicología e historia del arte para poder llevar el pan con solvencia a su familia, sin depender de los caprichos del mercado editorial. Su vida ha sido tocada por los azares, las peripecias como diría un amigo, con las que el guionista particular pone a padecer a cada uno de los seres humanos. Premonitóriamente en 1974, el oráculo de su musa advierte en esta escueta línea:

"Entonces llega el derrame cerebral:
parálisis en el lado derecho
con afasia, solo comprende frases cortas,
dice palabras inadecuadas"

En 1990, un accidente cerebrovascular afecta definitivamente su movilidad y su habla. Paralizado de la mitad izquierda de su cuerpo se verá limitado para cantar su poesía pero no para escribirla. El poeta sueco es pianista aficionado. Sus poemas particularmente "Góndola Fúnebre" se ambientan en atmósferas musicales. El encuentro entre Franz Liszt y Richard Wagner.

Su poesía podría ubicarse arbitrariamente como de corte intimista moderno. Se trató de descalificar su obra en cierta época tildándolo de timador o coleccionista de imágenes. ¿Acaso la poesía no consiste en remitir por medio de la imagen y la música al lector a un mundo idiosincrático y universal? El Nobel sueco es un maestro en el complejo arte de la metáfora:

Soy llevado en mi sombra

como un violín

en su caja negra.

Lo único que quiero decir

reluce fuera de alcance

como la platería

en la casa de empeños.

La fuerza de sus versos radica en la potencia de sus evocaciones, de la atmósfera de las tierras gélidas suecas, adornadas de pinos entre fiordos embozados por la niebla. El trueno de su música verbal no pierde aliento pese a ser su lengua sajona.

Desde 1996 con Wislava Szymborska, la academia sueca no otorgaba el Nobel a un poeta; y desde 1974 no se lo otorgaba a autores suecos: Eyvind Johnson y Harry Martinson (premio compartido). En el parnaso de las letras suecas figuran nombres prominentes: Par Lagervist (1951), Erik Axel Karfeldt (1931), Carl Von Heidenstam (1916), Selma Lagerloff (1909), coronados con el Nobel de las letras.

Se podría afirmar que éste es un premio justo para la poesía.





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