Escritor por encargo

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escritores freelance

domingo, 22 de abril de 2012


Los Idus



"Ya ha llegado la noche, la víspera", dice Calpurnia. A las manzanas aun no las mancilla el alba, ni el pico de los cuervos.

El César yace igual que un buey indio, en su reluciente triclinum dorado.
¡Las vísceras viscosas y oscuras, han proclamado el día de los idus!

Mármoles victoriosos, se yerguen sobre tu frente; y tu cabello de plata pende sobre la geografía inmóvil de Pompeyo.
¡Oh, terrible nulidad; despedida que llega sin donaire entre los inciensos de las vestales!

Y el vagabundo arúspice, con pregoneros y ciegos dedos manchados de fatum trágico, que exhortan:

-¡Óyeme Júpiter... No entres, no entres al Senado: ven y escucha esta sentencia! -dice, pálidos y muertos como escarabajos, sus ojos proclaman que ya lo han visto todo, hasta su propia muerte.

Cóncavas figuras áureas se mueven al senado en la pechera del pretoriano; es la relumbrante conjura bajo la pureza del candidatus.
El aceite en las lámparas de Vesta, se estremece en la tiniebla, y la purpurea toga se hincha como el caudal del Nilo...

El cuervo hunde su pico en la manzana.

Cúbrete las piernas, recoge el iris azul de tus legionarios ahogados en las Galias. Exhala el relincho de tu corcel al divisar la brumosa y gris ribera de Britania. Corta las cabezas germanas con tu gladium en la hondura del bosque de Teutoburg.

No, César, ya es tarde: deja que Bruto hunda el puñal en tu pecho. Ahora que ellos cierren tus ojos, serás un dios.

-Roma victor... Tyraniis mortus est... (Proclaman por las calles los soldados, las cocineras, los zapateros... incluso los esclavos).

Bruto lava en sangre sus manos, mancha la púrpura del César; ve su gesto admonitorio en la máscara mortuoria.
Lo llevan envuelto en su toga a la pira funeraria: ya es ceniza al vuelo sobre los Campos de Marte.

Roma está vencida entre laureles de fastuosa decadencia. Ya la sombra de Augusto cruza los trigales de Iberia y Cartago trémula como un pilum de plata, titila en la llanura oscura desde un atalaya en Capri.

La canícula advierte y amenaza los libros de cera: esa lobezna maternidad de Rómulo y Remo.

¡César, te pierdes en la embriaguez prolífica del galo Vercingétorix y sus concubinas virginales que yacen en las praderas de Bretaña!

Aun lates en los oscuros ojos ausentes de los esclavos abisinios; en las vaharadas dulzonas ascendiendo al puro cielo, azur siroco, frente a un estoico busto de Neptuno triunfante.

¡Oh tumultuosa Roma: tus flotas, mareas dilatadas en el vinoso mar aceitunado; tus legiones amparadas por antiguos monumentos, levantados cuando ni siquiera eras polvo  en los sueños de los reyes etruscos...!

Ahora eres un gesto melancólico en los labios del general tribuno: el tirano y noble, el valiente y voluptuoso, que yace rígido en su toga rezumando la savia mortal del acero, en el año quincuagésimo sexto de su brevedad.

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