Escritor por encargo

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escritores freelance

domingo, 22 de abril de 2012





Sabato, el espeleólogo del alma humana



Es 1911. Tolstoi ha muerto hace un año y Kafka escribe desesperadamente, pensando que el destinatario será en definitiva, su amigo Max Brod; James Joyce aun no publica el Ulises y Proust pule todavía su magnum opus, À la recherche du Temps perdu que se publicará en 1913. En una remota provincia de Buenos Aires, la capital Argentina, nace Ernesto Sábato. El país se ve inundado por una diáspora de europeos que se han embarcado para buscar un ilusorio destino. Poco tiempo atrás Ernestito, el noveno vástago del linaje de Francisco Sábato y Juana María Ferrari, había muerto: por eso, el penúltimo hijo que acaba de nacer, recibirá el nombre de su difunto hermano. 
Esto puede explicar quizá, esa morbosa vocación estética por lo tanatológico, lo escatológico, el pesimismo irónico y el sentido de lo trágico, que se halla en la faz más honda de su obra y de la condición humana. Siendo niño aun, el destino le pondría delante, en el Colegio Nacional de La Plata, al escritor Pedro Henríquez Ureña, influencia decisiva en su futura carrera literaria. Cuando Ernesto se hace hombre, en 1929, sucede un acontecimiento literario mayor: cuando cae Wall Street, Norteamérica ve nacer una corriente autodenominada “generación perdida”.

Sábato, con dieciocho años, entra a estudiar ciencias físico-matemáticas en la universidad de la Plata. Ambicioso de experiencias, inquieto por saber qué era esa nueva corriente ideológica revolucionaria, entra a la Federación Juvenil Comunista, donde luego es nombrado secretario. Con el tiempo comienzan a germinarse en él futuro escritor, dudas sobre  la doctrina. Percibiendo sus temores, el partido lo envía a Moscú; en el trayecto aprovecha para ir a Bruselas para representar a Argentina y decide huir a París, entendiendo que el viaje a Rusia no tendrá un final feliz. Allí, en la Ciudad Luz, un humilde conserje, también comunista, dirá Sábato tiempo después, le enseñaría el verdadero significado de la fraternidad humana. En un cuartucho humilde, consigue una cama y abrigo contra las inclemencias del frio y el hambre. Allí, en París, escribe su primer intento narrativo La Fuente Muda. Retorna a Buenos Aires y se casa con Matilde Kuminsky.         

Es enviado de nuevo a París gracias a una beca conseguida por Bernardo Houssay, para hacer investigaciones en el Laboratorio Curie. Inmerso en el mundo incorruptible y perfecto de las ciencias, se desencanta de todo ello al encontrarse frente a frente con los surrealistas, con los que elaboraba cadáveres exquisitos en la nocturna bohemia de los cafés. Abandonando definitivamente la física se dedica de lleno a la literatura. En su retorno argentino, escribe Uno y El Universo, en 1945, y en 1948, El Tunel, novela de corte psicológico que fuera rechazada en varias editoriales, luego publicada en la revista el Sur, y elogiada por Albert Camus, quien propone a Gallimard publicarla en francés. 

En 1951 publica Hombres y Engranajes obra de estructura similar a la de 1945. Presa de su afición purificadora del estilo literario a través del fuego, Sabato confesaría que de no ser por Matilde, su mujer, sobre Heroes y Tumbas, su segunda novela, una suerte de trilogía sobre el alma humana, no habría sido publicada. Obra de grandes ambiciones, narrada en un estilo polifónico, desde distintas perspectivas, cuenta la decadencia espiritual de una familia y su subsiguiente fin trágico. Algunos han querido ver en ella una trasposición de la Argentina de ese entonces. En esta novela el escritor alcanza cotas de honda profundidad metafísica y psicológica; poéticas y místicas. Sin esta novela el panorama literario hispanoamericano, no seria el mismo. Abbadon el Exterminador, es algo así como la saga de la anterior, y fin perfecto de su trilogía. Novela de corte totalizante, incluye al propio Sabato como uno de sus personajes. Es la novela que en sus propias palabras le costó mayor trabajo.2011. Dispuestos a celebrar sus cien años de vida, nosotros sus ahora huérfanos, sentimos como en el poema de John Donne, epígrafe de Por Quién doblan las campanas de Hemingway, que quedamos disminuidos con su muerte, aunque esperada, abrupta.Requiescat in Pacem, Sabato

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