Escritor por encargo

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sábado, 18 de agosto de 2012

Noches en vela: breve crónica sobre el oficio fúnebre


¿Por qué razón un hombre decide hacer de la muerte su modo de ganarse la vida? Jamás me hice tal pregunta; pero ahora, con la perspectiva que da la experiencia, surge de nuevo en mí. A comienzos de 2008, conseguí un trabajo en una funeraria bogotana. Era en esencia algo sencillo: recibir el dinero en la caja del parqueadero. Como todo oficio, se va volviendo monótono con el paso del tiempo; este en apariencia, lo prefiguré de tal manera. Nada más equivocado. Me presentaron a mis compañeros: conductores de carrozas fúnebres, empleados de servicio al cliente y tanatólogos: llamados así quienes practican el elevado arte, que casi roza con la plástica, consistente en preparar un cuerpo inerte para dar una impresión pálida de lo que fuera en su vida.

Creo que no reparamos en la complejidad y vastedad de semejante tarea. El hecho de morir, altera de alguna manera nuestra ontología; eso que en la complicada jerga filosófica consiste en el estudio del ser. Si tenemos en cuenta que Aristóteles, Tomás de Aquino y Spinoza ―quien afirmaba con juicio, que en nada piensa menos un hombre libre que en la muerte― se devanaron los sesos pensando en la finitud, no es pues cuestión baladí. Lo que se contempla en un velorio, es una suerte de reflejo del conjunto de verbos, de hechos, de retazos de recuerdos que era esa persona en nuestra memoria. Una metamorfosis en sentido estricto. Recuerdo el pasaje de La Montaña Mágica de Thomas Mann, cuando Hans Castorp asiste al velorio de su abuelo. Lo ve con el crucifijo entre sus manos y piensa si ese es verdaderamente su abuelo; reflexiona que la muerte se lo ha trocado por un muñeco de cera de tamaño real. ¿Quizá nadie piensa en ello, mientras toma el café o el agua de hierbas y charla sobre el muerto mirando de soslayo al feretro?

Las cosas eran así en la funeraria. Tras el entramado teatral de la muerte y sus ceremonias había un gran trabajo. Los velorios empezaban a las seis de la mañana y acababan a las diez de la noche. hacer el arqueo de caja, recibir el puesto de trabajo, ordenar el dinero, en fin… tomarse un café y fumar un cigarrillo. En proporción a la cantidad de muertos, el trabajo crecía. Incluso de acuerdo a la popularidad que el difunto tuviera en vida, su velorio era tumultuoso. El mecanismo consistente en la salida del coche fúnebre y su llegada posteriormente desde el Instituto de Medicina Legal, el prosaico hospital o el hogar del occiso hasta el laboratorio de tanatopraxia. Recuerdo una tarde en que el flujo de carros era tanto, pues era el servicio de un joven que había muerto por una sobredosis de popper (un líquido industrial que se usa soterradamente para exacerbar los ánimos alucinatorios), que fue necesario cerrar el parqueadero. Varios carros quedaron esa noche dentro, en el que como anécdota, muchas veces de manera inquietante se activaban las alarmas de los choches fúnebres, encerrados en el piso inferior al que nadie podía acceder tras echar el candado. 

  


En otra ocasión, la muerte pareció darse un solaz. Un martes, cerca de las cinco de la tarde, los empleados, conductores y tanatólogos, conversábamos al calor de un café con cierta extrañeza pues no había llegado ningún servicio, es decir, no hubo muertos ese día. Hay una novela del Nobel portugés José Saramago sobre el tema. Sin embargo, al caer el día, el cuerpo de un bebé llegó a la funeraria para su despedida. Es curioso ver el tono de colores de quienes asisten a los velorios, pensaba a veces. Es de mal gusto, desde luego, hacerlo con tonos demasiado vistosos que escandalicen a los dolientes. ¿Somos demasiado políticamente incorrectos, si nos atenemos a que los colores son cuestión de percepción neuronal por la vibración determinada de una frecuencia con la luz?      

Bueno, el oficio fúnebre, es algo tan místico y de carácter tan profundo en muchos sentidos: antropológico, sociológico, político y estético, que escribió Thomas Lynch en El Enterrador, "los cuerpos no son meramente objetos si no que son revelaciones de lo que fuera un ser humano en un determinado punto en el tiempo; es preciso darles un carácter de presencias inmanentes, del mismo modo en que nosotros fuimos presentados a ellos en vida, la primera vez que ellos (los muertos) nos conocieron en calidad de padres o abuelos."      

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