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martes, 9 de octubre de 2012

Las apuestas por el Nobel

                                                            Las Apuestas por el Nobel





Cada año para esta época se empiezan a barajar los nombres de  los posibles ganadores del galardón más codiciado de la cultura mundial: el premio Nobel de Literatura. Este, como el resto de los galardones entregados por la Academia Sueca, hace parte del legado testamentario del inventor y humanista sueco Alfred Nobel. De todos los premios: Química, Física, Medicina y Fisiología, Economía, Paz; es el de Literatura quizá el más esperado. Desde que se comenzaran a entregar por allá en el lejano 1901, y cuyo ganador a la sazón, fuera el hoy casi olvidado novelista francés Sully Prudhomme, se ha convertido en la corona de todos aquellos que se precien de llamarse escritores.
Más allá de la fascinación que ejerce el vencedor en el resto de sus colegas por el hecho de sentirse de algún modo “honrados” o “recompensados” ―adjetivos manidos en casi todos los discursos de recepción del premio―, por un puñado de académicos suecos, que como dijera en una ocasión el polémico Fernando Vallejo, con ese verbo tan atrabiliario como provocador que lo caracteriza: «no hablan, ni leen, la lengua castellana», y a pesar de eso entregan anualmente el galardón a escritores de todas las lenguas del mundo. No es de extrañar que en este mundo moderno, tan dado a la alabanza mediática, alzarse con este premio signifique, citando esta vez a Andy Warhol, tener derecho a unos pocos y efímeros minutos de fama. A diferencia de los primeros ganadores, que vivían en un mundo aislado por falta de tecnologías de comunicación, hoy en cuestión de pocos minutos se conoce la biografía, el rostro y la obra del autor. Esto significa para el escritor, pero sobre todo para sus invisibles editores, réditos económicos considerables.   
Así sucedió por ejemplo en el 2008 cuando se supo que el ganador era un oscuro escritor francés, que en su país era bien conocido, pero para el resto del mundo hasta el momento en el que el secretario de la Academia hizo su esperada salida tras la famosa puerta blanca, para anunciar que el ganador del premio era Jean-Marie Gustave Le Clezio. Entonces empiezan las llamadas, las búsquedas incesantes en Google, archivos, etc. Reseñas al vuelo y por supuesto, desempolvar de las bodegas cajas repletas de libros a punto de ser pasto de la máquina de corte de papel. Así sucedió en 2009, cuando el oscuro rito de los académicos suecos dio al mundo el nombre de Herta Muller, una escritora rumana en lengua alemana, que hasta ese momento solamente era conocida por los estudiantes de estas respectivas literaturas o por unos pocos especialistas.





El Nobel de literatura se ha vuelto en símbolo de prestigio, incluso para autores que no lo necesitaban demasiado como el peruano Mario Vargas Llosa en 2010, quien era ya tan conocido, como lo fuera García Márquez desde mucho antes de ganar su Nobel en 1982, por su novela Cien Años de Soledad. Es tema común en los círculos críticos, el reproche a esta prestigiosa institución europea, el no haber dado el premio a personajes tan importantes como Borges, Proust, Kafka, Tolstoi, Joyce, por nombrar unos pocos; por otro lado, se ha hecho justicia al premiar a autores como Thomas Mann, Albert Camus, Jean Paul Sartre, Octavio Paz, William Faulkner, Ernest Hemingway o Elias Canetti, por nombrar unos cuantos. El galardón ha sido una manera de refrendar la trayectoria de algunos autores que de no ser por el premio, habrían pasado por ser otros del montón: Gao Xingjian, escritor chino, pintor y disidente del régimen comunista, radicado en París, lo recibió en 2000; José Saramago, novelista portugués, quien tras más de dos décadas de silencio, fue reconocido con el premio en 1998; Doris Lessing, una de las más prominentes escritoras de la conocida como crítica literaria feminista inglesa, se alzó con el premio en 2007, cuando sonó por más de veinte años para ganarlo, tanto que dijo al recibirlo que ya «le daba igual recibir premios, aunque lo recibía agradecida». 
Resulta particular, en esta competencia por el premio más jugoso, que al Príncipe de Asturias de las letras, el rival español del Nobel, no se le otorgue tanta trascendencia. El año pasado el Nobel 2011, lo recibió un poeta sueco ―tras poco más de dieciséis años sin recibirlo un escritor de este género, con la recientemente fallecida poetisa Wislawa Zymborszka― que sonaba en las quinielas de cada año: Thomas Transtromer. Poeta nacional sueco, con una provisión infinita de metáforas, imágenes, músicas y figuras poéticas, nos sorprendió gratamente, a los amantes de la poesía. Pero no todos los años son iguales: en 2012, se espera que los escritores en lengua castellana no tengan mucha opción, dado el reciente triunfo de Vargas Llosa; tampoco los poetas, por las razones dadas anteriormente; entonces, tras mucho tiempo sin saborearlo, parece ser, según las apuestas de la casa Landbrokes, que el turno le corresponda a los autores orientales: Haruki Murakami y Mo Yan, o a los norteamericanos Philip Roth, Cormac McCarthy, Thomas Pynchon, incluso Bob Dylan, también a los autores europeos de lenguas únicas como Cees Nooteboom, Peter Nadas o Milan Kundera. Por fin el jueves 11 de octubre, se sabrá quien es el próximo éxito en ventas de libros para el fin de año y el nuevo monarca de las letras mundiales.                     








   




          

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