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domingo, 14 de octubre de 2012

Poesia y modernidad


             


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La tarea de la literatura y el arte, en resumidas cuentas, no es otra que perpetuar la memoria humana. Octavio Paz, uno de los más grandes poetas del siglo XX en lengua hispana y un genio en todo el sentido de la palabra, anunciaba en el libro Poesía y Fin de Siglo, publicado por allá en los noventas, que al acercarnos a esa categoría histórica que llaman los expertos modernidad (y la posmodernidad, que no sabemos muy bien cuando comienza: si después de Hiroshima y Nagasaki o de la caída de las Torres Gemelas), el principal problema del arte y el hombre, es verse puesto ad portas de la incertidumbre de su finitud. 

Dante y los poetas anteriores a la era moderna, tenían por hecho que el mundo en el que se movían era un mundo definido y determinado por obra y gracia de un ser supremo. En su poema épico: Infierno, Purgatorio y Paraíso están determinados por una estructura, incluso por un número de niveles o círculos, que lo llevarán al final a la luz divina del divino arquitecto de Su cosmos. Dante por tanto, carecía de incertidumbres teológicas y metafísicas; era más que seguro que al final, vería la faz de Beatriz y del Creador en pleno estado de beatitud y paz espiritual. El mundo medieval anterior a la modernidad, era pues, nos dice Octavio Paz, finito y por tanto seguro.

Los poetas y el arte en general del siglo XX, se enfrentaron con una cruda realidad que haría naufragar los cánones estéticos: el hallazgo de nuevas leyes con la física subatómica y sus incertidumbres; además del alzamiento de los feroces regímenes políticos de ideologías fanáticas y deshumanizantes, pusieron al hombre ante una certeza inexorable: la destrucción de la idea de finitud y seguridad del mundo, que quedaba ahora en entre dicho: el hombre se encontraba ante la certidumbre de que lo conocido tendría un fin concreto y no metafísico, la desaparición de lo finito.


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Sin embargo, para los poetas de principios del siglo XX, al estallar la primera guerra mundial, el mundo estable y pacifico que la prosperidad de la industria burguesa había conseguido con el dominio de la razón, estalló en mil pedazos. Justo en ese momento, surgirá una figura capital para entender la relación entre el arte, y eso que aborrecía el filósofo Martin Heidegger: la deshumanización por medio de la técnica creada por la propia mano humana. Durante la Gran Guerra, Inglaterra desplazó sus tropas al frente francés. Un joven poeta y soldado llamado Wilfred Owen, fue enlistado para comandar un regimiento en la cruenta batalla. Su experiencia en las trincheras fue de tal brutalidad y horror, que tras ese descenso a los círculos dantescos de la condición humana, un violento episodio de estrés postraumático junto a una herida en batalla, hicieron que fuera enviado a un sanatorio. Allí conoció a Sigfried Sasson y Robert Graves, dos escritores ingleses con los que trabó amistad y que lo alentaron a dar un giro a su visión poética. 

La visión de desencanto que la guerra trajo consigo, hizo que Owen introdujera imágenes y músicas teñidas de tonos grises para mostrarnos el horror del conflicto. Luego de su paso por el sanatorio y su renovación poética impulsada por Sasoon, el estilo del joven teniente cambiaría por completo. Esta crisis, haría que Owen se constituyera, incluso hasta nuestros días, como el poeta por excelencia de la guerra, del desencanto de la finitud y el más importante en lengua inglesa luego de Shakespeare. Lector de Keats, Coleridge y los poetas románticos ingleses, su poética es una visión desgarradora, que nos muestra los límites de la fiereza de la condición humana. Su poesía fue aclamada por encima de la de su mentor estético: Sigfried Sasoon.


El joven teniente de veinticinco años, cruzaba el canal Sambre-Oise a la cabeza de una compañía de avanzada: era el 4 de noviembre de 1918, justo a una semana del armisticio. Una ráfaga de metralla cercenó las alas del pájaro azul que cruzaba en vuelo bajo por las campiñas francesas, cantándole a la humanidad acerca de su creación más feroz y caótica. Wilfred Owen (1893-1918) necesitaba contar, incluso, a costa de su propia vida. Owen es el poeta de la incertidumbre, del reino de Tánatos y del caos de la guerra. Un poeta bélico y posmoderno; un poeta para que no perdamos la memoria de lo que somos capaces de hacernos a nosotros mismos. 

      
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                 En memoria de Wilfred Owen 



                         Las  Campanas



«Bajo su casco, contra su mochila
Después de días de acción y de vigilia
Se apoderó el sueño de su rostro
Y lo tumbó de espaldas. En el no-tiempo
Feliz del sueño, se apoderó la muerte
Del corazón. Y hubo un conmoverse
De la vida abortada que brotaba…» 
                                                                         
                                                                                                                      Wilfred Owen

Doblaron las campanas blancas,
Las golondrinas volaron bajo, presagiando las alarmas
Mientras el verano oprimía los cuerpos de los amantes.
Grabada en el eterno mármol del papel
La imagen núbil del joven poeta tísico
Inquieto por las musas
Desconoce la feroz brutalidad de la guerra.
Estremecido el corazón de Europa
Despierta por el estruendo del cañón elocuente,
El heraldo de la guerra.
Los vagones van repletos de carne de cañón  
Un collar de lágrimas fluye por los dedos
De las pálidas novias y las madres.
Blancos pañuelos aletean como palomas
En las estaciones, despiden los trenes:
 «Adiós, adiós a todo esto».


En la víspera, tras los últimos compases del baile,
Ellos sueltan las caderas de las muchachas,
Y empuñan los fríos fusiles, dan su pecho a la muerte.
Al alba, la llamada del fuego y los cañones,
Con sus voraces dentelladas de metralla, los consumirá.
Cual pabilos frágiles, 
«Pero dulce y decoroso es morir por la patria».
Zumban las abejas metálicas en los oídos
Los estertores sordos de la asfixia por el gas venenoso
Ensordece los ojos y cercena las tibiezas de la memoria.

La muerte, se levanta incólume de las trincheras:
Esa negra segadora de cabezas imberbes,
Que arando por las campiñas de Verdún, siembra sus cruces blancas.
Su elocuencia vulgar de granadas y obuses
Traza ruinas por campos y ciudades,
Se deja oír, poderosamente
Entre las tapas de los ataúdes, las bocas y los tímpanos 
Sellados con algodones humedecidos de sangre.
Pero la poesía embalsama a los muchachos muertos,
Como siemprevivas bajo las botas,
Los hará florecer en los nichos de las trincheras.
Cuando retornen los vagones mortecinos
Ya se anunciará el fango de otoño, el tiempo de la peste.
           





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