Escritor por encargo

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miércoles, 21 de noviembre de 2012

Breve defensa de la libertad religiosa o el ateismo





Quiero expresar mi punto de vista sobre la libertad de cultos. Me he dado cuenta de que quienes son practicantes de cualquier religión o credo, siempre están buscando la manera de catequizar o hacer apologética con los ateos, agnósticos o simplemente los que están en contra de su manera de pensar. En primer lugar, la no creencia en una religión que puede llegar a ser mayoría en un país, como sucede en Colombia con la religión católica, no otorga el derecho a los creyentes de poner en tela de juicio el escepticismo religioso o en controvertir la ética o la moralidad de los que no comparten su creencia. La constitución de Colombia del año 1991, reglamentó la libertad de cultos o pensamiento por tanto, este es un país laico; la libertad religiosa, de la que hace parte la opción por no ejercer ninguna de ellas, es por ese sólo hecho una manifestación de libre desarrollo del pensamiento individual de cada quien. Es obligación del estado hacerla cumplir.

La idea de una divinidad, llámese como se quiera, es algo personal. Con independencia de los argumentos teológicos que una persona mayormente capacitada en materia intelectual, con respecto a los que profesan un fanatismo ciego y desmesurado que no conoce ningún límite, pudiera llegar a esgrimir para defender su postura legitima, no está bien desde los postulados de la ética andar tratando de convencer a los demás para que crean o no, en los dogmas de determinada fe o creencia. Es aberrante esa costumbre. Además como se ha dicho, el hecho de pretender que una persona es mala por el sólo hecho de no ser creyente, es discriminatorio, fascista y retrógrado.

La polémica religiosa acerca de la concepción de la idea del universo, entre creacionistas y evolucionistas, llevó en los países protestantes como Estados Unidos, incluso a juicios civiles. Se ha puesto al mismo nivel un argumento científico serio y respetado, que el de los dogmas, las creencias o simples supersticiones. La frase de Voltaire: «no comparto su manera de pensar, pero daría mi vida para defender la libertad que usted tiene de expresarla», es un modelo de tolerancia que los pastores, sacerdotes o guías espirituales del mundo deberían tomar a pie juntillas. Estos modos de ver el mundo nos retroceden al tiempo de la Inquisición donde opinar diferente al Papa de turno, hacía merecedor a una persona del escarnio y muerte pública.  Religiones como el islamismo, adolecen de tal concepto de libertad individual por la sencilla razón que no han pasado por crisis ideológicas, sociales y políticas  como la Revolución Francesa y el Siglo de Las Luces.





Es descabellada la idea, que reviste la obligatoriedad en algunos colegios, de instituir clases de religión. Esto parece una afrenta contra la libertad  humana. Cada ser humano debería llegar a contemplar su propio concepto teológico sin presiones ni persuasiones de ningún tipo. Estamos ad portas de fanatizar los debates como si fuera herejía renegar de una entelequia filosófica como es el concepto de Dios. Su idea ha sido tan vaga y tergiversada a través de las diferentes civilizaciones de la historia que tratar de imponer una sola parece ridícula y absurda. Miles de escritores y filósofos han disertado sobre el tema sin llegar a una conclusión satisfactoria para todos: entre razón y  fe no puede haber consenso, jamás. La religión judaica, origen del catolicismo, es una serie de reglas morales dadas por la tradición cultural de ese pueblo. Aplicarlas a un contexto histórico distinto es necio e inconveniente. La religión es nociva cuando se quiere generalizar; es una manifestación personal del espíritu y como tal debe ser privada.


Periodos de la historia de esplendor para la humanidad, han prescindido casi completamente de la religión para poder desarrollar la potencialidad del espíritu humano. La religión siempre ha querido encorsetar la mente, la invención, la imaginación y la pluralidad de la naturaleza humana. El Renacimiento, la República revolucionaria de Holanda en el siglo XVII, EL Iluminismo, El Romanticismo y las revoluciones culturales del siglo XX, han dado al espíritu humano personajes de la talla de Leonardo Da Vinci, Miguel Ángel, Rosseau, Voltaire, Bach, Mozart, Hegel, Beethoven, Spinoza, Vermeer, Rembrandt, Dalí, Picasso, Joyce, y un largo etcétera.    
Me parece irresoluble una cuestión de tal envergadura, por la razón sencilla y práctica que las normas morales, sociales e ideológicas, de gran parte de las religiones son grilletes para el despertar del hombre.





Borges mencionaba en una de sus brillantes conferencias, que lo admirable del budismo era que se podía ser musulmán ―como los Talibanes que volaron los budas de piedra en Afganistan―, metodista, calvinista o cristiano, sin reñir con los preceptos del budismo, pues más que una religión el budismo es una filosofía, un camino de vida. Siguiendo ese postulado deberíamos pretender aplicar la praxis del zen en los asuntos ontológicos y teológicos: dejar de pensar en el ego, desprenderse de este rápidamente, cuando percibamos que nuestra mente es como un lago en quietud o un cielo sin nubes aparentes, entonces habremos adivinado lo que es la divinidad: algo inasible, que escapa a definiciones o conceptos que con la razón son inabarcables. Quizá la figura del uno en el Parménides de Platón, se acerque mucho a eso que es Dios ―uso las mayúsculas como lo hiciera Solzhenitzin en una novela (Agosto 1914), para simbolizar con este sustantivo que comienza en mayúsculas, lo inabarcable, la conciencia del cosmos, o lo que para los masones simboliza el gran arquitecto del universo―: algo así como un haikú, un laberinto de espejos o los fractales, un abismo que lleva al fondo de nuestros mismos temores y poderes.


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