Escritor por encargo

Escritor por encargo
escritores freelance

lunes, 26 de noviembre de 2012

Robert Lowell y la memoria perdida de Buenos Aires




                                                     Robert Lowell 
                                                      (1917-1977)


Se dice que Jorge Luís Borges tenía repulsión patológica por igual tanto a los excesos del licor como al sexo. Como si se tratara de una burla del destino o un oxímoron de esos que solía usar en sus textos, en una suerte de feliz error, Borges se conoce con Lowell en 1962. La anécdota del desencuentro entre los dos poetas, cruza transversalmente el ridículo, la sobriedad y trasciende lo literario.

El poeta español Rafael Alberti estaba de paso en una reunión en casa del genio argentino. El español iba bastante bien acompañado, pues según el relato, Lowell le puso encima los ojos de inmediato a la fémina que lo acompañaba. El bardo norteamericano se dio a beber una buena tanda de martinis, hasta caer fulminado por completo en medio de la sala, cual si fuera un pugilista vencido por su ambición etílica. Borges hizo un par de bromas y luego, tiempo después del incidente desdeñaría de las capacidades intelectuales de Lowell diciendo que jamás lo leería y que además, como colofón a la vergonzosa actitud demostrada ante la amiga de Alberti, diría a Bioy Casares: "es un completo idiota".

Sin embargo, de aquel desencuentro no podía solamente salir un episodio desopilante y trágico ―pues Lowell fue internado en un sanatorio donde fue tratado con medicamentos y atado con camisa de fuerza hasta que recobrara la cordura―, también salió, durante los dilatados paseos de Lowell por Buenos Aires, un poema de gran belleza íntima, como esos que solía dejar la pluma de este escritor aficionado a las mujeres bellas y al que movía una destructora pulsión por la beodez.

El poema al parecer carece de traducción, aunque en estos tiempos de Internet esa probabilidad es poco plausible y más bien se la achaco a falta de tiempo para encontrarla. Lo cierto es que me decidí a hacer la traducción libre del poema «Buenos Aires», escrito bajo el influjo de la París del cono sur. En él resuenan ecos fastuosos e imágenes propias de la estética intimista, que consiguen provocar en el lector sensaciones variadas que evocan una ciudad fantasmagórica y tumultuosa. Las comparaciones son odiosas siempre, y aquí, desde luego no hallaremos comuniones de figuras o tropos entre los lenguajes de los dos autores tan dispares, como pueden ser las pampas argentinas del Gran Cañón del Colorado.

P.D: El poema va con su respectiva versión en inglés para que los lectores anglófilos puedan hacer su propia tasación de estas azarosas lides: tergiversar las ideas originarias del autor en otra lengua es siempre un oficio ingrato, difícil y en ocasiones, deleznable.






Buenos Aires
Robert Lowell
                                                                 Febrero 1 de 1963

En mi habitación en el Hotel Continental
A mil millas de ninguna parte,
Escucho
La voluminosa, la fornida respiración de las manadas.

Ganado adornando mi ropa nueva:
Mi abrigo de cojera, de gamuza color castaño,
Mis zapatos afilados
Que torturan mis dedos gordos.

Un decoro falso fin de siecle
Roncaba sobre Buenos Aires,
Perdido en las pampas
Y corriendo por las barracas.

Viejos hombres fuertes niegan apoteosis,
Quiebra, a lomo de caballo, sueldan sus manadas, conmovido
Mármol blanco en dos patas, cascos de luna,
Para patear al país vencido.


Romántica escultura militar
Sables ondeando sobre arquitectura Dickensiana,
Escuadrones lacónicos patrullaban los espacios en blanco
Dejados por el pobre invisible.

Todos los días leo en los periódicos sobre los golpes de Estado
Del plomo y los generales interinos
―trozos de masa en el tablero de ajedrez―
nunca vieron
Sus tanques contramarchando.

A lo largo del paseo de cipreses iluminado por el sol
Del cementerio de los Mártires Republicanos,
Cientos de templos Romanos de una habitación
Abrazaron sus neo-clásicos catafalcos.

Bustos literalmente conmemorativos
Conservan los ranosos abrigos
Y quisquillosas frentes acanaladas
De esos burócratas soldados.



Por sus puertas descocadas
Un centenar de diosas marmóreas
Lloran como sauces. Encuentro descanso
Ahuecando una suave palma para cada duro pecho

Esa noche caminaba por las calles.
Mis pellizcados pies sangraron en mis zapatos. En un parque
Yo me rindo a la seducción de la oscuridad
Cuerpos pitón de semidioses del Nuevo Mundo.


En todas partes, los bramidos del viejo toro―
Los amordazados perdedores aún rugían
Para la bruta carne de Perón,
Las nínfulas de Don Giovanni.

En la plaza principal
Un obelisco de piedra blanca
Se irguió como un falo
Sin carne o pelo
―Siempre mi faro―
Regreso al hotel!
Mi respiración blanqueaba el aire invernal,
Yo era el peor para el desgaste.
Cuando la negrura de la noche se derrama,
Yo veo la luz de la mañana
Sobre Buenos Aires colmada
Con un adusto cuello almidonado de multitudes.








Robert Lowell-Buenos Aires
February 1, 1963

In my room at the Hotel Continental
 a thousand miles from nowhere,
 I heard
 the bulky, beefy breathing of the herds.

Cattle furnished my new clothes:
 my coat of limp, chestnut-colored suede,
 my sharp shoes
 that hurt my toes.

A false fin de siecle decorum
 snored over Buenos Aires,
 lost in the pampas
 and run by the barracks.

Old strong men denied apotheosis,
 bankrupt, on horseback, welded to their horses, moved
 white marble rearing moon-shaped hooves,
 to strike the country down.

Romantic military sculpture
 waved sabers over Dickensian architecture,
 laconic squads patrolled the blanks
 left by the invisible poor.

All day I read about newspaper coup d’états
 of the leaden, internecine generals—
 lumps of dough on the chessboard—and never saw
 their countermarching tanks.

Along the sunlit cypress walks
 of the Republican Martyrs’ graveyard,
 hundreds of one-room Roman temples
 hugged their neo-classical catafalques.

Literal commemorative busts
 preserved the frogged coats
 and fussy, furrowed foreheads
 of those soldier bureaucrats.

By their brazen doors
 a hundred marble goddesses
 wept like willows. I found rest
 by cupping a soft palm to each hard breast.

That night I walked the streets.
 My pinched feet bled in my shoes. In a park
 I fought off seduction from the dark
 python bodies of new world demigods.

Everywhere, the bellowing of the old bull—
 the muzzled underdogs still roared
 for the brute beef of Peron,
 the nymphets’ Don Giovanni.

On the main square
 a white stone obelisk
 rose like a phallus
 without flesh or hair—

always my lighthouse
 homeward to the hotel!
 My breath whitened the winter air,
 I was the worse for wear.

When the night’s blackness spilled,
 I saw the light of morning
 on Buenos Aires filled
 with frowning, starch-collared crowds.
    




4 comentarios:

  1. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

    ResponderEliminar
  2. Hola Valdemar. Llegué a esta pagina a raíz de este poema de Lowell. ¡Qué casualidad!, no hace mucho que publicaste esto (¿será por el 50 aniversario del The New York Times Book Review, en donde se publicó por primera vez el poema?). Vi esta entrada después de traducirlo al español (de puro desafío y para ver a ver cómo me salia) y mirar por ahi a ver si alguien lo había traducido. Efectivamente, no parece haber muchas traducciones al español (encontré una aquí: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-5559-2002-05-26.html, además de la tuya; todo eso después de que lo tradujera!). Parece que el libro al que el poema pertenece sí fue publicado - en Buenos Aires - pero creo que no está en Internet. Te dejo mi traducción aquí a ver qué te parece... Tiene un dejo rioplatense ("cuarto", "guarango", etc.) por obvias razones, además de que yo soy porteño.
    ¡Interesantes notas en esta página! ¡Saludos!

    Buenos Aires

    De Robert Lowell

    En mi cuarto del Hotel Continental
    a miles de leguas de ningún lado,

    el corpulento, carnoso respirar de la manada.

    El ganado había tallado mis ropas nuevas:
    el saco mustio, castaño de antes,
    los zapatos adustos
    que me herían los pies.

    Un falso decoro de fin de siglo
    roncaba sobre Buenos Aires,
    perdido en las pampas
    y regenteado en los cuarteles.

    Poderosos hombres viejos privados de apoteosis,
    en bancarrota, de a caballo, pegados a sus caballos, blandían
    mármoles blancos erigiendo herraduras como lunas
    para derrocar al país.

    Esculturas militares románticas
    agitaban sables por sobre arquitecturas dickensianas,
    brigadas lacónicas patrullaban los vacíos
    dejados por los pobres invisibles.

    Pasé todo el día leyendo sobre golpes de estado de papel de diario,
    los de grises generales de luchas intestinas
    - cachos de maza sobre el tablero -
    y nunca vi sus tanques contrarios.

    A lo largo de las sendas soleadas de cipreses
    del camposanto de los Mártires de la República,
    cientos de minúsculos templos romanos
    abrazaban catafalcos neoclásicos.

    Calcados bustos conmemorativos
    conservaban los trajes cruzados
    y los ceños quizquillosos, fruncidos,
    de esos burócratas soldados.

    Al lado de sus guarangas puertas
    cientos de diosas de mármol
    lloraban como sauces; hallé calma
    ahuecando en cada pecho duro mi blanda palma.

    Esa noche deambulé por las calles.
    Los pies apretados me sangraban en los zapatos. En una plaza espanté la seducción de los cuerpos
    pitones oscuros de los semidioses del nuevo mundo.

    Y en todos lados, el bramido de la vieja bestia;
    los desamparados, bozal en boca, aún rugían
    por el bife bruto de Perón,
    ese Don Giovanni de las nínfulas.

    En la plaza principal
    un obelisco blanco de piedra
    se erguía como un falo
    sin carne ni pelo;

    ¡siempre mi faro hacia el
    terruño del hotel!
    Mi aliento blanqueaba el aire de invierno,
    de cansancio estaba yo más que lleno.

    Cuando la negrura de la noche se derramó,
    vi la mortecina luz del día
    sobre Buenos Aires llena
    de cejudas mazas de cuellos almidonados.

    ResponderEliminar
  3. Muchas gracias por tu generosidad. Escribir algo y que te lean es gratificante, un bálsamo para el espíritu, y por qué no, para el ego del escritor. Agradezco que te guste y espero que sigas volviendo, saludos desde Bogotá.

    ResponderEliminar
  4. Ja! Totalmente! Gracias a vos y me "estoy pasando" entonces! Saludos!

    ResponderEliminar