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sábado, 4 de mayo de 2013

El día que el futbol jugó con la barbarie



                      Tropas chilenas costodian los prisioneros en el Estadio Nacional de Chile (1973)




El siglo XX es tenido por muchos historiadores, pensadores y filósofos como el más dantesco de la historia. Pueden argüir algunos que tal afirmación es exagerada. El ascenso del comunismo marxista en 1917, derrocando a la familia imperial rusa a sangre y fuego, fue sin duda el prólogo a un siglo atroz, descabellado y pesadillesco. Por primera vez en la historia existía un estado regido por los trabajadores y campesinos.

Del otro lado del Atlántico, en Chicago, Henry Ford producía autos cada minuto, en Nueva York; también la construcción de rascacielos estaban a la orden del día y las agencias de prensa emitían reportes financieros constantes en una de las economías más robustas del mundo. Doce años después, en 1929, la estrepitosa caída de Wall Street llevó a la ruina a millones de contribuyentes que se vieron de repente como los alemanes de la república de Weimar: juntando pilas de dinero para poder comprar un pan. 

Sospechosamente, el ascenso de un político extremista y nacionalista en Alemania que en poco tiempo sacó al país de la postración, ejecutó uno de los mayores milagros del siglo. Al estallar la guerra en 1939, las potencias aceitaron sus maquinarias para derrotar la amenaza nacionalsocialista. Seis años después, vencidos los nazis, el mundo era distinto: de un lado del muro estaba el capitalismo neoliberal y del otro el comunismo socialista.

El futbol, desde luego, ha sido puesto como parangón de síntesis de pasiones humanas: competitividad, honor, bravura, coraje, heroísmo, etc. El deporte sin embargo, como lo demostraran las Olimpiadas de Berlín en 1936, no estaba exento de tintes políticos: el Führer se negaba a dar la mano a un ser humano sacado de categoría solamente por ser negro. En un campo de prisioneros de Kiev, se jugó un partido de futbol entre alemanes y prisioneros ucranianos, entre estos, jugadores profesionales del Dinamo de Kiev      -episodio que inspiró el filme “Victory” con Pelé y Michael Caine en el reparto principal-, so pena de ser muertos si ganaban a los nazis. 

En los años setenta Latinoamérica experimentaba una sensación de desamparo económico, sin tener claro cuál era el rumbo correcto para encaminar la economía. Fuera de Cuba, la mayor parte de países eran liberales, es decir con capitales privados, apertura de mercado de productos y deseos de expansión. Salvador Allende había conseguido llegar a la presidencia de Chile. Era el primer presidente socialista elegido democráticamente. Rusia y Cuba daban apoyo incondicional a su nuevo aliado en la región. 


Henry Kissinger y Agusto Pinochet


Richard Nixon, se mesaba los cabellos en el salón oval de Washington pensando cómo acabar con la pesadilla. Kissinger, su Maquiavelo, le susurró al oído que no se preocupara: la CIA era el instrumento más efectivo para esos casos desesperados.  El 11 de septiembre de 1973 fue bombardeado el Palacio de la Moneda y secuestrado el presidente Allende, que poco después moriría en circunstancias misteriosas.
Sin embargo la vida continuaba en el nuevo régimen. Sin tener astrolabio, el nuevo jefe de estado Augusto Pinochet, presidiendo una junta militar con mano de hierro, decidió hacer tabula rasa y aplicar un modelo económico de acuerdo a los postulados de la nueva generación de economistas egresados de Chicago. Tambaleando la economía chilena, solicitó ayuda de las grandes mentes en liberalismo avanzado como Milton Friedman. «El marxismo es como un fantasma –decía el adusto viejo en su uniforme verde oliva–, no se le puede atrapar».

Era 1974 y los disidentes políticos, a falta de un lugar mejor, eran encerrados, torturados y ejecutados en los camerinos del estadio Nacional de Chile. Habiendo empatado en Moscú poco antes del golpe militar, el partido de vuelta se jugaría en Santiago para elegir el equipo que clasificaría al mundial de Alemania. Los soviéticos desde luego se negaron a jugar en un terreno tan indigno y con la bota puesta en sus espaldas. Aunque una comisión de la FIFA inspeccionó el estadio, de cuyo subnivel salían los gritos desgarrados de los prisioneros políticos torturados, dio su aprobación para que se jugara el partido: si los soviéticos no asistían, el onceno de Chile haría presencia en el estadio in absentia de los soviéticos. 

Formados los chilenos ante una afición espuria, se dio el pitazo inicial. Llevando el balón delicadamente con toques sucesivos entre los jugadores, se anotó un gol ante una portería resguardada sólo por el fantasma del gobierno marxista derrocado. Chile clasificaba al campeonato mundial de futbol. La participación del equipo chileno fue vergonzosa, al punto que fue eliminada en la primera ronda y abucheado por las tribunas mundialistas. La economía de Chile se restableció con la sangre de los contribuyentes chilenos, que escasamente podían alimentarse de pan y leche. Por esa época en Santiago y el resto de ciudades chilenas, la gente de lo último que quería hablar era de futbol. 







Gol fantasma Chile 1974

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