Escritor por encargo

Escritor por encargo
escritores freelance

domingo, 26 de mayo de 2013

La poesía de Manuel Lozano, entre la mística y la perplejidad


                        Manuel Lozano y Jorge Luís Borges, reflejos especulares de la literatura argentina

                       


Borges hacia 1985, era un viejo animal literario poco dado al asombro hacía autores vivos y más jóvenes que él. Cuando alguien le leyó en voz alta uno de los versos de Manuel Lozano, el viejo bardo ciego de seguro asentiría con su aureolada cabeza repleta de versos y pasajes literarios, sonriendo en señal de aprobación ante la construcción poética de un muchacho de apenas quince años. Tras la lectura de Lozano, Borges, el crepuscular cíclope ciego de la literatura castellana, escribiría:

«…sus páginas postulan una geometría minuciosa donde el mundo visible es la clave de un enigma que converge y diverge hasta la exultación de la palabra. Se diría que siento físicamente la poesía de Manuel Lozano como un vasto calidoscopio, un vasto calidoscopio hecho de relámpagos aterradores pero también de delicados amaneceres. El pensamiento es, en él, un cotidiano alimento de revelaciones. La poesía, una suerte de hipóstasis fulgurante de una divinidad que no cesará de soñarnos. La literatura lo acecha y lo embebe como pocas veces he visto en mi ya larga existencia».

Para el lector común, que algunas veces peca de ingenuidad al dejarse persuadir por la rima fácil y la imagen gratuita, reprochada por el propio Borges durante una de sus Harvard Lectures en 1968, cuando afirmó que las metáforas entre flores y mujeres o muerte y sueño, eran ya bastante manidas para seguirlas usando en poesía, el arte de Manuel Lozano carecerá del rigor del soneto o del brillo de la égloga del Siglo de Oro. Huelga decir que la poesía contemporánea ya ha desusado de la rima y en detrimento de muchos autores, ha optado por ser meramente aforística o críptica, aunque muchas veces también sin un sentido claro de sí misma.  

Manuel Lozano es un poeta argentino nacido en Córdoba. Los datos biográficos de un autor pueden servir para nutrir hagiografías y martirologios literarios pero jamás nos podrá dar la dimensión de vivir la experiencia de leerlo. Una dilatada vida y milagros no son garantía de calidad artística. Fuera de lo impresionante del hecho que su poesía hubiera deslumbrado a un lector de las cualidades de Borges –de lejos el lector más voraz, disímil, anacrónico e inquisitivo del siglo XX−, lo verdaderamente abrumador es el estremecimiento místico, cuasi religioso, que produce la lectura de su poesía. Si la poesía es acto estético por naturaleza, ejercicio de ideas y de estilo, entendido como asimilación y apropiación de músicas y ritmos de diversos pensamientos, entonces su corazón, la savia nutricia del resplandor de un verso acabado como una amatista, podemos hallarlo en la poesía de Manuel Lozano. La reseña de un Borges vasto y amplificado por la sombra de su propia leyenda, sobre el adolescente poeta Manuel Lozano, termina así:

 «Nos deslumbra con páginas memorables. Descubro que tiene el hábito frecuentar el universo, de traducirlo en misteriosas y afortunadas invenciones. En ellas conviven, para nuestro perdurable asombro, Samuel Butler y Gustav Meyrink, los infiernos concéntricos de Akutagawa con las párabolas de Jesús de Nazaret, Hawthorne y los escritos mágicos de Alexandra David-Neel (...)
 La obra de Manuel Lozano, que hoy me ocupa y juzgo extraordinaria, hubiera merecido la aprobación y los más altos elogios de Dante Gabriel Rossetti y de Oscar Wilde. Así se comprende que Manuel Lozano descubra en Manuel Lozano el inconcebible universo».



                                                      Selección de poemas de Manuel Lozano




CREDO

Creo en el universo
Y en los universos que el universo contiene.
Creo en las genealogias de la lluvia que traen la sangre de mis padres
Desde el fin y hasta el origen del tiempo.
Creo en la perfeccion de la rosa innúmera, que aun marchita,
Ensalza la piedad y el exceso.
Creo en la burla, repeticion de la ignominia, estrujada carcel.
Creo en la injuria, que puede mudarse en certidumbre y triunfo.
Creo en el desierto, donde el ánima, alejandose, pregunta por el fuego inteligible.
Creo en un testigo.
Creo en el fuego lustral delatando toda noche de este mundo.
Creo en el grito, ese silencio expectante en el alba de los lobos.
Creo en los simulacros y en las verdades candentes del simulacro.
Creo en el insomnio, sacratísima forma de las pesadillas.
Creo en la capa que Elías arrojó a Eliseo en señal de llamamiento.
Creo en la invocación de la esperanza, su despertar.
Creo en un colibrí.
Creo en un álamo plateado, descorazonada verticalidad del aire.
Creo en la duda y lo sublime.
Aun creo, en el hombre.


PLEGARIA


Crucificado en el árbol de la ciencia del bien y del mal,
 adormezco el llanto con rumores
 que obstinan mi oficio de profanador.
 Quítame el reflejo de este aparecido.
 Herrumbrosa azucena, no dejes caer
 la lúcida sangre del crimen.
 En tu cueva de ahogados, él se viste de luto.
 ¿Cuándo bajaremos?
 En el declive encuentras el trébol venenoso,
 los postigos raídos de esa puerta
 que ya nadie abrirá bajo guirnaldas.
 Linajes de fragmentos quemados
 colocarían sobre el pedestal de la separación.
 El labrador invoca la sombra derritiéndose
 en las patas del lobo.
 Nunca lo pliegues contra tu áspera carne de Adán.
 Fueron largos años de exilio y migraciones.
 ¿Quién canta entonces prosternado en el jardín?
 ¿Y quién se trepa a su lápida futura
 con el viento feroz entre los médanos?
 Déjame la intemperie, la incerteza lujosa
 del vuelo de la herida.
 Arrópame en ese traje de lastimaduras.
 ¡Que no vean los gusanos a trasluz del rocío!
 Hijo del desierto me llamaban.
 Desfigúrame con alacranes de seda.


DUDANTE O EL JARDÍN AMURALLADO



Omnis qui se dubitatem intelligit, verum intelligit, et de hac re quam intelligit certus est.*
Agustín, De vera religione, 39,73

Ensañada entre las cuerdas del abismo,
 su boca absorbe lo que dejas.
 Dice que han de incendiarse estos trigales
 como antiguamente
 la más turbia arena del fin.
 ¿Por qué la cara y el robo
 de esa memoria entre los tréboles?
 La verdad, lujuriosa madrastra, inventa
 un desierto oscilante para escalar
 la indecible vejez de la criatura.
 Padre, lámeme las heridas.
 Perro, lámeme las heridas.
 Madre, lámeme las heridas.
 Ya las manos son agua de sangre
 de la noche de quien golpea harapos.
 ¿Y los ríos donde perder
 el amarre de tus cercos de sombra
 hacia el festejo de las pesadillas?
 Dijiste que despertar era increíble,
 entre jirones y metamorfosis.
 Así extraviaste las piedras, los ríos de mármol
 como cruces en el cuerpo de tus muertos.
 Hubieras reclinado tu abandono
 a los dientes del pájaro.
 Era fácil caer, aun sin pronunciar tragedia.
 Pálido doblez de un salto
 que se anuncia en la noche
 y sale por la alcantarilla.
 Reparte sus juguetes en el funeral
 de los amordazados al latido.
 Invoca temblor y abre el muelle
 del filoso en la ausencia.
 Aplaudirían los siervos
 la voz de aquel desconocido que se borra.
 ¿A lo lejos los desesperados,
 los que sobrevienen en ataúdes concéntricos?
 Son incompletos los trozos,
 las bocas, el plañido, tus trofeos.
 ¡Qué testigos espían desde puertas lejanas,
 esos astrólogos de ojos vaciados,
 esparcidos entre el futuro de mis crías!
 Me leían en el rayo.
 Ellos bailaban.
 ¡Cuánto fin y comienzo
 del hambre hasta la saciedad del baldío!
 Risas como el suicidio de una marioneta.
 Padre, perro, madre,
 escalofrío de tu especie, sólo adentro,
 ¿por qué subes a la caliente mansión
 con la leche perdida de una loba?
 Apenas ardió
 leíste en su rostro:
 “Crucificado en la palabra.”


LA RUECA DORADA

                    El poema va tejiéndose con hilachas desatinadas de viejos tapices, para arrojarse  -de cuajo-  como arpón hacia el abismo que es la casa.

               ¿No viste que volvería con el silbo de tu cielo, de tu infierno, es decir de las jaurías que te huelen en ángel y te despiertan basilisco? ¿Tu desvarío fue un milagro? ¡Esta es tu casa, el ojo de la aguja! Tu desvarío será tu milagro.

              Entonces se incrusta en mí como forma de respiración: arquitectura en la representación del Teatro Móvil de los Enigmas en que nos sumergimos. ¡Sombras de la vigilia, alimento lustral esta escritura que revela y devora!

               Beatitud de carnaval, inclíname los vientos. Confúndelos para que arda hasta el silencio de todo, irremediablemente.

No hay comentarios:

Publicar un comentario