Escritor por encargo

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escritores freelance

domingo, 5 de mayo de 2013

La Puerta de la Ley (un relato en clave kafkiana)


                                                               

                                                           La puerta de la Ley


K era un empleado que no se destacaba del resto. Trabajaba una mañana corrigiendo unos informes cuando fue llamado por su superior. Le pareció algo inusual, puesto que los empleados nunca dejaban sus puestos: la orden era no interrumpir las tareas bajo ninguna circunstancia. Se dirigió pues a la oficina del supernumerario. Antes de acercarse siquiera a su escritorio, el jefe extendió una tarjeta a K:
«Debe presentarse mañana en el lugar que se le indica ahí», ordenó sin mirarlo. «Ahora… vuelva a su trabajo de inmediato».

Continuó con su habitual labor ―clasificar cientos, miles de infolios, cada uno con un número secuencial de más de diez cifras―; a veces, le daba la impresión de que las letras y números de los informes parecían cambiar de lugar, moviéndose como un hormiguero inusual ante sus ojos. Quizá, se dijo, era la fatiga cerebral. Como solía hacerlo todas las noches escribía desde la diez de la noche hasta las cinco de la mañana. Pensaba que el esfuerzo valdría la pena: casi estaba listo su relato. Era la historia de un hombre que lee una crónica en el periódico, narrada por otro personaje, que a su vez es leído por otro, y así, la cadena se extiende ad infinitum, entrelazando los relatos que se van interconectando hasta el final, pero que no llegan a conclusión alguna, empezando de nuevo. El lector de la historia enloquece, y en el asilo de locos, intenta hacer un esquema con metros de hojas de papel sanitario, que jamás termina de garrapatear. Como un símbolo guardaba el manuscrito en una caja que estaba dentro de otra, como si de una matrioshka se tratase. Por pudor, recelaba todos sus manuscritos. Algunas veces leía sus textos a amigos cercanos. Anhelaba la gloria póstuma de los poetas románticos. K. también era soltero convencido, vegetariano y escribía con mística sacerdotal.
«Esto es absurdo», dijo su mejor amigo al leer el relato. «Estás completamente loco».
K. no le daba importancia; las críticas las tomaba como un cumplido. «Todas las cosas comienzan así ―pensaba K. durante sus viajes en tranvía―: con una palabra o suceso en apariencia insignificante: (Aleph), por ejemplo, es la letra inicial del alfabeto hebreo, con la que Dios comenzó la creación de su obra máxima, La Torá. A lo mejor nosotros no somos sino una de tantas escenas atrapadas en sus pesadillas.»

Dejaba que la fuerza misteriosa del azar fuera el leitmotiv del relato. Sin embargo, la noticia de su traslado a otro sitio de trabajo, tras veinte años sin moverse de su puesto en la oficina de patentes, le parecía una prueba contundente de su teoría. Tomando aquello como otro de los insoportables gajes de su oficio, preparó las valijas y un par de libros. Antes de despuntar el día tomó un tren hacia el sur. Tenía solamente la vaga idea del sitio al que debía llegar: un remoto pueblo donde debía encontrar un castillo. Por un instante se olvido del futuro, que le parecía, se desvanecía como cera al sol. Camino a la estación se detuvo un momento a ver la nieve blanquear el paisaje. Arreciaba con fuerza. Aspirando el aire frío ajustó su sombrero y levantó las solapas hasta casi esconder su cabeza entre su tronco igual que una tortuga, acosado por el intenso viento. «Si hubiese traído mi cuaderno, al menos podría escribir algo en el vagón durante el viaje», pensó, «…ya no interesa».

Mientas permanecía absorto en la lectura de una novelita metafísica, se detuvo el tren. Aprovechó para preguntar al mozo donde podría encontrar el famoso castillo. Le señaló un punto en el paisaje más allá de la ventanilla: en lo alto de una montaña, un castillo bermejo vigilaba un pequeño pueblo cubierto por la nieve. La construcción semejaba tener la forma de la letra aleph, con sus dos atalayas inmensos sobre una base triangular. K. se apeó del tren y empezó a intentar avanzar penosamente entre las estrechas callejuelas sepultadas bajo la nieve, que le llegaba casi a las rodillas. En ninguna casa se percibía el más remoto indicio de luz o actividad humana. Buscó la tarjeta y la miró detenidamente: no se había percatado de que también tenía impresa la letra mística. Llamó a una puerta. Abrió un hombre de barba gris y profundos ojos negros de lechuza.

«Vengo desde la ciudad buscando un castillo, en el que según esta tarjeta, debo presentarme… ah, olvidaba decirlo: soy K.», se presentó, levantando ligeramente su sombrero ante el hombre de manera cortés.

El cochero lo hizo seguir. En el recinto, casi vacío, estaba una carreta atada a dos caballos esqueléticos. Simplemente era un cobertizo destinado como cochera improvisada.

«Lo estaba esperando», dijo el cochero. «Partiremos de inmediato».

«Pero... está nevando con fuerza, y sus caballos, disculpe por mi intromisión, creo que no resistirán hasta la cima», afirmó K. con estupor.

«No se preocupe, forastero, de ese asunto me encargo yo», le dijo.

El cochero a pesar de la crudeza de la nevada, emprendió el camino. El sol apenas podía verse, la interminable alameda que llevaba al castillo estaba cubierta por la fuerte tormenta blanca. Dentro del coche, K., presa del cansancio, se quedó dormido. Al despertar estaba recostado contra la inmensa puerta del castillo junto a sus valijas; el cochero ya no estaba. Golpeó con vehemencia hasta que al fin, salió un hombre, que K. confundió con el cochero:

«Gracias por bajar mis pertenencias; me quedé dormido en su coche»

«¿Quién eres?», le preguntó a K. 

«Ya le dije: vengo desde la ciudad; me ha enviado mi jefe con esta tarjeta», K. buscó entre los bolsillos de su gabardina, pero no encontró nada: «¡Maldita sea, juro que traía la tarjeta conmigo!», gritó con desesperación. «Pero por favor, déjeme pasar: me congelo aquí afuera.»

«Lo lamento, pero debe esperar aquí hasta ser llamado por el administrador. Todos lo hacen. Nadie puede sobornar a los guardianes, ni mucho menos cruzar estas puertas sin autorización del jefe de la guardia», afirmó  el guardia escuetamente.
   
K., se sentó, pensando de nuevo en las casualidades que lo llevaron a aquella absurda situación. «No tengo nada», pensó con cierta amargura, «es como si hubiese acabado de nacer». Desde la distancia, el pequeño pueblo, las montañas, el cielo gris, se le antojaba fútil y grotesco. Por primera vez, deseaba fervientemente estar sentado en su celda burocrática, en el corazón de la lúgubre oficina de patentes. Poco a poco, se fue acostumbrando a su nueva situación; sorprendentemente de una forma más rápida de lo que se puede imaginar en tal circunstancia. Años después, una mañana, mientras se aseaba en el lago que rodeaba el castillo, vio su reflejo en las aguas: se halló envejecido y frágil; ya no tenía la juventud suficiente para resistir esa ridícula espera. Sin explicarse por qué razón lógica, continuó ahí, un día más y frente a la misma puerta, igual que veinte años atrás. «Ya no me quedan ni siquiera esperanzas», se dijo. 

«Espero que ahora lo comprenda bien», le espetó el guardián. 
Humedeciendo sus labios tumefactos, K, trataba de mitigar su agotamiento. Miró al guardia embozado en su abrigo, viéndolo arrogante, con sus sombríos ojos bajo el quepis.
«¿Entonces… dígame, no puedo cruzar la puerta aunque esa sea mi última voluntad?», le preguntó resignado K. 
El guardián negó con la cabeza:
«Esta es la puerta de la ley, debes recordar eso; aunque fuera a otro pueblo de esta comarca, de todos modos sería igual. Al morir, será como si jamás hubiera existido», sentenció. 

Mientras caía la tarde, K. veía caer su último crepúsculo; justo antes de ocultarse el sol, expiró al fin. Inmediatamente, el guardián, lo arrastró hasta el foso que rodeaba al castillo; en seguida cerró la puerta y se marchó. La puerta, quedó entreabierta, aunque no clausurada definitivamente, parecía dejada así a propósito, esperando la llegada de alguien más. En ese preciso momento, aquel hombre por el que esperó K. por tantos años, despertaba de un largo sueño, en uno de los suntuosos dormitorios del castillo.
«Vaya, qué horrible pesadilla acabo de tener», le dijo al guardia mientras se afeitaba una barba de varios días: «soñé que un hombre moribundo aguardaba una cita conmigo, pero moría justo antes de verme. Sírveme el desayuno.»   


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