Escritor por encargo

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domingo, 19 de mayo de 2013

Roberto Bolaño, un outsider literario





                                 Roberto Bolaño, posando en medio de ninguna parte (1953-2003)
 

La literatura hispanoamericana –como ahora suelen llamar a esa conjunción entre las dos vertientes de un mismo cauce, que es la lengua castellana− experimentó varios momentos de crisis en el siglo XX. La aparición de un libro en el meridiano del siglo, escrito por un tal Jorge Luís Borges y titulado Ficciones, sería la primera de estas crisis. El género del ensayo, explotado profusamente por eminentes plumas como las de Alfonso Reyes, Octavio Paz, Eduardo Mallea o Alejo Carpentier, nunca había experimentado la gravedad ontológica luego de la escritura de Pierre Menard, autor del Quijote. La incursión de las líneas maestras de la ensayística dentro de los cánones de la escritura narrativa, no se había concebido antes de Borges. Este cuento-ensayo del escritor argentino, puede decirse, fue la primera crisis de la literatura hispanoamericana.
En la década de los sesenta se produce ese “big bang” conocido como el Boom. El peruano Vargas Llosa escribe una épica criolla que viene a ser la bildungsroman del terror de Odría: La Ciudad y los perros. Julio Cortázar gesta ese cubo rubik literario con su disparatada Rayuela. El colombiano Gabriel García Márquez tiene una epifanía camino de Acapulco, que lo hace retornar a Ciudad de México para emprender la escritura de la Biblia literaria −o el Don Quijote del nuevo mundo, para muchos críticos−: Cien Años de Soledad. 

Muchos quieren ver en este “movimiento” una divisoria de aguas para la literatura. Como si fuera un antiguo y nuevo testamento, los escritores nacidos en la segunda mitad del siglo XX, debían rendir primero culto en el panteón de las letras a estos Manes y mitos vivientes como Borges, Fuentes, Gabo o Vargas Llosa, antes de ponerse a escribir. Roberto Bolaño, nacido en 1953 es un heredero directo de esta tradición. Forjado en la sombra tutelar de la poesía de Gabriela Mistral, Pablo Neruda y Nicanor Parra, la santísima trinidad de la lírica chilena, sus primeros escarceos literarios se mueven tanteando el ritmo de estas aguas poderosas.
El ascenso del gobierno socialista de Allende a comienzos de los setentas, coincide con los primeros intentos de escribir del hijo de la familia radicada en México, compuesta por el padre, un boxeador que a veces se ganaba el sustento también conduciendo, y de su madre, una modesta profesora y lectora febril; influencias ya bastantes literarias como para que su vástago se decidiera por ser otra cosa que un outsider. En México Roberto Bolaño pronto ha de abandonar sus estudios secundarios por la religiosa asistencia a las bibliotecas públicas dándose a la lectura de los clásicos. En 1973 Bolaño retorna como Ulises a Ítaca, con el fin de hacer parte de un movimiento cultural socialista promovido por Allende. En su retorno a Chile durante el golpe de estado, la amarga experiencia de ser detenido por los facinerosos matones de Pinochet, le hace tomar la decisión de exiliarse por varias décadas.



En México traba amistad con Mario Santiago y funda junto a otros jóvenes el movimiento poético infrarrealista, oponiéndose al pope Octavio Paz que dominaba el horizonte cultural mexicano de aquel entonces. Inspirados en el dadaísmo, los poetas infrarrealistas pretendían abrir su propia brecha hacia el hallazgo de una voz auténtica y desoyendo cualquier tipo de jerarquía estética. Su viaje a España, más concretamente a Barcelona a instancias de su madre enferma, trazan un nuevo camino para el joven Bolaño. Allí lee febrilmente y malvive trabajando como factótum en diversos sitios. En uno de estos oficios, hará las veces de conserje cuidando una cabaña en donde puede entregarse de lleno a la literatura. En ocasiones opta por el sacramental robo de libros en tiendas para nutrir su vicio; del mismo modo, según dice la leyenda, supervive por medio de los premios otorgados por concursos provinciales de acuerdo al consejo del escritor Antonio Di Benedeto, a quien dedica su relato “Sensini”. 

El mundo de Bolaño, quien ya se dedica de lleno a la literatura, está claramente influido por la corriente que pasando por Bukowsky, atraviesa en su cauce por el Boom, Raymond Carver y Julio Ramón Ribeyro, entre otros. Para finales de la década de los noventas, Bolaño es reputado como escritor en Blanes, donde se afinca. Su obra más célebre, Los Detectives Salvajes es premiada en 1998 con el premio Rómulo Gallegos. Sin embargo, donde Bolaño destaca, aparte de su faceta como novelista preocupado por la marginalidad, el mundo del lumpen y el desasosiego con que oprimen las metrópolis a sus personajes, es sobre todo en sus cuentos. En Putas Asesinas, sus personajes sui generis, como el hijo de un sacerdote y una prostituta colombiana, traslucen una visión atrabiliaria y corrosivamente humorística de la condición de latinoamericano y paria. 


Adentrarse en la narrativa de Bolaño es descubrir el sentir de un autoexiliado inconforme en todas partes. Pareciera que sus personajes como Arturo Belano –trasunto narrativo de sí mismo− o Ulises Lima, siempre buscan un destino que sea distinto al propio. La búsqueda incesante de un estilo, a la vez que un lugar en el mundo, puede ser el leitmotiv de la obra del chileno. Conocer los cuentos de Bolaño es una experiencia única que nos abre conciencia al universo narrativo de este autor imprescindible: sobre todo para los inmigrantes latinos en Europa. Poco antes de morir en 2003, víctima de una grave enfermedad hepática, dejó escrito un cuento-ensayo que quiere rendir un último homenaje a Borges. 

Los mitos de Cthulhu, es una conferencia desopilante y alejada de la solemnidad de los ámbitos literarios, a esa que son bastante proclives los escritores en cualquier lugar, pero sobre todo en Latinoamérica, donde escribir es vivir al margen. Es la voz del outsider la que se pregunta por los nuevos prohombres de las letras hispánicas: esos que venden libros como pan caliente, pero que desconocen la razón de su éxito. Entre las reflexiones hilarantes sobre el estado actual de la literatura en lengua castellana, la figura de un obrero subido en un andamio mientras toma la merienda, se pregunta sobre el pensamiento débil. Todas estas reflexiones aparentemente absurdas son un testamento lúcido, sarcástico y sobre todo estético, de un escritor que más que tomarse en serio su tarea, se concebía a sí mismo como un outsider, un catalán-chileno-latinoamericano sin otra patria definida que la literaria.   

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