Escritor por encargo

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sábado, 15 de junio de 2013

José Antonio Osorio Lizarazo y los orígenes del realismo social en la literatura colombiana



José Antonio Osorio Lizarazo, El día del odio (1952)

Al mediodía del siglo XX, Colombia, era una nación desgarrada por la guerra fratricida entre liberales y conservadores. Estas dos facciones políticas, en buena medida derivadas del centralismo y federalismo con que los incipientes burócratas quisieron escindir la cosa pública en el recién nacido país, llevaron a límites demenciales y terroríficos las pugnas entre sus respectivos partidarios. Mariano Ospina Pérez, presidente conservador luego de casi tres lustros de dominio liberal, hizo caso omiso a las bárbaras ejecuciones sumarias acometidas por la mano de la Popol y los Chulavitas, facciones civiles organizadas para llevar a cabo cobros de sangre en las zonas rurales.   

Ante esta situación, era palpable el drama humanitario con miles de desplazados, exiliados forzosos hacia zonas urbanas donde eran poco menos que inútiles los campesinos, en absoluto preparados para afrontar las labores requeridas en una urbe que crecía vertiginosamente como Bogotá. Jorge Eliécer Gaitán, el líder de la oposición, disidente liberal y abogado de prestigio, lanzaba dardos ardientes al establecimiento algunas veces desde el púlpito del Teatro Municipal e, incluso, como en su última gran salida pública, desde el mismo corazón de convergencia pluralista en la urbe más populosa de la Colombia de los años cuarenta: la Plaza de Bolívar. Tras la sombra del hombre público y sus vicisitudes siempre hay otros hombres. En este caso, un escritor.

Los orígenes de la literatura social en Colombia habían sido más bien brumosos. José Eutasio Rivera logró construir una obra maestra tanto en cuestión de fondo como de forma con La Vorágine, trasunto sentimental de la explotación del caucho en las selvas amazónicas. Si bien, en sentido estricto la denuncia social quedaba como pretexto dentro de la magistral narración lograda por el autor huilense, la necesidad de contar el atropello de los desposeídos y los humillados de siempre, parecía quedar en el aire. Casi siempre, cuando en literatura las buenas intenciones sobrepasan a la esencia del arte, que no es más que la perplejidad estética, su objeto termina convirtiéndose en un panfleto burdo y manido.

La obra de José Antonio Osorio Lizarazo (1900-1964) pasa de soslayo al lado de figuras como Zalamea Borda, Eduardo Caballero Calderón, Germán Arciniegas entre otros autores. Escritor de oficio, periodista, crítico y polígrafo, Osorio Lizarazo tuvo presente el influjo del poder en la escritura. Cercano a Gaitán, escribiría una biografía sobre su inmolado amigo y caudillo. Puntualmente, su novela El día del odio, es quizá una de las primeras obras con una visión dostoievskiana de la opresora y cerrada sociedad colombiana. Las élites bogotanas vivían recluidas en sus fortines de Teusaquillo, Santa Fe o Chapinero. Gentes exiliadas por el conflicto interno, buscaban refugio en las suntuosas casas ofreciendo por sueldos exiguos, o incluso por techo y alimento, su fuerza de trabajo como empleadas domésticas, choferes, jardineros o mozos de faena.

El día del odio, novela de 1952, nos narra la peripecia trágica de Tránsito, una campesina ignorante que como en un drama clásico es vendida a una “patrona” para servir de muchacha de oficios en su casa. Las manos sucias por las labores del campo, eran mal vistas por las dueñas de casa. Unas joyas perdidas son pretexto suficiente para ser echada a la calle. Sin embargo en la jungla urbana es difícil buscar un lugar para la supervivencia, puesto que hay muchos que llevan buen tiempo viviendo en la calle y conocen las reglas para conseguirlo. Tránsito, pronto caerá presa del vórtice infernal de la prostitución. El ofrecimiento de una matrona y proxeneta de una casa de lenocinio, para conseguir una fuente de ingresos rentable, dada la juventud y gracia del prospecto, es rechazado por la inocente muchacha.

 Al amparo del umbral de una pensión de mala muerte, los policías la acechan, y pronto es sindicada por prostitución y va a dar con sus huesos a la celda. Un carrusel de incidentes infelices la llevará a conocer por azar a El Alacrán, un maleante de barrio bajo y carterista de tres al cuarto. Viviendo como concubina a merced del carácter del delincuente, pronto conoce el presidio derivado de los celos carnales de su nuevo propietario. Una tarde Tránsito y El Alacrán se encuentran en medio de los desmanes derivados del asesinato de Gaitán. El centro de Bogotá es un polvorín, los tranvías arden, los locales asolados por la turba ebria y presa del hambre, son asaltados sistemáticamente: objetos de todo tipo, ropas finas, viandas y coñac que en su vida habían probado los desarrapados.

Osorio Lizarazo nos lleva al desenlace de su novela poniendo los destinos individuales en un contexto colectivo de desesperación. Sus personajes, que tienen su eco en el colectivo al que pertenecen intrínsecamente, se ven abocados a salir a las calles a buscar aquello que les ha sido negado sistemáticamente por sus dirigentes que los desprecian. Pescando en río revuelto, Tránsito, la protagonista, carga algún artículo anhelado para su casta social, resguardándolo celosamente con su cuerpo. Acuerdan llevar el botín al cuartucho miserable donde habitan, para poder gozar un poco de quizá la única comida lujosa que puedan tener en vida.

Antes de cruzar la calle para reunirse con El Alacrán, Tránsito, la jovencita ignorante, azotada por los feroces hilos del demiurgo del destino, se desploma en mitad de la calle. Los oscuros dedos de la historia, que cobra vidas inocentes para llenar pies de página en los libros académicos, alcanzan por fin al personaje. Los marxistas postulan que el hombre no puede escapar a la historia, porque él mismo es la historia; con su trabajo transforma la naturaleza y se transforma así mismo. Bajo el cieno de los estratos sociales y de la anulación del ser individual transformado en la masa, está el individuo y su rebelión absoluta con el simple acto de alzar su voz o el machete para pedir dignidad. 

La historia de la literatura colombiana no ha sido muy indulgente con Osorio Lizarazo, seguramente porque puso el espejo ante la hermosura de Venus para que viera sus defectos renunciando ocultarlos simplemente con el reflejo de la belleza del arte.

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