Escritor por encargo

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miércoles, 19 de junio de 2013

Octavio Paz: una visión poética del mundo


Octavio Paz (1914-1998): cenit de las letras latinoamericanas en el siglo XX


Los poetas parecen inútiles y peligrosos: Platón lo advirtió. Cuando no se abstraen pensando en metáforas e imágenes, exaltan las pasiones de las gentes, liberando los corsés impuestos por las normas establecidas. Muchos poetas se han comprometido con la transformación de  los valores de su mundo. Lord Byron, se sacrificó con sólo treinta y seis años, luchando cuerpo a cuerpo junto a los griegos independentistas. El delirante y estrambótico Ezra Pound, se hizo encarcelar por los americanos en Italia, proclamando la grandeza del Duce y sus elevados ideales por un renacimiento del esplendor Imperial en un siglo decadente. La idea del poeta como un hombre iluso y lejano de los procesos históricos y sociales de su tiempo, es un anacronismo del Romanticismo idealista.  

Octavio Paz (1914-1998) fue un poeta consciente de su coyuntura histórica única, pues el siglo que le tocó en suerte, fue brutal y convulso. México asiste a la primera revolución campesina en el mundo; a esto se le suma la revuelta cristera, en un choque esquizofrénico de conceptos fundamentales en una cultura plural, compleja y proteica. 
Este prisma, desde el punto de vista privilegiado de un nieto de liberal burgués y terrateniente blanco ilustrado, le da la visión de sentirse propio y extraño al tiempo, en una patria de hondas raíces indígenas, a la vez hispánica, clerical y caudillista. Esta escisión de su propio ser, proyectada en un sentirse eminentemente mexicano en un tiempo de crisis de identidad, quizá explique el mestizaje inicial del estilo poético del joven Paz. En los años treinta, tras la muerte del padre, en circunstancias referidas ad literam en sus propios versos:

«del vómito a la sed,
 atado al potro de alcohol,
mi padre iba y venía entre las llamas.
 por los durmientes y los rieles
de una estación de moscas y de polvo
 una tarde juntamos sus pedazos»,

viaja a España donde entra en contacto con las vanguardias artísticas. El primer Paz, empezó a trasegar por el camino luminoso del surrealismo bretoniano, espoleando el brioso potro de su imaginación poética. Los distintos viajes que hiciera, con esa facultad deslumbrante de revelación que tienen, abren un espectro amplio al joven escritor que viaja a Estados Unidos por una Beca Guggenheim para estudiar en California. Allí, como Saulo camino a Damasco, tendrá la epifanía que dará brillo a la ensayística en lengua castellana. La visión del joven pachuco, o inmigrante mexicano, como un Narciso adolescente reflejado en las aguas sin reconocer muy bien su propia imagen, inspirará esa obra maestra insuperada hasta hoy: El Laberinto de la Soledad (1950). Todo el espectro metafísico y el simbolismo secreto de lo que representa ser mexicano y latinoamericano, está consignado en estas deslumbrantes páginas. 

Su concepción política fue siempre de la mano de la estética. Su poesía es difícil de clasificar; su postura ideológica se caracterizó por un liberalismo ilustrado a prueba de todo. La masacre de Tlatelolco en 1968, lo obliga a dimitir de su cargo como embajador en la India. Era consciente de que antes que cualquier otra cosa, la condición de hombre es inalienable y prevalece sobre ideologías y dogmatismos; sobre gobiernos y categorías sociales. En su faceta de poeta fue brillante tanto como en la de ensayista. Su prosa salta, o mejor, se metamorfosea en reflexión lírica, del mismo modo que su poesía bien puede verse convertida por gracia de su genio, en un destello de haiku o incluso carecer por completo de forma, gravitando simplemente en la pura naturaleza del fenómeno estético del lenguaje. Su vida amorosa estuvo signada por la felicidad de hallar bajo la sombra protectora del árbol de Nim, en la India, a su esposa Marie José. Intelectual de vasta erudición, pocos temas estuvieron lejos de su espectro crítico: el arte prehispánico, el budismo, la historia política de México, Inglaterra o la Francia Revolucionaria, la poesía inglesa o francesa, la evolución social de China e India, etc., en un catálogo de intereses tan particulares como arbitrarios.

Su consagración absoluta como genio universal de las letras llega en 1990 cuando la Academia Sueca le concede en Nobel de Literatura, “por su apasionada escritura de amplios horizontes, caracterizada por una integridad humanística e inteligencia sensorial”. Fue unánime la aceptación de todos los sectores de la intelectualidad para con uno de los últimos herederos de la tradición erasmista en el pensamiento latinoamericano.

Observador agudo de su tiempo, consignó en libros como El Arco y la lira, La llama doble, Poesía y Fin de Siglo, entre otros, una cosmovisión poética de la realidad, aunque sin tomar demasiada distancia de ella. Su ensayística es un equilibrio venturoso de rigor, sensualidad sintáctica, profusión de adjetivos y hallazgos pletóricos de alegorías líricas del lenguaje. Poco antes de morir en 1998, sufrió quizá el peor de los castigos a que los dioses pueden condenar a un escritor o un bibliófilo: su biblioteca fue presa de la voracidad de las llamas. Sin embargo y por ventura, perviviría su memoria, que en sus propias palabras, fue una de las dos potencias junto con la imaginación, que siempre serían fuente constante de autoconocimiento y construcción en su ontología poética. La obra de Octavio Paz se rehace cada vez que se lee, revelándose  incesante, poderosa e infinita. 

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