Escritor por encargo

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viernes, 26 de julio de 2013

Sobre la inutilidad de las bibliotecas




Un piadoso auto de fe en el Medioevo

La escena: arden pilas de libros en una calle de Alemania. Es mayo de 1933, el régimen nazi encabezado por Adolfo Hitler, reduce a cenizas ejemplares de “literatura degenerada”, obras de autores que inoculaban ideas ajenas a la pureza racial y al dogma ideológico del partido. Entre estos, se contaban Thomas Mann, Karl Marx, Heinrich Heine y Sigmund Freud, que al enterarse pronunció una celebérrima frase: «Cuánto hemos avanzado: en la Edad Media me hubieran quemado a mí». También, de seguro ardía esa noche con gran ironía poética, una antología de Heine, donde se consumía una cuartilla con un poema particularmente profético: «Ahí donde se queman libros, se terminan quemando también personas». Se queman libros para anular la memoria; un libro extiende indefinidamente el eco de las ideas de los hombres; expande las ondas del pensamiento en la plácida laguna del tiempo, tocando sus orillas simultáneamente.


                                    Exterminio de literatura degenerada en Bebelplatz, Mayo de 1933


Borges afirmaba que de todas las invenciones humanas, sólo el libro es una extensión de la imaginación y la memoria de los hombres. En uno de sus textos, La Muralla y Los Libros, el argentino refiere la sistemática quema de libros por parte del primer emperador de China, Quin Shi Huang, con el fin de hacer tabula rasa en la historia; forzarla a empezar de cero arrasando sus cimientos para vanagloriar de ese modo su figura. La obsesión del poder por anular otras voces, es un mal inextinguible. La Inquisición de Savonarola redujo a cenizas cientos de obras capitales para el pensamiento humanístico. Pinochet ordenó a sus fuerzas militares, acabar con cualquier rastro de marxismo en las bibliotecas chilenas. La novela de Bradbury parece una crítica surrealista a la ciega ignorancia del totalitarismo. Hace unos años se conoció que la biblioteca de Pinochet se componía básicamente de libros sobre historia militar, chilena y obras sobre Napoleón; también, paradójicamente sobre marxismo; Hitler solía leer ciertos libros, solamente para justificar su dogmatismo, buscando apoyarse en citas eruditas para sus discursos. No hay que olvidar que el episodio del escrutinio de la biblioteca de Alonso Quijano, termina con una quema de ejemplares. Lo que representa un libro, está asociado para los poderes, con la subversión; la mirada del otro lado del prisma que toma distancia mirando en perspectiva las cosas. Es peligroso, inconveniente, problemático y poco productivo; mete “cucarachas en la cabeza”, renueva los aires mefíticos de las estancias del pensamiento de los lectores, con corrientes de aires limpios y frescos. Los libros desatan ataduras y cadenas de prejuicios y dogmas. Si Dios realmente existiera, jamás hubiera escrito La Biblia; le hubiera bastado con un aforismo o una ecuación.


                                                         Johannes Gutenberg ante su invento



Uno de los placeres máximos del bibliófilo es adquirir libros compulsivamente, como Borges, que aun estando ciego, compraba libros sólo por el placer de sentir su presencia. En la novela Auto de Fe de Elías Canetti, Kien, el personaje principal, sinólogo y erudito bibliófilo, ve extinguirse su adorada biblioteca por el peor enemigo del libro: el fuego. Hoy en día, el borrado sistemático de páginas constituye el parangón ideal a la quema de libros, actividad que la censura, metamorfoseada entre crípticos códigos binarios, logra todavía llevar a cabo en pleno esplendor de la cibernética. Sin embargo la dependencia de vastos volúmenes se hace cada vez más inconveniente por razones de todo tipo: ambiental, de espacio y por sustracción de materia, dado el hecho inminente de la profusión de ediciones digitales.


El filósofo ingles Thomas Hobbes –otra víctima de la quema de sus libros−, en los últimos años de su vida, prescindió de la posesión de grandes cantidades de ejemplares; renunció a poseer una biblioteca personal de inútiles volúmenes y volúmenes de infolios eruditos. «Media docena de unos pocos libros doctos, es todo cuanto una mente sensata puede aspirar a tener como solaz», decía, consciente de ver en vida la quema de su opus magnum filosófico, El Leviatán. Si este cronista tuviera que elegir, haría un panteón particular. Allí no faltarían El Quijote, La Odisea, La Divina Comedia, algo de Shakespeare, Borges, Rulfo, Yourcenar, Robert Graves, Dostoievsky, Flaubert, Joyce, Kafka, García Márquez, Cortázar, Rulfo… y, por supuesto La Biblia. ¿Usted lector, qué libros elegiría?  

jueves, 18 de julio de 2013

Goethe y un apócrifo cervantino




                                                        Ilustración de Gustave Dore para El Quijote

Quizá sea El Quijote uno de los libros más famosos de la literatura universal. Su radiografía de las pasiones humanas, modos de decir, técnicas narrativas y todo el cuadro semiótico que reverbera en los magistrales caracteres creados por el genio de Cervantes, siguen teniendo eco tras cuatro siglos de ser publicado. Dentro del argumento de la obra maestra, se encuentra la loca carrera emprendida por un viejo hidalgo manchego, que sin poder dejar de lado el esplendor de la antigua orden de caballería retoma sus armas oxidadas en pleno declive del imperio español, justo en el reinado de Felipe III. Propone a un humilde vecino de nombre Sancho que le acompañe como escudero, con el estímulo de que en una de sus correrías, en un «quítame allá esas pajas» −es decir, en un golpe de suerte−, pueda hacerse gobernante de una hipotética ínsula. Dicho esto y con la sola voluntad de hacerse siervo de un señor de nombre Alonso y apellido Quijano –por cierto, pariente bien lejano del dueño de éste negocio, emprenden el viaje.

Hasta aquí, es bien conocida la trama de este libro, más bien escasamente leído. El asunto al que se pretende llegar es a la dilucidación de una conocida máxima, tan manida, como ignoto es el origen por parte de quienes la citan. Entre estos personajes, este modesto cronista recuerda todavía al finado presidente venezolano Hugo Chávez, que en cierta ocasión dijo durante una alocución: «Como decía el Quijote: deja que ladren los perros, Sancho, que es señal que cabalgamos». Este fenómeno de intertextualidad es común en máximas de origen desconocido. Cuando se busca por la fuente original de la misma y no se la conoce, muchas veces suele afirmarse para salir del escollo: es de la Biblia, por ejemplo. Los libros que poseen un carácter de mítica grandeza: El Quijote, La Biblia, La Divina Comedia, La Ilíada, La Odisea, La Eneida, etc., llevan en su esencia tal profundidad y alcance intelectual, que al ser citadas fuera de contexto producen sus propias máximas. 

   Episodio de los molinos de viento


El incidente atribuido a Cervantes, donde ladran los perros al jinete, da un salto de casi un siglo y medio en la historia de la literatura. Tendría que nacer un genio de la talla de Goethe para nutrir este juego de espejos metafóricos. Aunque la imagen de la jauría ladrando al paso del jinete, se aplica con asombrosa precisión a la novela de Cervantes, es realmente una analogía que alude al coro de los envidiosos que arengan al paso de quien avanza decidido y con la frente en alto. Su origen parece ser clásico, latino más exactamente: «Latrant et scitis estatint praetesquitantes estis», ("Ladran y sabéis que cabalgáis delante de los otros", aproximadamente, pues mi latín es muy malo). 

Goethe llega a enredar la madeja con un poema suyo que lleva por título original “Klaffer”, «Ladrador» de 1808:

«Cabalgamos en todas direcciones
en pos de alegrías y de trabajo;
Pero ladran siempre cuando
ya hemos pasado.
Y ladran y ladran a destajo.
Los perros de la cuadra quisieran
acompañarnos donde vayamos,
mas la estridencia de sus ladridos
Es señal que cabalgamos».
 Trad. Roberto Gómez Junco, Jr.
                                                                                                                  




Johann W. Von Goethe (1749-1832)






Seguramente, la imagen que el genio alemán usa en su poema, le llegó de la vaga reminiscencia de la sentencia clásica; también puede que del mismo Quijote, o a lo mejor, solo es producto de la prolija fuente de su imaginación inagotable. Lo cierto es que en El Quijote, la escena de mayor proximidad a la avanzada de los jinetes, sucede en el episodio del Clavileño, en el capítulo 41. Los duques ponen a prueba a los aventureros caballeros andantes vendando sus ojos y simulando por medio de fuelles que viajan por la estratosfera: 

«Oyó Sancho las voces, y apretándose con su amo y ciñiéndole con los brazos, le dijo:

—Señor, ¿cómo dicen estos que vamos tan altos, si alcanzan acá sus voces y no parecen sino que están aquí hablando junto a nosotros?

—No repares en eso, Sancho, que como estas cosas y estas volaterías van fuera de los cursos ordinarios, de mil leguas verás y oirás lo que quisieres. Y no me aprietes tanto, que me derribas; y en verdad que no sé de qué te turbas ni te espantas, que osaré jurar que en todos los días de mi vida he subido en cabalgadura de paso más llano: no parece sino que no nos movemos de un lugar. Destierra, amigo, el miedo, que, en efecto, la cosa va como ha de ir y el viento llevamos en popa.

—Así es la verdad —respondió Sancho—, que por este lado me da un viento tan recio, que parece que con mil fuelles me están soplando.

Y así era ello, que unos grandes fuelles le estaban haciendo aire: tan bien trazada estaba la tal aventura por el duque y la duquesa y su mayordomo, que no le faltó requisito que la dejase de hacer perfecta.

Sintiéndose, pues, soplar don Quijote, dijo:

—Sin duda alguna, Sancho, que ya debemos de llegar a la segunda región del aire, adonde se engendra el granizo y las nieves; los truenos, los relámpagos y los rayos se engendran en la tercera región; y si es que desta manera vamos subiendo, presto daremos en la región del fuego, y no sé yo cómo templar esta clavija para que no subamos donde nos abrasemos.

En esto, con unas estopas ligeras de encenderse y apagarse, desde lejos, pendientes de una caña, les calentaban los rostros. Sancho, que sintió el calor, dijo:

—Que me maten si no estamos ya en el lugar del fuego o bien cerca, porque una gran parte de mi barba se me ha chamuscado, y estoy, señor, por descubrirme y ver en qué parte estamos

 Todo resulta en una venturosa y deliciosa confusión literaria que nos anima a leer a Cervantes y Goethe hermanados por los gajes de la caballería.



miércoles, 17 de julio de 2013

Fernando Vallejo. La risa sardónica de un enfant terrible.




                                                                              Fernando Vallejo 

Tengo una deuda en este blog con Fernando Vallejo y me dispongo a saldarla. Su literatura es como esos extraños fenómenos que suceden en la vida: hasta que no se repara en ellos, uno no se percata de su maravillosa vitalidad; y una vez fascinado por su obra, es imposible dejarla de lado. De Fernando Vallejo tenía referencias vagas. Una lectura algo ligera de sus biografías de los dos más grandes poetas colombianos: Silva y  Barba Jacob, me introdujo a su prosa. Sin embargo cuando descubrí El Desbarrancadero, hace más o menos unos seis o siete años, me atrapó su estilo. Justamente es esa característica lo que lo hace tremendamente atractivo para el lector que no pretende ser envuelto en imbricadas filigranas verbales o sintácticas. Su discurso es franco, directo; semeja el ritmo de la conversación –técnica desarrollada y perfeccionada por el escritor, hasta conseguir ese efecto de suspensión de realidad, que se convierte en su sello distintivo−, además de que sus repentinas “boutades” desopilantes, desconciertan al lector robándole una sonora carcajada –como Salinger, como Cervantes−, quitándole esa aura de solemnidad a la literatura.



                                                                  Vallejo, iconoclasta irredento


Siempre será difícil desnudar los sentimientos y pasiones más íntimas en las páginas de un libro. La novela de Vallejo, ganadora del premio Rómulo Gallegos en 2003, abrió brecha en el tema del desgarramiento interior, en esa confesión al oído del lector de los dramas subyacentes en las vidas del escritor, que desde luego, es también un ser humano. La novela de Abad Faciolince “El Olvido que seremos” bebe directamente de la fuente de Vallejo, así como la de Tomás González y la reciente de Piedad Bonnet. Como si hacer vitrina con el dolor más hondo del novelista, fuera la clave para conseguir superventas y celebridad literaria inmediata.

En un tono de elegante burla sardónica, Vallejo le cuenta al lector los últimos meses en las vidas de su padre, pero sobre todo, de Darío, el hermano víctima de esa ominosa enfermedad que azotó el siglo XX, como la peste bubónica hiciera con el XIV. La cicatriz que el escritor antioqueño examina con lupa, pasa por la división familiar entre su madre, La Loca y su otro hermano, El gran Güevón. Mientras La muerte se pasea como Pedro por su casa como una puta envalentonada por el prostíbulo, exhibiéndose descaradamente y con actitud provocadora. La exquisitez que de su prosa lírica hace gala Vallejo aquí, no deja a ningún lector indiferente. Hay tantos pasajes  de esta novela que elegir uno sería injusto. Particularmente recuerdo vívidamente ese en que luego de una lluvia repentina, el sol sale y empieza a evaporar la llovizna y el narrador nos transmite las reminiscencias filosóficas de los presocráticos: el devenir, el tiempo y la realidad que se contiene en nuestras percepciones, esfumándose como humo en el sueño de basuco o marihuana de un desahuciado que se está desprendiendo de la materialidad, como un barco se aleja del puerto al infinito horizonte:

«Cuando armaba la tienda de sábanas y reinstalaba a mi hermano en su hamaca, me puse a recordar a Tales, a Anaximandro, a Zenón, a Heráclito, a Demócrito, olvidados amigos de una olvidada Facultad de Filosofía y Letras de mi lejana juventud, y a preguntarme por la realidad de la realidad y si de veras Darío y yo estábamos vivos o éramos el espejismo de un charco. Un vaho denso ascendía del empedrado del jardín, la respiración de las piedras. Entonces, haciéndole eco el espejismo de adentro al espejismo de afuera, creí entender algo que otros antes de mí también creyeron que habían entendido, en Mileto, en Elea, en Éfeso, en Abdera: los que digo, hace milenios. Nada tiene realidad propia, todo es delirio, quimera: el viento que sopla, la lluvia que cae, el hombre que piensa. Esa mañana en el jardín mojado que secaba el sol, sentí con la más absoluta claridad, en su más vívida verdad, el engaño. Mientras Darío se moría el vaho ascendía de las piedras, vacuo, falaz, embustero, y en su ascenso hacía el sol mentiroso se iba negando a sí mismo como cualquier pensamiento



                                            El Desbarrancadero, Premio Rómulo Gallegos 2003

El enfant terrible no puede evitar sacarnos una carcajada de irreverencia desde la hondura de su dolor. Le lanza una diatriba al papa Wojtyla: alimaña ponzoñosa, falaz, embustera, travestida y bobalicona…
«El Gran Güevón era una piedra roma, un Rendón puro, un verdadero fenómeno de la genética. Y ahora, sin respetar que Darío y yo nos estábamos muriendo, prendía el loro infecto y lo ponía a tocar sambas. De lo primero que se apoderó fue de la sala, donde estaba el piano, y del estudio del órgano, que daba al jardín. Cuando papi se murió se siguió con la casa. En el estudio instaló el loro y una cosa que llaman «Internet».

−Decile Darío a ese engendro, vos que todavía le hablás, que ponga por lo menos el Réquiem de Mozart.

−¡Qué Réquiem ni qué Mozart!

 No bien se lo dijeron y que prende dos parlantes más, atronadores. Los vidrios del comedor reverberaban a punto de tronarse como cuando cantaba Caruso en la Scala. Detesto la samba. La samba es lo más feo que parió la tierra después de Wojtyla, el cura Papa, esta alimaña, gusano blanco viscoso, tortuoso, engañoso. ¡Ay, zapaticos blancos, mediecitas blancas, sotanita blanca, capita pluvial blanca, solideíto blanco! ¿No te da vergüenza, viejo marica, andar todo el tiempo travestido como si fueras a un desfile gay? En esas fachas te va a agarrar un día la Muerte. Las sambas del Gran Güevón envenenaban el aire y me enturbiaban el alma

Para los que se quejan de que fue insuficiente el nadaísmo para exorcizar blasfemias y proponer un canon estético heterodoxo; o para aquellos que reniegan de no haber tenido un Genet, un Celine, un Bukowsky o un Miller en las letras colombianas, la obra de Vallejo, poliédrica y polémica –empezando por el Logoi, un experimento de autodidacta gramático, hasta La Puta de Babilonia: deslumbrante apologética del ateísmo racionalista inspirado en las estructuras retóricas del discurso religioso−, constituye un pilar fundamental para comprender la crisis que determina el advenimiento de un siglo caótico, inmoral, brutal, inhumano y depredador: el siglo más hijueputa, en palabras del mismo Vallejo, en que nos pudieron haber traído a este desastre de la vida.  

Documental:





sábado, 13 de julio de 2013

Pessoa: el desasosiego de la experiencia vital



                                                              Fernando Pessoa (1888-1935)


¿Puede escribirse algo sobre Pessoa sin caer en lo vacuo y lo inane? Aprehender lo inaprehensible. Tomar la poesía de la cola y darse cuenta que es la cabeza o viceversa. Los poetas intentan sintetizar, en la medida de lo posible, el mundo y todo lo que lo contiene; dice uno de sus poemas:

«Conquistamos al mundo antes de levantarnos de la cama;                                                            
Nos despertamos y se vuelve opaco;                                                                                  
Salimos a la calle y se vuelve ajeno,                                                                                           
Es la tierra y el sistema solar y la Vía Láctea y lo Indefinido.»

Sintetizar a Pessoa pasa por el sacrilegio y por lo ridículo. Proteico, el hombre de las mil máscaras bajo las que ocultaba –según leyendas− hasta setenta heterónimos. Sus versos demuestran una obsesión constante por excavar los estratos más hondos de la otredad. No quiero hacer una reseña biográfica. ¿Para qué? Su obra debe decirnos más sobre Pessoa. Por eso previno a sus hagiógrafos:

«Si, después que yo muera, se quisiera escribir mi biografía,                                                      
 Nada sería más simple.                                                                                                         
Exactamente
poseo dos fechas -la de mi nacimiento y                                                                                          
la de muerte.                                                                                                                           
Entre una y otra todos los días me pertenecen».

Si una vida se dedica al arte, más vale estar dispuesto a ser consumido su fuego. Su lengua fue el portugués de Camoens, pero también el inglés de Shakespeare. Se cría en Durban, Suráfrica, cuando su padre es enviado allí. Intenta ganar una beca para estudiar en Inglaterra, pero sin embargo por esos caprichos del destino, se afinca en Lisboa, donde no volverá a salir. Trabajando en distintos oficios relacionados con la escritura: publicista, traductor, Pessoa dedica febrilmente las noches a escribir de pie ante la máquina o a mano, en la oficina que su jefe le presta. Su carrera es una maratón contra el tiempo y la muerte. Algunos textos, depurados por sendas lecturas de filosofía, historia, literatura entre muchos temas que le interesaron, los fue acumulando en un arcón donde se hallaron hasta 25.000 manuscritos inéditos. Escribió hasta el fin de sus días.
Sus versos traspasan al lector atento y abierto a la perplejidad y la mística, ese estado espiritual tan parecido a la epifanía, que es la lectura de un gran poema. Decir cuál de todos sus heterónimos lo representa más, es equivalente a decir en qué momento de nuestras vidas hemos sido nosotros absoluta y definitivamente. Habiendo leído en alguna ocasión sus poemas, caí en las redes de su lírica con esta obra maestra llamada “Tabaquería”. ¿Puede decirse todo en un poema? Algunos poetas se acercan mucho a veces; a otros, la ambición les hace romper el saco. Pessoa aquí consigue trazar el tenue umbral que separa el ser de la totalidad.



                                                                              Tabaquería* 




 No soy nada.

 Nunca seré nada.

 No puedo querer ser nada.

 A parte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo.

 Ventanas de mi cuarto,

 De mi cuarto de uno de los millones en el mundo que nadie sabe

 quién es

 (Y si supiesen, ¿qué sabrían?),

 Dais al misterio de una calle cruzada constantemente por gente,

 A una calle inaccesible a todos los pensamientos,

 Real, imposiblemente real, cierta, desconocidamente cierta,

 Con el misterio de las cosas bajo las piedras y los seres,

 Con la muerte que mancha de humedad las paredes y hace

 blancos los cabellos de los hombres,

 Con el Destino que conduce la carroza de todo por el camino de

 nada.

 Estoy hoy vencido, como si supiese la verdad.

 Estoy hoy lúcido, como si estuviese por morir,

 Y no tuviese más hermandad con las cosas

 Que la de una despedida, tornándose esta casa a este lado de la

 calle

 La hilera de vagones de un tren, y el silbido de una partida

 Dentro de mi cabeza,

 Y una sacudida de mis nervios y un chirriar de huesos al arrancar.

 Estoy hoy perplejo, como quien pensó y halló y olvidó.

 Estoy hoy dividido entre la lealtad que debo

 A la Tabaquería del otro lado de la calle, como cosa real por fuera,

 Y a la sensación de que todo es sueño, como cosa real por dentro.

 Fallé en todo.

 Como no hice ningún propósito, tal vez todo fuese nada.

 El aprendizaje que me dieron,

 Descendí por la ventana trasera de la casa.

 Fui al campo con grandes propósitos.

 Pero allí sólo encontré yerbas y árboles,

 Y cuando había gente era igual a la otra.

 Me retiro de la ventana y me siento en una silla. ¿En qué he de

 pensar?

 ¿Qué sé yo lo que seré, yo, que no sé lo que soy?

 ¿Ser lo que pienso? ¡Pienso ser tanta cosa!

 ¡Y hay tantos que piensan ser la misma cosa que no puede haber

 tantos!

 ¿Genio? En este momento

 Cien mil cerebros se piensan en sueños genios como yo,

 Y la historia no señalará, ¿quién sabe? ni a uno,

 No habrá sino un muladar para tantas futuras conquistas.

 No, no creo en mí.

 ¡En todos los manicomios hay tantos locos deschavetados con

 tantas certezas!

 Yo, que no tengo ninguna certeza, ¿soy más cierto o menos cierto?

 No, ni en mí...

 ¿En cuántas buhardillas y no buhardillas del mundo

 No están en esta hora genios-para-sí-mismos soñando?

 ¿Cuántas aspiraciones altas y nobles y lúcidas—

 Sí, verdaderamente altas y nobles y lúcidas—,

 Y quién sabe si realizables,

 ¿Nunca verán la luz del sol real ni hallaran oídos de nadie?

 El mundo es de quien nace para conquistarlo

 Y no para quien sueña que puede conquistarlo, aunque tenga

 razón.

 He soñado más que Napoleón.

 He abrazado contra el pecho hipotético más humanidades que

 Cristo.

 Hice filosofías en secreto que ningún Kant escribió.

 Pero soy, y tal vez seré siempre, el de la buhardilla,

 Aunque no viva en ella;

 Seré siempre el que no nació para esto,

 Seré siempre sólo el que tenía cualidades;

 Seré siempre el que esperó que le abriesen la puerta al pie

 de una pared sin puerta,

 Y cantó la cantiga del Infinito en un gallinero,

 Y escuchó la voz de Dios en un pozo cegado.

 ¿Creer en mí? No, ni en nada.

 Que me derrame la Naturaleza sobre la cabeza ardiente

 Su sol, su lluvia, el viento que me despeina,

 Y lo demás que venga si viene o que tenga que venir, o que no

 venga.

 Esclavos cardíacos de las estrellas,

 Conquistamos todo el mundo antes de levantarnos de la cama;

 Pero nos despertamos y él es opaco,

 Nos levantamos y es ajeno,

 Salimos de casa y es la tierra entera,

 Más el sistema solar y la Vía Láctea y lo Indefinido.

 (Come chocolates, niña;

 ¡Come chocolates!

 Mira que no hay más metafísica en el mundo que la de los

 chocolates.

 Mira que todas las religiones no enseñan más que la confitería.

 ¡Come, niña sucia, come!

 ¡Si pudiera yo comer chocolates con la misma verdad con que tú

 los comes!

 Pero yo pienso y, al quitarles el papel plateado, que es de estaño,

 Arrojo todo al suelo, como tiré la vida.)

 Pero queda al menos de la amargura de lo que nunca seré

 La caligrafía rápida de estos versos,

 Pórtico hendido hacia lo Imposible.

 Pero al menos dedico a mí mismo un desprecio sin lágrimas,

 Noble al menos por el gesto amplio con que arrojo

 La ropa sucia que soy, sin motivo, para el decurso de las cosas,

 Y me quedo en casa sin camisa.

 (Tú que consuelas, que no existes y por eso consuelas,

 O diosa griega, concebida como estatua con vida,

 O patricia romana, imposiblemente noble y nefasta,

 O princesa de trovadores, gentilísima y colorida,

 O marquesa del siglo dieciocho, escotada y distante,

 O cocotte célebre del tiempo de nuestros padres,

 O no sé qué moderno —no concibo bien qué—,

 Todo eso, sea lo que fuera, lo que sea, si puede inspirar ¡qué

 inspire!

 Mi corazón es un balde vacío.

 Como invocan espíritus los que invocan espíritus me invoco

 Me invoco a mí mismo y nada encuentro.

 Me acerco a la ventana y veo la calle con una nitidez absoluta.

 Veo las tiendas, veo las aceras, veo los coches que pasan.

 Veo los entes vivos vestidos que se cruzan,

 Veo los perros que también existen,

 Y todo esto me pesa como un condena al destierro,

 Y todo esto es extranjero, como todo.)

 Viví, estudié, amé y hasta creí,

 Y hoy no hay mendigo al que no envidie sólo por no ser yo.

 En cada uno miro los andrajos y las llagas y la mentira,

 Y pienso: tal vez nunca hayas vivido ni estudiado ni amado ni

 creído

 (Porque es posible hacer la realidad de todo eso sin hacer

 nada de eso);

 Tal vez hayas existido apenas, como un lagarto a quien cortan

 la cola

 Y que es cola más acá del lagarto que se retuerce.

 Hice de mí lo que no supe,

 Y lo que pude hacer de mí no lo hice.

 Vestí un disfraz equivocado.

 Me tomaron enseguida por quien no era, y no lo desmentí, y me

 perdí.

 Cuando quise arrancarme la máscara,

 Estaba pegada a la cara.

 Cuando la arrojé y me vi en el espejo,

 Ya había envejecido.

 Estaba borracho, y no sabía vestir el disfraz que no me había

 quitado.

 Arrojé la mascara y dormí en el vestidor

 Como un perro tolerado por la gerencia

 Por ser inofensivo

 Y voy a escribir esta historia para probar que soy sublime.

 Esencia musical de mis versos inútiles,

 quién pudiera encontrarte como cosas que yo hice,

 Y no quedarme siempre enfrente de la Tabaquería de enfrente,

 Pisoteando la conciencia de estar existiendo,

 Como un tapete con el que tropieza un borracho

 O la esterilla que los gitanos roban y no vale nada.

 Pero el Dueño de la Tabaquería se asomó a la puerta y se quedó

 en ella.

 Lo miro con la incomodidad de la cabeza torcida

 Y con la incomodidad de una alma que mal entiende.

 Él morirá y yo moriré.

 Él dejará el letrero, yo dejaré versos.

 Y un día morirá el letrero y también mis versos.

 Después morirá la calle donde estuvo el letrero,

 Y la lengua en que fueron escritos los versos.

 Morirá después el planeta girante en que todo esto sucedió.

 En otros satélites de otros sistemas cualquier cosa como nosotros

 Continuará haciendo cosas como versos y viviendo debajo de las

 cosas como letreros,

 Siempre una cosa frente a otra,

 Siempre una cosa tan inútil como la otra.

 Siempre lo imposible tan estúpido como lo real,

 Siempre el misterio del fondo tan cierto como el sueño del

 misterio de la superficie,

 Siempre ésta o aquella cosa o ni una ni la otra cosa.

 Pero un hombre entró en la Tabaquería (¿a comprar tabaco?),

 Y la realidad plausible cae de repente sobre mí.

 Me incorporo a medias enérgico, convencido, humano,

 Y voy a intentar escribir estos versos en los que digo lo contrario.

 Enciendo un cigarro al pensar en escribirlos

 Y saboreo en el cigarro la liberación de todos los pensamientos.

 Sigo el humo como mi camino,

 Y gozo, en un momento sensitivo y adecuado,

 La liberación de todas las especulaciones

 Y la conciencia de que la metafísica es la consecuencia de una

 indisposición.

 Después me reclino en la silla

 Y sigo fumando.

 Seguiré fumando hasta que el Destino me lo permita.

 (Si me casase con la hija de mi lavandera

 Tal vez sería feliz.)

 Visto esto, me levanto de la silla. Me acerco a la ventana.

 El hombre salió de la Tabaquería (¿guarda el cambio en el bolsillo

 del pantalón?).

 Ah, lo conozco: es Esteves sin metafísica.

 (El Dueño de la Tabaquería llegó a la puerta.)

 Como por un instinto divino, Esteves se volvió y me vio.

 Hizo una señal de adiós, le grité ¡Adiós, Esteves!, y el universo

 Se reconstruye en mí sin ideal ni esperanza, y el Dueño de la

 Tabaquería sonrió.



*Álvaro de Campos