Escritor por encargo

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miércoles, 17 de julio de 2013

Fernando Vallejo. La risa sardónica de un enfant terrible.




                                                                              Fernando Vallejo 

Tengo una deuda en este blog con Fernando Vallejo y me dispongo a saldarla. Su literatura es como esos extraños fenómenos que suceden en la vida: hasta que no se repara en ellos, uno no se percata de su maravillosa vitalidad; y una vez fascinado por su obra, es imposible dejarla de lado. De Fernando Vallejo tenía referencias vagas. Una lectura algo ligera de sus biografías de los dos más grandes poetas colombianos: Silva y  Barba Jacob, me introdujo a su prosa. Sin embargo cuando descubrí El Desbarrancadero, hace más o menos unos seis o siete años, me atrapó su estilo. Justamente es esa característica lo que lo hace tremendamente atractivo para el lector que no pretende ser envuelto en imbricadas filigranas verbales o sintácticas. Su discurso es franco, directo; semeja el ritmo de la conversación –técnica desarrollada y perfeccionada por el escritor, hasta conseguir ese efecto de suspensión de realidad, que se convierte en su sello distintivo−, además de que sus repentinas “boutades” desopilantes, desconciertan al lector robándole una sonora carcajada –como Salinger, como Cervantes−, quitándole esa aura de solemnidad a la literatura.



                                                                  Vallejo, iconoclasta irredento


Siempre será difícil desnudar los sentimientos y pasiones más íntimas en las páginas de un libro. La novela de Vallejo, ganadora del premio Rómulo Gallegos en 2003, abrió brecha en el tema del desgarramiento interior, en esa confesión al oído del lector de los dramas subyacentes en las vidas del escritor, que desde luego, es también un ser humano. La novela de Abad Faciolince “El Olvido que seremos” bebe directamente de la fuente de Vallejo, así como la de Tomás González y la reciente de Piedad Bonnet. Como si hacer vitrina con el dolor más hondo del novelista, fuera la clave para conseguir superventas y celebridad literaria inmediata.

En un tono de elegante burla sardónica, Vallejo le cuenta al lector los últimos meses en las vidas de su padre, pero sobre todo, de Darío, el hermano víctima de esa ominosa enfermedad que azotó el siglo XX, como la peste bubónica hiciera con el XIV. La cicatriz que el escritor antioqueño examina con lupa, pasa por la división familiar entre su madre, La Loca y su otro hermano, El gran Güevón. Mientras La muerte se pasea como Pedro por su casa como una puta envalentonada por el prostíbulo, exhibiéndose descaradamente y con actitud provocadora. La exquisitez que de su prosa lírica hace gala Vallejo aquí, no deja a ningún lector indiferente. Hay tantos pasajes  de esta novela que elegir uno sería injusto. Particularmente recuerdo vívidamente ese en que luego de una lluvia repentina, el sol sale y empieza a evaporar la llovizna y el narrador nos transmite las reminiscencias filosóficas de los presocráticos: el devenir, el tiempo y la realidad que se contiene en nuestras percepciones, esfumándose como humo en el sueño de basuco o marihuana de un desahuciado que se está desprendiendo de la materialidad, como un barco se aleja del puerto al infinito horizonte:

«Cuando armaba la tienda de sábanas y reinstalaba a mi hermano en su hamaca, me puse a recordar a Tales, a Anaximandro, a Zenón, a Heráclito, a Demócrito, olvidados amigos de una olvidada Facultad de Filosofía y Letras de mi lejana juventud, y a preguntarme por la realidad de la realidad y si de veras Darío y yo estábamos vivos o éramos el espejismo de un charco. Un vaho denso ascendía del empedrado del jardín, la respiración de las piedras. Entonces, haciéndole eco el espejismo de adentro al espejismo de afuera, creí entender algo que otros antes de mí también creyeron que habían entendido, en Mileto, en Elea, en Éfeso, en Abdera: los que digo, hace milenios. Nada tiene realidad propia, todo es delirio, quimera: el viento que sopla, la lluvia que cae, el hombre que piensa. Esa mañana en el jardín mojado que secaba el sol, sentí con la más absoluta claridad, en su más vívida verdad, el engaño. Mientras Darío se moría el vaho ascendía de las piedras, vacuo, falaz, embustero, y en su ascenso hacía el sol mentiroso se iba negando a sí mismo como cualquier pensamiento



                                            El Desbarrancadero, Premio Rómulo Gallegos 2003

El enfant terrible no puede evitar sacarnos una carcajada de irreverencia desde la hondura de su dolor. Le lanza una diatriba al papa Wojtyla: alimaña ponzoñosa, falaz, embustera, travestida y bobalicona…
«El Gran Güevón era una piedra roma, un Rendón puro, un verdadero fenómeno de la genética. Y ahora, sin respetar que Darío y yo nos estábamos muriendo, prendía el loro infecto y lo ponía a tocar sambas. De lo primero que se apoderó fue de la sala, donde estaba el piano, y del estudio del órgano, que daba al jardín. Cuando papi se murió se siguió con la casa. En el estudio instaló el loro y una cosa que llaman «Internet».

−Decile Darío a ese engendro, vos que todavía le hablás, que ponga por lo menos el Réquiem de Mozart.

−¡Qué Réquiem ni qué Mozart!

 No bien se lo dijeron y que prende dos parlantes más, atronadores. Los vidrios del comedor reverberaban a punto de tronarse como cuando cantaba Caruso en la Scala. Detesto la samba. La samba es lo más feo que parió la tierra después de Wojtyla, el cura Papa, esta alimaña, gusano blanco viscoso, tortuoso, engañoso. ¡Ay, zapaticos blancos, mediecitas blancas, sotanita blanca, capita pluvial blanca, solideíto blanco! ¿No te da vergüenza, viejo marica, andar todo el tiempo travestido como si fueras a un desfile gay? En esas fachas te va a agarrar un día la Muerte. Las sambas del Gran Güevón envenenaban el aire y me enturbiaban el alma

Para los que se quejan de que fue insuficiente el nadaísmo para exorcizar blasfemias y proponer un canon estético heterodoxo; o para aquellos que reniegan de no haber tenido un Genet, un Celine, un Bukowsky o un Miller en las letras colombianas, la obra de Vallejo, poliédrica y polémica –empezando por el Logoi, un experimento de autodidacta gramático, hasta La Puta de Babilonia: deslumbrante apologética del ateísmo racionalista inspirado en las estructuras retóricas del discurso religioso−, constituye un pilar fundamental para comprender la crisis que determina el advenimiento de un siglo caótico, inmoral, brutal, inhumano y depredador: el siglo más hijueputa, en palabras del mismo Vallejo, en que nos pudieron haber traído a este desastre de la vida.  

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