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jueves, 18 de julio de 2013

Goethe y un apócrifo cervantino




                                                        Ilustración de Gustave Dore para El Quijote

Quizá sea El Quijote uno de los libros más famosos de la literatura universal. Su radiografía de las pasiones humanas, modos de decir, técnicas narrativas y todo el cuadro semiótico que reverbera en los magistrales caracteres creados por el genio de Cervantes, siguen teniendo eco tras cuatro siglos de ser publicado. Dentro del argumento de la obra maestra, se encuentra la loca carrera emprendida por un viejo hidalgo manchego, que sin poder dejar de lado el esplendor de la antigua orden de caballería retoma sus armas oxidadas en pleno declive del imperio español, justo en el reinado de Felipe III. Propone a un humilde vecino de nombre Sancho que le acompañe como escudero, con el estímulo de que en una de sus correrías, en un «quítame allá esas pajas» −es decir, en un golpe de suerte−, pueda hacerse gobernante de una hipotética ínsula. Dicho esto y con la sola voluntad de hacerse siervo de un señor de nombre Alonso y apellido Quijano –por cierto, pariente bien lejano del dueño de éste negocio, emprenden el viaje.

Hasta aquí, es bien conocida la trama de este libro, más bien escasamente leído. El asunto al que se pretende llegar es a la dilucidación de una conocida máxima, tan manida, como ignoto es el origen por parte de quienes la citan. Entre estos personajes, este modesto cronista recuerda todavía al finado presidente venezolano Hugo Chávez, que en cierta ocasión dijo durante una alocución: «Como decía el Quijote: deja que ladren los perros, Sancho, que es señal que cabalgamos». Este fenómeno de intertextualidad es común en máximas de origen desconocido. Cuando se busca por la fuente original de la misma y no se la conoce, muchas veces suele afirmarse para salir del escollo: es de la Biblia, por ejemplo. Los libros que poseen un carácter de mítica grandeza: El Quijote, La Biblia, La Divina Comedia, La Ilíada, La Odisea, La Eneida, etc., llevan en su esencia tal profundidad y alcance intelectual, que al ser citadas fuera de contexto producen sus propias máximas. 

   Episodio de los molinos de viento


El incidente atribuido a Cervantes, donde ladran los perros al jinete, da un salto de casi un siglo y medio en la historia de la literatura. Tendría que nacer un genio de la talla de Goethe para nutrir este juego de espejos metafóricos. Aunque la imagen de la jauría ladrando al paso del jinete, se aplica con asombrosa precisión a la novela de Cervantes, es realmente una analogía que alude al coro de los envidiosos que arengan al paso de quien avanza decidido y con la frente en alto. Su origen parece ser clásico, latino más exactamente: «Latrant et scitis estatint praetesquitantes estis», ("Ladran y sabéis que cabalgáis delante de los otros", aproximadamente, pues mi latín es muy malo). 

Goethe llega a enredar la madeja con un poema suyo que lleva por título original “Klaffer”, «Ladrador» de 1808:

«Cabalgamos en todas direcciones
en pos de alegrías y de trabajo;
Pero ladran siempre cuando
ya hemos pasado.
Y ladran y ladran a destajo.
Los perros de la cuadra quisieran
acompañarnos donde vayamos,
mas la estridencia de sus ladridos
Es señal que cabalgamos».
 Trad. Roberto Gómez Junco, Jr.
                                                                                                                  




Johann W. Von Goethe (1749-1832)






Seguramente, la imagen que el genio alemán usa en su poema, le llegó de la vaga reminiscencia de la sentencia clásica; también puede que del mismo Quijote, o a lo mejor, solo es producto de la prolija fuente de su imaginación inagotable. Lo cierto es que en El Quijote, la escena de mayor proximidad a la avanzada de los jinetes, sucede en el episodio del Clavileño, en el capítulo 41. Los duques ponen a prueba a los aventureros caballeros andantes vendando sus ojos y simulando por medio de fuelles que viajan por la estratosfera: 

«Oyó Sancho las voces, y apretándose con su amo y ciñiéndole con los brazos, le dijo:

—Señor, ¿cómo dicen estos que vamos tan altos, si alcanzan acá sus voces y no parecen sino que están aquí hablando junto a nosotros?

—No repares en eso, Sancho, que como estas cosas y estas volaterías van fuera de los cursos ordinarios, de mil leguas verás y oirás lo que quisieres. Y no me aprietes tanto, que me derribas; y en verdad que no sé de qué te turbas ni te espantas, que osaré jurar que en todos los días de mi vida he subido en cabalgadura de paso más llano: no parece sino que no nos movemos de un lugar. Destierra, amigo, el miedo, que, en efecto, la cosa va como ha de ir y el viento llevamos en popa.

—Así es la verdad —respondió Sancho—, que por este lado me da un viento tan recio, que parece que con mil fuelles me están soplando.

Y así era ello, que unos grandes fuelles le estaban haciendo aire: tan bien trazada estaba la tal aventura por el duque y la duquesa y su mayordomo, que no le faltó requisito que la dejase de hacer perfecta.

Sintiéndose, pues, soplar don Quijote, dijo:

—Sin duda alguna, Sancho, que ya debemos de llegar a la segunda región del aire, adonde se engendra el granizo y las nieves; los truenos, los relámpagos y los rayos se engendran en la tercera región; y si es que desta manera vamos subiendo, presto daremos en la región del fuego, y no sé yo cómo templar esta clavija para que no subamos donde nos abrasemos.

En esto, con unas estopas ligeras de encenderse y apagarse, desde lejos, pendientes de una caña, les calentaban los rostros. Sancho, que sintió el calor, dijo:

—Que me maten si no estamos ya en el lugar del fuego o bien cerca, porque una gran parte de mi barba se me ha chamuscado, y estoy, señor, por descubrirme y ver en qué parte estamos

 Todo resulta en una venturosa y deliciosa confusión literaria que nos anima a leer a Cervantes y Goethe hermanados por los gajes de la caballería.



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