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miércoles, 3 de julio de 2013

Kafka: el misterio de la literatura



                                                          Franz Kafka, un retrato del siglo XX



«Habla un discípulo de Kafka, un tardío discípulo de Kafka»

Jorge Luís Borges



Para hablar de la literatura del siglo XX, se debe pasar necesariamente por ese tamiz llamado Franz Kafka. Si bien en el romanticismo tardío podemos prefigurar el modernismo -en figuras de la talla de Rimbaud, Baudelaire, Mallarmé o Sacher Masoch-, es justamente en la figura del escritor nacido en Praga, que los valores vanguardistas –y aun, tozudamente posmodernos, como gustan llamar los críticos hoy a lo que no entienden− toman forma literaria. Si bien Franz Kafka (1883-1924) nació en una familia de tradición judía, sus padres eran heterodoxos en la manera de asumir su condición en un momento convulso para Europa, con crecientes brotes de antisemitismo y nacionalismo por doquier. El muchacho de aspecto enjuto y rasgos elegantes, se doctora en derecho e ingresa a trabajar en una compañía de seguros llamada Assicurazioni Generali, que le ofrecerá una próspera carrera como empleado burocrático. De cualquier forma, el anhelo de Kafka será el de convertirse en un escritor. Uno como Cervantes, Flaubert, Dickens o Goethe, un titán. 

                                                                   Max Brod y Kafka


Sus obras gravitan entre la desazón metafísica, el desconsuelo de los ámbitos burocráticos, el absurdo pietismo por el poder y la sensación de soledad y desamparo absoluto de la condición humana. En sus obras, el mundo y sus entes, son espectadores estáticos, ante el fenómeno trágico de las acciones humanas. Pocos escritores –excepto Dostoievsky− han conseguido plasmar con tanto dramatismo el conflicto interno, el juego dual de rivalidad soterrada que define las relaciones de poder entre los hombres. La figura del padre –filial o metafísica− es una presencia amenazante en la obra kafkiana, como una quimérica fantasmagoría de los estratos más hondos de la psique. Su relato La Condena o La Carta al Padre, son ejemplos paradigmáticos. En lo referente a lo metafísico, algunos han querido ver una posible crítica a la teología ortodoxa desglosada crípticamente en el relato Ante la Ley: la imposibilidad de alcanzar un poder inexistente pero eso sí, siempre impuesto. 

                                                                      Kafka en la vieja Praga


Parece que los fracasos a los que la cultura europea y su intento por imponer la razón, durante el siglo más demencial de la historia, están perfectamente radiografiados en su literatura. Un sentimiento de renuncia constante, reflejado en sus cartas a Felice Bauer o en sus Diarios, donde manifiesta que la resistencia cotidiana contra la vida es totalmente inútil ante la presencia inexorable de la muerte, es la impresión que queda inmediatamente tras la experiencia de su lectura. Kafka bien podría ser el escritor de su siglo. Su intención expresa (según hagiógrafos, semejante a la del poeta Virgilio con su Eneida), de que sus manuscritos fueran destruidos por Max Brod, tras su muerte a causa de una tuberculosis en 1924, lo ha puesto inmediatamente en los altares literarios. La renuncia, también, a contraer un compromiso marital con sus parejas, fue otra metáfora de la derrota existencial asumida por el escritor. Hay un breve texto que aclara de manera conmovedora el tremendo humanismo implícito en la obra kafkiana. 


Jordi Serra I Fabra en su novela Kafka y la Muñeca Viajera nos cuenta la historia de cómo Kafka se encuentra en un parque a una chiquilla que llora desconsoladamente. Al preguntarle cual es el motivo de su llanto, la niña le dice que ha perdido su muñeca. El escritor la consuela diciéndole que de ninguna manera debe ponerse triste. De hecho su muñeca no se ha perdido, sino que ha emprendido un viaje por el mundo y lo ha encargado a él de comunicárselo a ella. La niña fascinada por la inteligente réplica de Kafka, pregunta al escritor si puede hacerle llegar las cartas de su muñeca; él acepta entregarle diariamente en el parque una carta. Todos los días Kafka redacta una misiva para persuadir a la niña de que su muñeca está viajando por todo el mundo, como si fuera el personaje de una novela de Verne. Ante la imposibilidad de sostener la mentira y la inexorable verdad de la condición de salud del escritor, su novia, lo obliga a dejar de una vez por todas la farsa. Pocos días después, Kafka morirá víctima de la tuberculosis. 

Como buen trasunto kafkiano, esta novela deja inmediatamente una moraleja en el lector: la niña que llora desconsolada en el parque, bien podría ser la humanidad entera, pidiendo nuevas historias del genial escritor, para al menos así, por medio del arte, hallar un bálsamo que la anime a no renunciar a sus esperanzas.

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