Escritor por encargo

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sábado, 13 de julio de 2013

Pessoa: el desasosiego de la experiencia vital



                                                              Fernando Pessoa (1888-1935)


¿Puede escribirse algo sobre Pessoa sin caer en lo vacuo y lo inane? Aprehender lo inaprehensible. Tomar la poesía de la cola y darse cuenta que es la cabeza o viceversa. Los poetas intentan sintetizar, en la medida de lo posible, el mundo y todo lo que lo contiene; dice uno de sus poemas:

«Conquistamos al mundo antes de levantarnos de la cama;                                                            
Nos despertamos y se vuelve opaco;                                                                                  
Salimos a la calle y se vuelve ajeno,                                                                                           
Es la tierra y el sistema solar y la Vía Láctea y lo Indefinido.»

Sintetizar a Pessoa pasa por el sacrilegio y por lo ridículo. Proteico, el hombre de las mil máscaras bajo las que ocultaba –según leyendas− hasta setenta heterónimos. Sus versos demuestran una obsesión constante por excavar los estratos más hondos de la otredad. No quiero hacer una reseña biográfica. ¿Para qué? Su obra debe decirnos más sobre Pessoa. Por eso previno a sus hagiógrafos:

«Si, después que yo muera, se quisiera escribir mi biografía,                                                      
 Nada sería más simple.                                                                                                         
Exactamente
poseo dos fechas -la de mi nacimiento y                                                                                          
la de muerte.                                                                                                                           
Entre una y otra todos los días me pertenecen».

Si una vida se dedica al arte, más vale estar dispuesto a ser consumido su fuego. Su lengua fue el portugués de Camoens, pero también el inglés de Shakespeare. Se cría en Durban, Suráfrica, cuando su padre es enviado allí. Intenta ganar una beca para estudiar en Inglaterra, pero sin embargo por esos caprichos del destino, se afinca en Lisboa, donde no volverá a salir. Trabajando en distintos oficios relacionados con la escritura: publicista, traductor, Pessoa dedica febrilmente las noches a escribir de pie ante la máquina o a mano, en la oficina que su jefe le presta. Su carrera es una maratón contra el tiempo y la muerte. Algunos textos, depurados por sendas lecturas de filosofía, historia, literatura entre muchos temas que le interesaron, los fue acumulando en un arcón donde se hallaron hasta 25.000 manuscritos inéditos. Escribió hasta el fin de sus días.
Sus versos traspasan al lector atento y abierto a la perplejidad y la mística, ese estado espiritual tan parecido a la epifanía, que es la lectura de un gran poema. Decir cuál de todos sus heterónimos lo representa más, es equivalente a decir en qué momento de nuestras vidas hemos sido nosotros absoluta y definitivamente. Habiendo leído en alguna ocasión sus poemas, caí en las redes de su lírica con esta obra maestra llamada “Tabaquería”. ¿Puede decirse todo en un poema? Algunos poetas se acercan mucho a veces; a otros, la ambición les hace romper el saco. Pessoa aquí consigue trazar el tenue umbral que separa el ser de la totalidad.



                                                                              Tabaquería* 




 No soy nada.

 Nunca seré nada.

 No puedo querer ser nada.

 A parte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo.

 Ventanas de mi cuarto,

 De mi cuarto de uno de los millones en el mundo que nadie sabe

 quién es

 (Y si supiesen, ¿qué sabrían?),

 Dais al misterio de una calle cruzada constantemente por gente,

 A una calle inaccesible a todos los pensamientos,

 Real, imposiblemente real, cierta, desconocidamente cierta,

 Con el misterio de las cosas bajo las piedras y los seres,

 Con la muerte que mancha de humedad las paredes y hace

 blancos los cabellos de los hombres,

 Con el Destino que conduce la carroza de todo por el camino de

 nada.

 Estoy hoy vencido, como si supiese la verdad.

 Estoy hoy lúcido, como si estuviese por morir,

 Y no tuviese más hermandad con las cosas

 Que la de una despedida, tornándose esta casa a este lado de la

 calle

 La hilera de vagones de un tren, y el silbido de una partida

 Dentro de mi cabeza,

 Y una sacudida de mis nervios y un chirriar de huesos al arrancar.

 Estoy hoy perplejo, como quien pensó y halló y olvidó.

 Estoy hoy dividido entre la lealtad que debo

 A la Tabaquería del otro lado de la calle, como cosa real por fuera,

 Y a la sensación de que todo es sueño, como cosa real por dentro.

 Fallé en todo.

 Como no hice ningún propósito, tal vez todo fuese nada.

 El aprendizaje que me dieron,

 Descendí por la ventana trasera de la casa.

 Fui al campo con grandes propósitos.

 Pero allí sólo encontré yerbas y árboles,

 Y cuando había gente era igual a la otra.

 Me retiro de la ventana y me siento en una silla. ¿En qué he de

 pensar?

 ¿Qué sé yo lo que seré, yo, que no sé lo que soy?

 ¿Ser lo que pienso? ¡Pienso ser tanta cosa!

 ¡Y hay tantos que piensan ser la misma cosa que no puede haber

 tantos!

 ¿Genio? En este momento

 Cien mil cerebros se piensan en sueños genios como yo,

 Y la historia no señalará, ¿quién sabe? ni a uno,

 No habrá sino un muladar para tantas futuras conquistas.

 No, no creo en mí.

 ¡En todos los manicomios hay tantos locos deschavetados con

 tantas certezas!

 Yo, que no tengo ninguna certeza, ¿soy más cierto o menos cierto?

 No, ni en mí...

 ¿En cuántas buhardillas y no buhardillas del mundo

 No están en esta hora genios-para-sí-mismos soñando?

 ¿Cuántas aspiraciones altas y nobles y lúcidas—

 Sí, verdaderamente altas y nobles y lúcidas—,

 Y quién sabe si realizables,

 ¿Nunca verán la luz del sol real ni hallaran oídos de nadie?

 El mundo es de quien nace para conquistarlo

 Y no para quien sueña que puede conquistarlo, aunque tenga

 razón.

 He soñado más que Napoleón.

 He abrazado contra el pecho hipotético más humanidades que

 Cristo.

 Hice filosofías en secreto que ningún Kant escribió.

 Pero soy, y tal vez seré siempre, el de la buhardilla,

 Aunque no viva en ella;

 Seré siempre el que no nació para esto,

 Seré siempre sólo el que tenía cualidades;

 Seré siempre el que esperó que le abriesen la puerta al pie

 de una pared sin puerta,

 Y cantó la cantiga del Infinito en un gallinero,

 Y escuchó la voz de Dios en un pozo cegado.

 ¿Creer en mí? No, ni en nada.

 Que me derrame la Naturaleza sobre la cabeza ardiente

 Su sol, su lluvia, el viento que me despeina,

 Y lo demás que venga si viene o que tenga que venir, o que no

 venga.

 Esclavos cardíacos de las estrellas,

 Conquistamos todo el mundo antes de levantarnos de la cama;

 Pero nos despertamos y él es opaco,

 Nos levantamos y es ajeno,

 Salimos de casa y es la tierra entera,

 Más el sistema solar y la Vía Láctea y lo Indefinido.

 (Come chocolates, niña;

 ¡Come chocolates!

 Mira que no hay más metafísica en el mundo que la de los

 chocolates.

 Mira que todas las religiones no enseñan más que la confitería.

 ¡Come, niña sucia, come!

 ¡Si pudiera yo comer chocolates con la misma verdad con que tú

 los comes!

 Pero yo pienso y, al quitarles el papel plateado, que es de estaño,

 Arrojo todo al suelo, como tiré la vida.)

 Pero queda al menos de la amargura de lo que nunca seré

 La caligrafía rápida de estos versos,

 Pórtico hendido hacia lo Imposible.

 Pero al menos dedico a mí mismo un desprecio sin lágrimas,

 Noble al menos por el gesto amplio con que arrojo

 La ropa sucia que soy, sin motivo, para el decurso de las cosas,

 Y me quedo en casa sin camisa.

 (Tú que consuelas, que no existes y por eso consuelas,

 O diosa griega, concebida como estatua con vida,

 O patricia romana, imposiblemente noble y nefasta,

 O princesa de trovadores, gentilísima y colorida,

 O marquesa del siglo dieciocho, escotada y distante,

 O cocotte célebre del tiempo de nuestros padres,

 O no sé qué moderno —no concibo bien qué—,

 Todo eso, sea lo que fuera, lo que sea, si puede inspirar ¡qué

 inspire!

 Mi corazón es un balde vacío.

 Como invocan espíritus los que invocan espíritus me invoco

 Me invoco a mí mismo y nada encuentro.

 Me acerco a la ventana y veo la calle con una nitidez absoluta.

 Veo las tiendas, veo las aceras, veo los coches que pasan.

 Veo los entes vivos vestidos que se cruzan,

 Veo los perros que también existen,

 Y todo esto me pesa como un condena al destierro,

 Y todo esto es extranjero, como todo.)

 Viví, estudié, amé y hasta creí,

 Y hoy no hay mendigo al que no envidie sólo por no ser yo.

 En cada uno miro los andrajos y las llagas y la mentira,

 Y pienso: tal vez nunca hayas vivido ni estudiado ni amado ni

 creído

 (Porque es posible hacer la realidad de todo eso sin hacer

 nada de eso);

 Tal vez hayas existido apenas, como un lagarto a quien cortan

 la cola

 Y que es cola más acá del lagarto que se retuerce.

 Hice de mí lo que no supe,

 Y lo que pude hacer de mí no lo hice.

 Vestí un disfraz equivocado.

 Me tomaron enseguida por quien no era, y no lo desmentí, y me

 perdí.

 Cuando quise arrancarme la máscara,

 Estaba pegada a la cara.

 Cuando la arrojé y me vi en el espejo,

 Ya había envejecido.

 Estaba borracho, y no sabía vestir el disfraz que no me había

 quitado.

 Arrojé la mascara y dormí en el vestidor

 Como un perro tolerado por la gerencia

 Por ser inofensivo

 Y voy a escribir esta historia para probar que soy sublime.

 Esencia musical de mis versos inútiles,

 quién pudiera encontrarte como cosas que yo hice,

 Y no quedarme siempre enfrente de la Tabaquería de enfrente,

 Pisoteando la conciencia de estar existiendo,

 Como un tapete con el que tropieza un borracho

 O la esterilla que los gitanos roban y no vale nada.

 Pero el Dueño de la Tabaquería se asomó a la puerta y se quedó

 en ella.

 Lo miro con la incomodidad de la cabeza torcida

 Y con la incomodidad de una alma que mal entiende.

 Él morirá y yo moriré.

 Él dejará el letrero, yo dejaré versos.

 Y un día morirá el letrero y también mis versos.

 Después morirá la calle donde estuvo el letrero,

 Y la lengua en que fueron escritos los versos.

 Morirá después el planeta girante en que todo esto sucedió.

 En otros satélites de otros sistemas cualquier cosa como nosotros

 Continuará haciendo cosas como versos y viviendo debajo de las

 cosas como letreros,

 Siempre una cosa frente a otra,

 Siempre una cosa tan inútil como la otra.

 Siempre lo imposible tan estúpido como lo real,

 Siempre el misterio del fondo tan cierto como el sueño del

 misterio de la superficie,

 Siempre ésta o aquella cosa o ni una ni la otra cosa.

 Pero un hombre entró en la Tabaquería (¿a comprar tabaco?),

 Y la realidad plausible cae de repente sobre mí.

 Me incorporo a medias enérgico, convencido, humano,

 Y voy a intentar escribir estos versos en los que digo lo contrario.

 Enciendo un cigarro al pensar en escribirlos

 Y saboreo en el cigarro la liberación de todos los pensamientos.

 Sigo el humo como mi camino,

 Y gozo, en un momento sensitivo y adecuado,

 La liberación de todas las especulaciones

 Y la conciencia de que la metafísica es la consecuencia de una

 indisposición.

 Después me reclino en la silla

 Y sigo fumando.

 Seguiré fumando hasta que el Destino me lo permita.

 (Si me casase con la hija de mi lavandera

 Tal vez sería feliz.)

 Visto esto, me levanto de la silla. Me acerco a la ventana.

 El hombre salió de la Tabaquería (¿guarda el cambio en el bolsillo

 del pantalón?).

 Ah, lo conozco: es Esteves sin metafísica.

 (El Dueño de la Tabaquería llegó a la puerta.)

 Como por un instinto divino, Esteves se volvió y me vio.

 Hizo una señal de adiós, le grité ¡Adiós, Esteves!, y el universo

 Se reconstruye en mí sin ideal ni esperanza, y el Dueño de la

 Tabaquería sonrió.



*Álvaro de Campos




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