Escritor por encargo

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lunes, 26 de agosto de 2013

Las cartas de la imprudencia


       

                                                                  Ayuntamiento de Madrid


Hace unos días, en el transcurso de una entrevista, el escritor Fernando Vallejo eligió de su armería verbal sus lanzas más afiladas y relumbrantes. Como Don Quijote enfilando su lanza contra los molinos de viento, Vallejo, el melancólico, el atrabiliario, el deslenguado, se alegró de la quiebra financiera que los ineptos gobiernos provocaron en la crematística de la nación ibérica. La mala leche, o mejor dicho, la maledicencia –ese subgénero literario practicado por las plumas más ínclitas de la lengua como Quevedo y Lope de Vega–, se diría, es una de las mayores herencias de la literatura hispánica.

«Estoy feliz de ver a España quebrada», dijo Vallejo. Sacar las palabras de contexto siempre es peligroso. Haciendo deconstrucción del discurso del escritor antioqueño, su rabia verbal puede deberse a que España, la misma que nos dio la lengua en la que Borges, García Márquez, Rulfo, Mejía Vallejo, Cortázar y Octavio Paz escribieron: «ignora a esa América que descubrió, colonizó y tiranizó». La génesis de esta nueva rabieta de Vallejo, como la de su pariente "Mayiya" en El Desbarrancadero, cuando escuchaba la palabra mágica, se daba golpes de cabeza contra el piso del patio de su casa haciéndola retumbar como un inmenso tambor, fue el retiro del visado en 2001 a los colombianos para su ingreso a España, durante el gobierno de José María Aznar. 


En el sentido de las manecillas del reloj: Héctor Abad Faciolince, Darío Jaramillo Agudelo, Fernando Vallejo, William Ospina, Alvaro Mutis, García Márquez y Fernando Botero.


Pero esa España cerril y tinterilla que Vallejo señala con su verbo deslumbrante, ha cambiado doce años después desde la remota y equivocada medida aplicada por un gobierno miope, que ignoró que los giros del destino, golpea tanto a las personas como a los países. España, maltrecha como un miura herido en franca lid, con un índice de desempleo e inflación jamás visto, espera reponerse de una crisis financiera no buscada. Huelga decir que por regla general, lo que dicen los gobernantes en representación de sus gobernados, no siempre se corresponde a lo que estos piensan. 

En esa oportunidad, un grupo de siete escritores firmaron una nota de protesta contra el gobierno español. Los poetas Álvaro Mutis, Darío Jaramillo Agudelo, el pintor Fernando Botero y los escritores Héctor Abad Faciolince, William Ospina, Gabriel García Márquez y Fernando Vallejo, plasmaron su rúbrica en el documento del 2001. El 15 de marzo de ese año un consejo de ministros de la Unión Europea, con abstención del vicepresidente Mariano Rajoy, aprobó incluir a Colombia en el índice prohibido de naciones, so pena de presentación de visado para el respetivo ingreso al país de sus ciudadanos. «Con la dignidad que aprendimos de España –rezaba el texto firmado en conjunto y propuesto inicialmente por Abad Faciolince– no volveremos a ella mientras se nos someta a la humillación de presentar un permiso para poder visitar lo que nunca hemos considerado ajeno». La Unión Europea sin embargo no está contenta con Rajoy en su intención de retractarse. Cuando la carta original iba en camino, el único de los siete firmantes que quiso dar marcha atrás fue Vallejo:

–Si los colombianos acabaron con Colombia –se justificó–, no tienen el derecho de acabar también con España.     

Todos los firmantes, desde Mutis quien viajó a España a recibir de manos de Juan Carlos I el premio Cervantes; Fernando Botero, quien dijo que un pintor como él, no podía vivir sin ver las Meninas de Velázquez en el Prado de Madrid; y García Márquez que en 2005 retornó a Barcelona discretamente, diciendo que «nadie pidió permiso nunca para visitar la casa de la madre», fueron arrepintiéndose poco a poco de haber firmado. 

«Quizá un día nosotros (en ese riquísimo territorio donde ustedes y nosotros hemos trabajado, sufrido y gozado) tengamos también que abrirles a los hijos de España las puertas, como tantas otras veces ha ocurrido en el pasado», continuaba la indignada carta de protesta.

De esta teatral rabieta, ha quedado la palabra de Vallejo estoica en la tormenta. Sin embargo, las personas y los países cambian y sería injusto, tanto para los colombianos que echan raíces en España, como para los españoles que desean hacer lo propio en tierras de Colombia, pedir una infame visa para entrar a un país donde se habla, se sueña y sobre todo, se escribe en la misma lengua.





sábado, 24 de agosto de 2013

El teniente que escribía poesía

                                               El poeta Wilfred Owen, en traje de gala (1893-1918)




En 1893 casi al despuntar el alba de un nuevo siglo, nació Wilfred Owen. El mundo parecía un lugar plácido y sereno. Las invenciones técnicas y el desarrollo industrial hacían que la burguesía europea no tuviera pausa en la contemplación estética del mundo. El cinematógrafo recreaba el movimiento y los gestos de la vida; una vasta red de trenes y los primeros automóviles rudimentarios, permitían desplazarse con soltura por una Europa próspera y culta. La historia de la poesía inglesa quizá no le haya hecho justicia a Owen por varias razones; entre estas, quizá el hecho de haber muerto demasiado joven, le relegó a ser un pie de página en las letras inglesas del siglo XX. Criado en el contexto de la cultura inglesa, con fuerte raigambre victoriano de pietismo moralista, el joven Wilfred intenta por iniciativa de su madre, adoctrinarse en las lides de la religión evangélica. Habiendo fracasado, igualmente, en su ingreso a la universidad, enfila sus armas al servicio de la poesía. 
El sopor de la Belle Epoque se estremece con el estallido de la primera gran guerra del siglo en 1914. Sin embargo será un año después cuando Owen, con veintidós años, decide enlistarse en el Artist`s Rifles, cuerpo ligero de fusileros voluntarios. La razón para tomar esta radical decisión, la deja plasmada en una carta:

«Actúo bajo vocación propia, este quizá no sea el caso de los demás. Quizá pueda que hable por ellos ¿mi poesía podrá hacerlo? Eso no lo sé aun ¿Tendré tiempo para hacerlo, o acaso mi poesía –que todavía no nace– morirá conmigo?».

Las lecturas de poetas como William Wordsword y su contemplativa reflexión sobre la naturaleza, tendrán eco en la génesis estética de Owen. La introspección alcanzada acaso por la vivencia de las atrocidades de la guerra, hará que el joven poeta madure rápidamente su estilo. Uno de los temas de su poesía, es la ruptura de ese cordón umbilical que es la tierra, de esa armonía con la naturaleza que destroza tan eficazmente la guerra, particularmente en aquel siglo XX, con la tecnificación de los métodos para conseguir que el hombre acabe con el hombre. Su poesía está oscilando siempre entre el vórtice del pozo de la guerra y la manera como se ven comprometidos los jóvenes como él, en las entrañas de las trincheras, en la asfixia de los gases, en la mutilación por medio del macabro invento de la ametralladora de repetición –que dará pie a los primeros casos de estrés postraumático por causa de las brutales secuelas dejadas en los cuerpos de los soldados–, en el desamparo y en la visión de las campiñas europeas como tumbas de una toda generación apagada.

                                                         Tumba de Wilfred Owen en Ors, Francia



Toma Owen de Keats la riqueza léxica, que desde Shakespeare, no se vio en la literatura inglesa. El periodo de estudio y asimilación de Keats y Wordsword, culmina en 1914. Owen se encontraba en las filas del movimiento poético georgiano, representado entre otros por poetas de la talla de Robert Graves. Luego de una herida en combate en 1917, Owen retorna a Inglaterra para convalecer. Conocerá a Sasson quien afilará la pluma del joven teniente, dándole consejos poéticos, animándolo a crear su propia cosmología estética. Owen maduró rápidamente escribiendo poesía desde el corazón mismo de las trincheras, dejando un testimonio completamente nuevo desde el punto de vista estético sobre la guerra.
Al amanecer del 4 de noviembre de 1918, Wilfred Owen a la cabeza de su compañía fue ametrallado por fuego enemigo, en el Canal Sambre-Oise en la campiña francesa, donde combatía hombro a hombro junto a sus camaradas. El pragmatismo de la guerra no permitió que Wilfred Owen viviera para ver los resultados de su poesía. Faltaban apenas siete días para la firma del armisticio. Owen murió a los veinticinco años, uno de los más grandes poetas malogrados en la primera guerra mundial. Algunos de sus poemas componen parte del War Requiem de Benjamin Britten.


ANTHEM FOR DOOMED YOUTH

What passing-bells for these who die as cattle?
Only the monstrous anger of the guns.
Only the stuttering rifles' rapid rattle
Can patter out their hasty orisons.
No mockeries now for them; no prayers nor bells;
Nor any voice of mourning save the choirs, –
The shrill, demented choirs of wailing shells;
And bugles calling for them from sad shires.
What candles may be held to speed them all?
Not in the hands of boys but in their eyes
Shall shine the holy glimmers of goodbyes.
The pallor of girls' brows shall be their pall;
Their flowers the tenderness of patient minds,
And each slow dusk a drawing-down of blinds.


HIMNO A LA JUVENTUD  CONDENADA

¿Doblarán las  campanas por aquellos que mueren como ganado?
Sólo la rabia monstruosa de los cañones
el rápido tartamudeo de los fusiles
pueden rezarles una breve plegaria.

Para ellos, no más ceremonias, oraciones ni campanas
ni voces de luto o salvas en coros,
Sólo el agudo, rabioso gemido de coros de obuses
y clarines llamándolos desde dolientes condados.

¿Qué candelabros pueden encenderse para ellos?
No en sus manos de niños sino en sus ojos
brillará la sagrada luz de los adioses.

La  pálida mirada de las muchachas serán sus mortajas;
Sus ofrendas, la ternura de dolidos recuerdos
y cada lento atardecer se inclinará ante sus memorias.

jueves, 1 de agosto de 2013

La narrativa histórica de Robert Graves





                                       Robert Ranke Graves (Wimbledon, 1895-Deyá, Mallorca,1985)


Nacido en Wimbledon en 1895, en el seno de una familia de aristócratas ingleses, es educado en el espíritu militar y cosmopolita de un imperio en pleno auge. Es en su plena niñez, cuando el símbolo de aquel imperio, desaparece. En 1901 muere Victoria I de Inglaterra, dejando como herencia unos vastos dominios tan imponentes como los de Carlos V. El poder de la corona británica va en Asia, de Hong Kong hasta la India y algunas colonias marítimas en el sudeste. En Oceanía, Australia y Nueva Zelanda; en África Namibia y Sudáfrica. Su adolescencia, pues, transcurre en las academias militares inglesas, que por aquel entonces daban un carácter de estatus social y económico a las familias que ingresaban sus primogénitos allí. En plena juventud se da el hecho trascendental: a sus diecinueve años se enlista en las filas británicas para combatir en la primera guerra mundial. Entre las balas y los obuses, la miseria humana, la carnicería del horror y la muerte gratuita, se derrumbarán en su fuero interno todas aquellas imágenes de grandeza con los que fue educado. Será allí donde conocerá al insigne poeta de la guerra, de la devastación de la juventud ante el horror: Wilfred Owen. De ese modo se desmorona un imperio que cultivó su propia derrota a expensas de ambiciones expansionistas. Tras el desengaño político y hallando su verdadera vocación en el ejercicio de las letras, se radica en la isla española de Mallorca, en una pequeña localidad llamada Deyá, respirando el aroma del salitre y oyendo los latidos de Pan al borde del Mediterráneo. Comienza a concebir sus obras de madurez, las más representativas de su estilo: Rey Jesús, La Hija de Homero, Las Islas de la Imprudencia, Yo Claudio, Claudio El dios y su esposa Mesalina y La Diosa Blanca.



Sus laboriosas y digeridas lecturas, inscritas en la búsqueda arqueológica en los cimientos de la civilización occidental ─sobre todo el mundo clásico─ definen los rasgos característicos en su obra narrativa. Sus temas y personajes toman la experiencia personal como punto de partida. En el grueso de sus relatos históricos, un personaje cercano a los hechos, refiere la historia como una anécdota que es el punto de partida de la estructura de la novela. Ya sea el propio emperador Claudio, quién cuenta los sucesos de su vida desde una plácida vejez, o ya sea el cronista Agabo el Decapolitano que en el periodo de Domiciano arranca su relato de los hechos milagrosos del taumaturgo-profeta, Jesús de Nazareth. El autor anula su yo, poniendo en boca de otros los eslabones narrativos. 

Quizá sea este rasgo tan propio lo que da a sus obras la robustez y la verosimilitud que tienen sus ficciones históricas. En un género tan complejo y de minuciosa laboriosidad, como la narrativa de histórica, Graves marca la diferencia con la narrativa de la época ─que algunas veces se limita solamente a contar la historia en un periodo particular, experimentando constantemente con los goznes de la técnica como en el caso de Joyce y Woolf─, y se constituye en piedra angular y modelo de escritor riguroso, crítico, ausente de afanes mercantilistas y comprometido con su oficio.

Pero no sólo incursionó en la narrativa histórica sin profundizar en sus estratos más profundos del alma humana. En su vasto y desconocido opus mágnum La Diosa Blanca, «una gramática histórica del mito poético», como el mismo la llama, explora los orígenes de la historia del pensamiento poético europeo. Se centra sobre todo en el análisis de la lengua céltica, los símbolos tomados del panteísmo natural y telúrico, inspirándose en el alfabeto de los árboles para recrear las atrevidas metáforas y la simbología de los bardos galeses. En suma es un evangelio estético en el mejor sentido del Nietzche más maduro. Una vuelta a los valores dionisiacos de la cultura occidental. Fue éste su testamento literario, con profunda raigambre en la cultura clásica mediterránea y céltica. En su obra, que no son más de una docena de libros, se puede con justicia parafrasear a Spinoza: «todo lo excelso es tan difícil como escaso.»




Necrónicas: tanatologías urbanas


Tanatologías urbanas I

                                                       Cochero fúnebre a la manera victoriana



Los espectros usan distintos ropajes para confundir nuestros sentidos. Algunas veces tienen incluso apariencia familiar. En las lides del oficio tanatológico, la austeridad en la expresión, es característica inconfundible del buen buitre fúnebre, o mejor, del buen trabajador necrológico. En mi primer día como cajero en el parqueadero de una funeraria, fuera de los incontables vasos de café, la jornada me deparó el encuentro con un personaje peculiar, literario y desde luego, sombrío. Me habían presentado a los distintos trabajadores de la casa fúnebre. Eran de distintas especies: estaban los conductores de las carrozas fúnebres, que por la evocación romántica de la palabra "carroza", uno podría imaginar todavía la usanza  de éstas reliquias ambulantes para llevar con pompa los ataúdes. Guiados por conductores con sombrero de copa, sacoleva y guantes blancos, y que en este sitio se los denominaba despectivamente como “carroceros”; había también “asesores” de pompas fúnebres: los que ofrecen urnas de madera grandes, medianas y pequeñas para alojar cómodamente los despojos o cenizas de quien ha cesado sus funciones terrenales; y desde luego, lo principal, había tanatologos. Este personaje dentro del argot fúnebre, es quien acicala y prepara el fiambre humano para su postrera salida pública, el velorio. 

Cerca de las diez de la noche, casi al final de mi jornada inaugural, cuando todos los empleados y visitantes habían salido y quedaba yo sólo en el inmenso y frío sitio, mientras era presa de una evocación de un relato gótico de Poe, con el maullido lejano y aterrador de un gato, hizo su aparición uno de esos tanatólogos a retirar su carroza particular. La descripción puede parecer fabulosa, pero es verídica, y quienes quieran pueden comprobarlo. Su cara era alargada, a la manera de Bela Lugosi, de labios carnosos e incisivos prominentes; sus orejas eran casi puntiagudas, y parecían percibir todo rumor cercano; su voz, era gruesa, de tono formal y todo el conjunto de su rostro, estaba elegantemente rematado con un peinado eternizado en un rictus de gomina. Honestamente, me sobresaltó su presencia. Por la hora y las circunstancias. Se presentó educadamente, y salió raudo en su carro, dejándome con una pregunta: ¿existía una distancia categórica entre aquel embalsamador y el Drácula de Murnau o Coppola? Bueno, me dije, ésta pregunta que la resuelvan los semiólogos, los antropólogos o los filósofos, que son unos desocupados, y les queda tiempo para pensar. Yo me limito a elucubrar, que a lo mejor Bram Stoker se inspiró en un personaje similar, un vulgar empleado de pompas fúnebres londinenses, como el del Oliver Twist dickensiano, para crear su inmortal Drácula.



                                                      
                                                                      Tanatologías urbanas II



                                                                  El beso del ángel de la muerte


“Un hombre libre, en nada piensa menos, que en la muerte”
Ética demostrada según el orden geométrico
Baruch Spinoza


El día más peculiar de todos los que se pueden ver en el oficio fúnebre, fue, si mi memoria no falla, un martes. La rutina lúgubre se mide por la cantidad de entradas y salidas de coches al parqueadero. En los fines de semana, tras la necesaria y desaforada ebriedad, las peleas a muerte y otras circunstancias inciertas, las morgues se pueblan de huéspedes transitorios. Entonces, las ruedas de los coches se ponen en movimiento por la gracia de Tánatos. Aun cuando las tijeras afiladas de Átropos jamás cesarán de cortar, en algunos casos, larguísimos trechos de hilo, y en otras, fragmentos demasiado cortos para poder llamarse vida, hay jornadas que engañosamente parecen anunciar al fin, la definitiva renuncia de su terrorífica tarea. Era ya la mitad de la tarde y aun no se colgaban los obituarios del día. Fumando sendos cigarrillos, los tanatólogos, conductores y otras gentes que viven de la muerte, se miraban con estupor, casi incrédulos, como si fueran personajes de la novela de José Saramago Las Intermitencias de La Muerte. ¿Y hoy nadie va a morir?, se preguntaban. Pero en este, como en todas las minucias de la vida, no se puede cantar victoria ni el último minuto, pues la rutilante trompeta del ángel de la Muerte resuena en el momento menos esperado. Luego de un par de horas, el devenir continuó inexorable y la única víctima de la implacable parca ese día, fue un bebé. Esas son las contingencias de nuestra humana naturaleza.

Memento mori” recordarán ustedes, era las palabras dichas a los emperadores durante su ceremonia de coronación, en la sucinta elegancia de la lengua latina. Yo agregaría: Carpe diem… al memento mori. Al fin y al cabo, queramos o no, en algún momento encontraremos la salida al vertiginoso laberinto del existir. No hay peor necedad que negarlo; pero tampoco deja de ser ominoso repetirlo.

¡Oh Pálida Muerte, que llamas igual a las puertas del castillo del rey, que a la de la choza del humilde!
Ávida de la calidez de los humores y del refulgente brillo de las almas humanas, rondas hasta el más insospechado lugar, desdeñosa de Cronos, quien no puede hacer otra cosa que contemplar los granos de arena cayendo al otro lado del reloj, aferrándose a su guadaña, quizá para defenderse de un inesperado ataque de la implacable tijera.

Así siguieron los días...

Y el miércoles, Átropos retomó sus faenas y volvió a cortar con sus tijeras recién afiladas y sus fuerzas renovadas.



                                                                    Tanatologías urbanas III



                                                         Máscarilla fúnebre de Jonathan Swift


¿Por qué se asiste a un velorio?. La razón puede ser lo grotesco que tiene la muerte, su postrer gesto. Para mí ese acto es mucho más místico de lo que aparenta. Simboliza el lenguaje etéreo y abstracto en el que nos habla el destino. Muchas personas acuden a los velorios a hacer vida social a expensas del inocente muerto, tan lejano ya de las vanidades mundanas.
Los visitantes se ponen su mejor atavío: negro, gris, azul oscuro (el primer color es mucho mejor, más sobrio, con una solemnidad indefinida), para impresionar a los asistentes, exhibiendo ojalá un mustio pañuelo en el bolsillo de la solapa. Otros van a contemplar el postrer rostro, el definitivo, que llevará el finado para la eternidad; aun cuando no es literal esta sentencia, porque lo que permanece es la imagen inmóvil en la memoria del observador que contempla la escultura, el fiambre humano. Fenomenología escatológica. Algunos, en contadas ocasiones, contemplan las imperceptibles mutaciones del rigor mortis facial a través de las horas interminables del ominoso espectáculo. Mi abuela, por ejemplo, solía cargar consigo un espejo de mano, como en las novelas de folletín victorianas, para disipar del todo la aterradora idea de inhumar con vida a la victima hipotética de la catalepsia. Vanas ilusiones de inmortalidad. Se cuenta, dentro del largo anecdotario fúnebre, que durante el velorio de Leonor Acevedo, madre Jorge Luís Borges, una mujer le da el pésame al poeta.

―Pobre Leonorcita ―le dice―, haberse muerto tan poquito antes de cumplir los cien años… ¡si hubiera esperado poquito más!

―Veo, señora ―contestó Borges― que es usted devota del sistema decimal.

En esas cuestiones la muerte suele ser imprecisa.

El rostro, como sello indeleble y desapacible, es para el crítico escatológico, aficionado al arte tanatológico, lo esencial. De ahí quizá la usanza de las ventanillas en el ataúd, para contemplar el gesto de pacifica, de plácida inmovilidad. Se ve al cadáver del mismo modo que se hace con un retrato, simple y llano, alejado ya de la íntima contemplación de esas exquisitas mascarillas mortuorias, que no se sabe por qué, hoy están en desuso. Ay ,como dijo el poeta: “Todo tiempo pasado fue mejor”. Hasta para morir. Sigo con un par de elucubraciones exegéticas.

Un pequeño paréntesis acerca de las mascarillas mortuorias: ese arte nacido de la necesidad de conservar el tiempo, inasible, de congelarlo en un gesto: el último, y por eso mismo, por tener un carácter irrepetible, es que está cargado de ese dramatismo inefable. Destinado a las clases nobles en la Roma antigua y Egipto, donde se originan, llegan hasta los albores de la modernidad, para dar sentido estético a la muerte y sus rituales. La fotografía las ha reemplazado impunemente. En la red hay profusión de muestras de este arte olvidado.
En primer lugar esta la de Alfred Hitchcock, con gesto plácido, hierático, como si durmiera un corto sueño de yeso negro. Hay un dramático registro del rostro de Beethoven, con los pómulos prominentes y los labios entreabiertos como si fuera a decirle algo a la muerte, un compás o una melodía tal vez, en el postrer momento; Goethe, reposa, en la contemplación de la divinidad del Logos: ¡Licht, mehr Licht! (“Luz más luz”), se cuenta que fue lo último que dijo. Jean Paul Marat, reposa solemne con placida serenidad en su expresión. James Dean, yace con mirada rebelde de lobo incómodo en el mundo. George Washington, contemplativo, tiene un rictus impasible hasta en la eternidad: "Déjenme morir tranquilo; no voy a vivir mucho tiempo", dijo el 14 de diciembre de 1799, antes de morir

Estoicismo estético,
Fúnebre poesía congelada.
Tiempo que fluye lento
Hacia la nada

El reflejo del rostro ante la muerte es la metáfora palpable de la soledad hasta ese instante vivida.
Sigo con la crónica que me propuse a narrar.

Tras la agonía, la carga de la ausencia se hace patente y feroz. Inexpresivo, el cuerpo yace, indiferente al mundo y sus miradas. La certidumbre de que la soledad nos persigue hasta la muerte, me fue revelada en una ocasión. Cierta vez, cuando urgió usar el baño en la funeraria de marras que ya conocen en esta crónica, tuve que ascender por las escaleras hasta los servicios contiguos a las salas de velación. Antes de entrar, una imagen poética y triste se reveló ante mí: un ataúd en medio del salón a media luz, cargado de coronas de flores cruzadas por una cinta, con los cirios apagados, parecía pedir compañía, sollozos y lágrimas. Fue patética aquella imagen y aquel sentimiento trágico… entonces pensé en Unamuno, en Platón y en Sartre, pero sobre todo, y ustedes dirán si estoy equivocado, pensé en la patética novela de Camus: El Extranjero.
Porque todos somos extranjeros en el país de la muerte, en su isla desierta. Y cuando nos acercamos a su playa como náufragos, deseamos seguir en altamar y jamás tocar su costa.

Ver Mascaras Mortuorias:



Christine Lavant: la mística de la tristeza



                                                             Christine Lavant (1915-1973)


Nacida en 1915 en la región de Carintia, fue poetisa y novelista austriaca de marcada influencia mística, trágica y religiosa. Con una frágil salud desde muy niña, esta característica marcaría su obra posterior. Truncada su educación en la adolescencia, se dedica a estudiar literatura por cuenta propia, interesándose particularmente por la obra de Rilke. Trenzó amistad con insignes escritores austriacos, entre ellos el novelista Thomas Bernhard. En los años cuarenta publica su primer libro con el seudónimo de Lavant, región del valle natal de la escritora. En 1956 publica su primer libro de poemas. Al fallecer en 1973, había recibido varios premios por su obra. 


La siguiente es una libre traducción del inglés de un poema suyo.



(Poema original en lengua alemana)





ICH HOERE KOMMEN den schweren Mond,
ich hoere gehen den leichten Schlaf,
mein Gedaechtnis schleift alle Messer
am Stein des Gedenkens.

Fuenf Kraehen frassen den Mohnkopf lehr,
seine Krone schleppt eine Kreuzotter fort
und beschlaeft in der Herzmulde traege
den Samen des Schlafes.

Die Messerchen singen fromm und gestaehlt:
Wir werden schlachten den fetten Mond,
wir warden haeuten die freche Natter
und saeubern die klaegliche Mulde.

Ich hoere fallen den schweren Mond,
ich hoere zischen das schlanke Tier,
fuenf mutige Voegel verpflanzen
das Herz in Gedaechtnis.

                                                           * 


I HEAR THE HEAVY MOON approaching,
I hear shallow sleep walking,
my memory sharpens all knives
on the memory stone.

Five crows picked the poppyhead empty,
its crown takes a viper
and resting in the heart's hollow
the seeds carry sleep.

The little knives sing merrily and steeled:
We will slaughter the fat moon,
we will skin the insolent snake
and clean the sorrowful bowl.

I hear the heavy moon falling,
I hear the thin creature hiss,
five brave birds transplant
the heart in memory.

Traducido del alemán por David Chorlton

                                                                  *


(Versión libre en español)


Oigo la pesada luna aproximarse
Oigo al sonámbulo superficial,
Mi memoria afila los cuchillos
En la piedra de la memoria.
Cinco cuervos picotean las vacías cabezas de amapolas,
Su corona lleva una víbora
Y reposando en la oquedad del corazón
Las semillas llevan el sueño.
Los pequeños cuchillos cantan alegremente y armados:
Sacrificaremos la obesa luna,
Desnudaremos la serpiente insolente
Y limpiaremos el triste tazón.
Escucho caer la pesada luna,
Escucho el silbido de las delgadas criaturas,
Cinco bravías aves trasplantan
El corazón en la memoria.