Escritor por encargo

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escritores freelance

jueves, 1 de agosto de 2013

La narrativa histórica de Robert Graves





                                       Robert Ranke Graves (Wimbledon, 1895-Deyá, Mallorca,1985)


Nacido en Wimbledon en 1895, en el seno de una familia de aristócratas ingleses, es educado en el espíritu militar y cosmopolita de un imperio en pleno auge. Es en su plena niñez, cuando el símbolo de aquel imperio, desaparece. En 1901 muere Victoria I de Inglaterra, dejando como herencia unos vastos dominios tan imponentes como los de Carlos V. El poder de la corona británica va en Asia, de Hong Kong hasta la India y algunas colonias marítimas en el sudeste. En Oceanía, Australia y Nueva Zelanda; en África Namibia y Sudáfrica. Su adolescencia, pues, transcurre en las academias militares inglesas, que por aquel entonces daban un carácter de estatus social y económico a las familias que ingresaban sus primogénitos allí. En plena juventud se da el hecho trascendental: a sus diecinueve años se enlista en las filas británicas para combatir en la primera guerra mundial. Entre las balas y los obuses, la miseria humana, la carnicería del horror y la muerte gratuita, se derrumbarán en su fuero interno todas aquellas imágenes de grandeza con los que fue educado. Será allí donde conocerá al insigne poeta de la guerra, de la devastación de la juventud ante el horror: Wilfred Owen. De ese modo se desmorona un imperio que cultivó su propia derrota a expensas de ambiciones expansionistas. Tras el desengaño político y hallando su verdadera vocación en el ejercicio de las letras, se radica en la isla española de Mallorca, en una pequeña localidad llamada Deyá, respirando el aroma del salitre y oyendo los latidos de Pan al borde del Mediterráneo. Comienza a concebir sus obras de madurez, las más representativas de su estilo: Rey Jesús, La Hija de Homero, Las Islas de la Imprudencia, Yo Claudio, Claudio El dios y su esposa Mesalina y La Diosa Blanca.



Sus laboriosas y digeridas lecturas, inscritas en la búsqueda arqueológica en los cimientos de la civilización occidental ─sobre todo el mundo clásico─ definen los rasgos característicos en su obra narrativa. Sus temas y personajes toman la experiencia personal como punto de partida. En el grueso de sus relatos históricos, un personaje cercano a los hechos, refiere la historia como una anécdota que es el punto de partida de la estructura de la novela. Ya sea el propio emperador Claudio, quién cuenta los sucesos de su vida desde una plácida vejez, o ya sea el cronista Agabo el Decapolitano que en el periodo de Domiciano arranca su relato de los hechos milagrosos del taumaturgo-profeta, Jesús de Nazareth. El autor anula su yo, poniendo en boca de otros los eslabones narrativos. 

Quizá sea este rasgo tan propio lo que da a sus obras la robustez y la verosimilitud que tienen sus ficciones históricas. En un género tan complejo y de minuciosa laboriosidad, como la narrativa de histórica, Graves marca la diferencia con la narrativa de la época ─que algunas veces se limita solamente a contar la historia en un periodo particular, experimentando constantemente con los goznes de la técnica como en el caso de Joyce y Woolf─, y se constituye en piedra angular y modelo de escritor riguroso, crítico, ausente de afanes mercantilistas y comprometido con su oficio.

Pero no sólo incursionó en la narrativa histórica sin profundizar en sus estratos más profundos del alma humana. En su vasto y desconocido opus mágnum La Diosa Blanca, «una gramática histórica del mito poético», como el mismo la llama, explora los orígenes de la historia del pensamiento poético europeo. Se centra sobre todo en el análisis de la lengua céltica, los símbolos tomados del panteísmo natural y telúrico, inspirándose en el alfabeto de los árboles para recrear las atrevidas metáforas y la simbología de los bardos galeses. En suma es un evangelio estético en el mejor sentido del Nietzche más maduro. Una vuelta a los valores dionisiacos de la cultura occidental. Fue éste su testamento literario, con profunda raigambre en la cultura clásica mediterránea y céltica. En su obra, que no son más de una docena de libros, se puede con justicia parafrasear a Spinoza: «todo lo excelso es tan difícil como escaso.»




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