Escritor por encargo

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jueves, 1 de agosto de 2013

Necrónicas: tanatologías urbanas


Tanatologías urbanas I

                                                       Cochero fúnebre a la manera victoriana



Los espectros usan distintos ropajes para confundir nuestros sentidos. Algunas veces tienen incluso apariencia familiar. En las lides del oficio tanatológico, la austeridad en la expresión, es característica inconfundible del buen buitre fúnebre, o mejor, del buen trabajador necrológico. En mi primer día como cajero en el parqueadero de una funeraria, fuera de los incontables vasos de café, la jornada me deparó el encuentro con un personaje peculiar, literario y desde luego, sombrío. Me habían presentado a los distintos trabajadores de la casa fúnebre. Eran de distintas especies: estaban los conductores de las carrozas fúnebres, que por la evocación romántica de la palabra "carroza", uno podría imaginar todavía la usanza  de éstas reliquias ambulantes para llevar con pompa los ataúdes. Guiados por conductores con sombrero de copa, sacoleva y guantes blancos, y que en este sitio se los denominaba despectivamente como “carroceros”; había también “asesores” de pompas fúnebres: los que ofrecen urnas de madera grandes, medianas y pequeñas para alojar cómodamente los despojos o cenizas de quien ha cesado sus funciones terrenales; y desde luego, lo principal, había tanatologos. Este personaje dentro del argot fúnebre, es quien acicala y prepara el fiambre humano para su postrera salida pública, el velorio. 

Cerca de las diez de la noche, casi al final de mi jornada inaugural, cuando todos los empleados y visitantes habían salido y quedaba yo sólo en el inmenso y frío sitio, mientras era presa de una evocación de un relato gótico de Poe, con el maullido lejano y aterrador de un gato, hizo su aparición uno de esos tanatólogos a retirar su carroza particular. La descripción puede parecer fabulosa, pero es verídica, y quienes quieran pueden comprobarlo. Su cara era alargada, a la manera de Bela Lugosi, de labios carnosos e incisivos prominentes; sus orejas eran casi puntiagudas, y parecían percibir todo rumor cercano; su voz, era gruesa, de tono formal y todo el conjunto de su rostro, estaba elegantemente rematado con un peinado eternizado en un rictus de gomina. Honestamente, me sobresaltó su presencia. Por la hora y las circunstancias. Se presentó educadamente, y salió raudo en su carro, dejándome con una pregunta: ¿existía una distancia categórica entre aquel embalsamador y el Drácula de Murnau o Coppola? Bueno, me dije, ésta pregunta que la resuelvan los semiólogos, los antropólogos o los filósofos, que son unos desocupados, y les queda tiempo para pensar. Yo me limito a elucubrar, que a lo mejor Bram Stoker se inspiró en un personaje similar, un vulgar empleado de pompas fúnebres londinenses, como el del Oliver Twist dickensiano, para crear su inmortal Drácula.



                                                      
                                                                      Tanatologías urbanas II



                                                                  El beso del ángel de la muerte


“Un hombre libre, en nada piensa menos, que en la muerte”
Ética demostrada según el orden geométrico
Baruch Spinoza


El día más peculiar de todos los que se pueden ver en el oficio fúnebre, fue, si mi memoria no falla, un martes. La rutina lúgubre se mide por la cantidad de entradas y salidas de coches al parqueadero. En los fines de semana, tras la necesaria y desaforada ebriedad, las peleas a muerte y otras circunstancias inciertas, las morgues se pueblan de huéspedes transitorios. Entonces, las ruedas de los coches se ponen en movimiento por la gracia de Tánatos. Aun cuando las tijeras afiladas de Átropos jamás cesarán de cortar, en algunos casos, larguísimos trechos de hilo, y en otras, fragmentos demasiado cortos para poder llamarse vida, hay jornadas que engañosamente parecen anunciar al fin, la definitiva renuncia de su terrorífica tarea. Era ya la mitad de la tarde y aun no se colgaban los obituarios del día. Fumando sendos cigarrillos, los tanatólogos, conductores y otras gentes que viven de la muerte, se miraban con estupor, casi incrédulos, como si fueran personajes de la novela de José Saramago Las Intermitencias de La Muerte. ¿Y hoy nadie va a morir?, se preguntaban. Pero en este, como en todas las minucias de la vida, no se puede cantar victoria ni el último minuto, pues la rutilante trompeta del ángel de la Muerte resuena en el momento menos esperado. Luego de un par de horas, el devenir continuó inexorable y la única víctima de la implacable parca ese día, fue un bebé. Esas son las contingencias de nuestra humana naturaleza.

Memento mori” recordarán ustedes, era las palabras dichas a los emperadores durante su ceremonia de coronación, en la sucinta elegancia de la lengua latina. Yo agregaría: Carpe diem… al memento mori. Al fin y al cabo, queramos o no, en algún momento encontraremos la salida al vertiginoso laberinto del existir. No hay peor necedad que negarlo; pero tampoco deja de ser ominoso repetirlo.

¡Oh Pálida Muerte, que llamas igual a las puertas del castillo del rey, que a la de la choza del humilde!
Ávida de la calidez de los humores y del refulgente brillo de las almas humanas, rondas hasta el más insospechado lugar, desdeñosa de Cronos, quien no puede hacer otra cosa que contemplar los granos de arena cayendo al otro lado del reloj, aferrándose a su guadaña, quizá para defenderse de un inesperado ataque de la implacable tijera.

Así siguieron los días...

Y el miércoles, Átropos retomó sus faenas y volvió a cortar con sus tijeras recién afiladas y sus fuerzas renovadas.



                                                                    Tanatologías urbanas III



                                                         Máscarilla fúnebre de Jonathan Swift


¿Por qué se asiste a un velorio?. La razón puede ser lo grotesco que tiene la muerte, su postrer gesto. Para mí ese acto es mucho más místico de lo que aparenta. Simboliza el lenguaje etéreo y abstracto en el que nos habla el destino. Muchas personas acuden a los velorios a hacer vida social a expensas del inocente muerto, tan lejano ya de las vanidades mundanas.
Los visitantes se ponen su mejor atavío: negro, gris, azul oscuro (el primer color es mucho mejor, más sobrio, con una solemnidad indefinida), para impresionar a los asistentes, exhibiendo ojalá un mustio pañuelo en el bolsillo de la solapa. Otros van a contemplar el postrer rostro, el definitivo, que llevará el finado para la eternidad; aun cuando no es literal esta sentencia, porque lo que permanece es la imagen inmóvil en la memoria del observador que contempla la escultura, el fiambre humano. Fenomenología escatológica. Algunos, en contadas ocasiones, contemplan las imperceptibles mutaciones del rigor mortis facial a través de las horas interminables del ominoso espectáculo. Mi abuela, por ejemplo, solía cargar consigo un espejo de mano, como en las novelas de folletín victorianas, para disipar del todo la aterradora idea de inhumar con vida a la victima hipotética de la catalepsia. Vanas ilusiones de inmortalidad. Se cuenta, dentro del largo anecdotario fúnebre, que durante el velorio de Leonor Acevedo, madre Jorge Luís Borges, una mujer le da el pésame al poeta.

―Pobre Leonorcita ―le dice―, haberse muerto tan poquito antes de cumplir los cien años… ¡si hubiera esperado poquito más!

―Veo, señora ―contestó Borges― que es usted devota del sistema decimal.

En esas cuestiones la muerte suele ser imprecisa.

El rostro, como sello indeleble y desapacible, es para el crítico escatológico, aficionado al arte tanatológico, lo esencial. De ahí quizá la usanza de las ventanillas en el ataúd, para contemplar el gesto de pacifica, de plácida inmovilidad. Se ve al cadáver del mismo modo que se hace con un retrato, simple y llano, alejado ya de la íntima contemplación de esas exquisitas mascarillas mortuorias, que no se sabe por qué, hoy están en desuso. Ay ,como dijo el poeta: “Todo tiempo pasado fue mejor”. Hasta para morir. Sigo con un par de elucubraciones exegéticas.

Un pequeño paréntesis acerca de las mascarillas mortuorias: ese arte nacido de la necesidad de conservar el tiempo, inasible, de congelarlo en un gesto: el último, y por eso mismo, por tener un carácter irrepetible, es que está cargado de ese dramatismo inefable. Destinado a las clases nobles en la Roma antigua y Egipto, donde se originan, llegan hasta los albores de la modernidad, para dar sentido estético a la muerte y sus rituales. La fotografía las ha reemplazado impunemente. En la red hay profusión de muestras de este arte olvidado.
En primer lugar esta la de Alfred Hitchcock, con gesto plácido, hierático, como si durmiera un corto sueño de yeso negro. Hay un dramático registro del rostro de Beethoven, con los pómulos prominentes y los labios entreabiertos como si fuera a decirle algo a la muerte, un compás o una melodía tal vez, en el postrer momento; Goethe, reposa, en la contemplación de la divinidad del Logos: ¡Licht, mehr Licht! (“Luz más luz”), se cuenta que fue lo último que dijo. Jean Paul Marat, reposa solemne con placida serenidad en su expresión. James Dean, yace con mirada rebelde de lobo incómodo en el mundo. George Washington, contemplativo, tiene un rictus impasible hasta en la eternidad: "Déjenme morir tranquilo; no voy a vivir mucho tiempo", dijo el 14 de diciembre de 1799, antes de morir

Estoicismo estético,
Fúnebre poesía congelada.
Tiempo que fluye lento
Hacia la nada

El reflejo del rostro ante la muerte es la metáfora palpable de la soledad hasta ese instante vivida.
Sigo con la crónica que me propuse a narrar.

Tras la agonía, la carga de la ausencia se hace patente y feroz. Inexpresivo, el cuerpo yace, indiferente al mundo y sus miradas. La certidumbre de que la soledad nos persigue hasta la muerte, me fue revelada en una ocasión. Cierta vez, cuando urgió usar el baño en la funeraria de marras que ya conocen en esta crónica, tuve que ascender por las escaleras hasta los servicios contiguos a las salas de velación. Antes de entrar, una imagen poética y triste se reveló ante mí: un ataúd en medio del salón a media luz, cargado de coronas de flores cruzadas por una cinta, con los cirios apagados, parecía pedir compañía, sollozos y lágrimas. Fue patética aquella imagen y aquel sentimiento trágico… entonces pensé en Unamuno, en Platón y en Sartre, pero sobre todo, y ustedes dirán si estoy equivocado, pensé en la patética novela de Camus: El Extranjero.
Porque todos somos extranjeros en el país de la muerte, en su isla desierta. Y cuando nos acercamos a su playa como náufragos, deseamos seguir en altamar y jamás tocar su costa.

Ver Mascaras Mortuorias:



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