El Héroe discreto es la última novela de Mario Vargas Llosa premio Nobel de literatura 2010. Hallar la excelencia
en tiempos de prolijidad literaria, es algo que resulta cada vez más difícil.
Existe un consenso más o menos unánime, al considerar dentro de los autores de
mayor relevancia en la escena literaria actual, al peruano Mario Vargas Llosa
(Arequipa, 1936). Su carrera ascendente desde la publicación de La Ciudad y los
Perros (premio Rómulo Gallegos y Biblioteca Breve), hasta su último libro El
Héroe discreto (Alfaguara, 2013), ha demostrado que el peruano es un autor de grandes
ligas, dispuesto a dar cara a las empresas narrativas de aliento mayor, donde
se intersecan como en una composición polifónica renacentista, distintas voces
y tiempos, lo que lo convierte en un escritor de oficio buscado en las estanterías
de las librerías de todo el mundo.
Si bien quien
escribe estas líneas está acostumbrado a las novelas de tema histórico o de carácter
más bien atemporal como El Sueño del celta (2010) o su magnífica La Fiesta del
Chivo (2000), no puede desconocer, ante todo, la maestría técnica y la
orfebrería de un escritor de taller, que sale con su pelo lleno de virutas
luego de poner punto final a cada libro. En ésta última novela Vargas Llosa
aleja el foco de los asuntos de carácter universal y se sumerge de nuevo en los
asuntos de su Perú natal. El Héroe discreto narra las vicisitudes de Felícito
Yanaqué, transportista de origen humilde y propietario de una empresa de
transportes en Piura. Hombre probo, ético y abnegado jefe de hogar, convive con
una esposa más bien glacial y beata, con la que tuvo dos hijos (un Abel y un Caín
bastardo).
Plaza de Armas de Piura, Perú
Ante la frialdad de su esposa, Felícito busca en los encantos de Mabel,
una morena exótica, la pasión sexual negada por su esposa. Todo parece ir bien
hasta que comienzan a llegar unos anónimos donde se le exige una suma por parte
de unos extorsionistas, para permitir que su negocio avance sin sobresaltos. Felícito,
siguiendo la máxima de su difunto padre, jura que no dará un céntimo a esos
canallas que lo quieren pisotear. La remisión de estas cartas se hacen cada vez
más frecuentes, con la curiosa característica, que van firmadas con el dibujo
de una simpática arañita de cinco patas.
Paralela a
esta historia, se nos cuenta la de Rigoberto (mismo personaje de otra de sus
novelas) quien es empleado de una compañía aseguradora en Lima y quien vive con
su segunda esposa y su hijo adolescente, Fonchito. Su jefe, Ismael, es un
hombre octogenario, viudo y multimillonario, que quiere hacer uso de buen
retiro; sin embargo sus dos hijos, «Las hienas», son la misma encarnación de
Caín. Se entera durante una recuperación de un infarto en la clínica, que los
dos crápulas fraguan contra él su pronta eliminación para hacerse cargo de la
jugosa herencia familiar. Las dos parejas: Rigoberto y su esposa e Ismael y
Armida ―su ex empleada, con quien el millonario decide casarse para cobrar así
su venganza contra sus hijos―, se hacen casi confidentes. Estos capítulos van
sazonados, como un buen ceviche por mano del escritor, con la constante aparición
a Fonchito, de un extraño personaje, Edilberto Torres que irá llevando el hilo
conductor del personaje adolescente.
Dentro de los
aspectos interesantes del libro, destacan la estructuración dentro de la
narración de otros personajes como Lituma, el sargento de otra de las obras del
Nobel peruano, hilado hábilmente en el desarrollo de los vericuetos policiacos
de la novela. También las reflexiones eruditas por boca de Rigoberto, sobre
música, arte y otros detalles de un personaje que se revela como un verdadero
bon vivant. Uno de los rasgos particulares de la novela y que a nuestro parecer
eclipsan un poco la narración, es el abuso de Vargas Llosa del habla piurana
con los consabidos «che guá», que como las moscas surgen en algunas escenas de
El Héroe discreto, hostigan al lector al punto de hacerlo casi desistir de la
lectura.
El color local excesivo, sobre todo en la historia piurana de Felícito
Yanaqué (alter ego de un noble y abnegado padre hipotético, que nunca tuvo el
autor), saturan como el clima feroz y pegajoso de la ciudad, empapando la
camisa del lector con dejos y modismos. El final abrupto y como salido de una modesta
crónica de tabloide vespertino, no deja claros enigmas construidos por el
lector a lo largo de toda la novela como la aparición del tal Edilberto Torres
(¿fantasmagoría, personaje real, charada literaria?), dejando un sabor
agridulce en la boca, pensando que quizá estamos lejos de leer un MarioVargas
Llosa con la verdadera grandeza épica de sus obras cumbres, que le hizo
acreedor del Nobel por su «la cartografía de las estructuras de poder y aceradas
imágenes de la resistencia, la rebelión y la derrota del individuo.» Una novela
más preocupada por entretener que por elevar al lector.
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ALGUNOS LECTORES APRECIAMOS LOS MODISMOS PERUANOS.
ResponderEliminarDesde luego. Los gustos literarios son muy personales, incluso a veces pueden ser chocantes; esa es la maravillosa pluralidad de la literatura.Muchas gracias por su visita y comentario. Saludos.
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