Escritor por encargo

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miércoles, 25 de septiembre de 2013

Reseña de El Heroe discreto de Mario Vargas Llosa



El Héroe discreto es la última novela de Mario Vargas Llosa premio Nobel de literatura 2010. Hallar la excelencia en tiempos de prolijidad literaria, es algo que resulta cada vez más difícil. Existe un consenso más o menos unánime, al considerar dentro de los autores de mayor relevancia en la escena literaria actual, al peruano Mario Vargas Llosa (Arequipa, 1936). Su carrera ascendente desde la publicación de La Ciudad y los Perros (premio Rómulo Gallegos y Biblioteca Breve), hasta su último libro El Héroe discreto (Alfaguara, 2013), ha demostrado que el peruano es un autor de grandes ligas, dispuesto a dar cara a las empresas narrativas de aliento mayor, donde se intersecan como en una composición polifónica renacentista, distintas voces y tiempos, lo que lo convierte en un escritor de oficio buscado en las estanterías de las librerías de todo el mundo.

Si bien quien escribe estas líneas está acostumbrado a las novelas de tema histórico o de carácter más bien atemporal como El Sueño del celta (2010) o su magnífica La Fiesta del Chivo (2000), no puede desconocer, ante todo, la maestría técnica y la orfebrería de un escritor de taller, que sale con su pelo lleno de virutas luego de poner punto final a cada libro. En ésta última novela Vargas Llosa aleja el foco de los asuntos de carácter universal y se sumerge de nuevo en los asuntos de su Perú natal. El Héroe discreto narra las vicisitudes de Felícito Yanaqué, transportista de origen humilde y propietario de una empresa de transportes en Piura. Hombre probo, ético y abnegado jefe de hogar, convive con una esposa más bien glacial y beata, con la que tuvo dos hijos (un Abel y un Caín bastardo). 


                                               Plaza de Armas de Piura, Perú


Ante la frialdad de su esposa, Felícito busca en los encantos de Mabel, una morena exótica, la pasión sexual negada por su esposa. Todo parece ir bien hasta que comienzan a llegar unos anónimos donde se le exige una suma por parte de unos extorsionistas, para permitir que su negocio avance sin sobresaltos. Felícito, siguiendo la máxima de su difunto padre, jura que no dará un céntimo a esos canallas que lo quieren pisotear. La remisión de estas cartas se hacen cada vez más frecuentes, con la curiosa característica, que van firmadas con el dibujo de una simpática arañita de cinco patas.

Paralela a esta historia, se nos cuenta la de Rigoberto (mismo personaje de otra de sus novelas) quien es empleado de una compañía aseguradora en Lima y quien vive con su segunda esposa y su hijo adolescente, Fonchito. Su jefe, Ismael, es un hombre octogenario, viudo y multimillonario, que quiere hacer uso de buen retiro; sin embargo sus dos hijos, «Las hienas», son la misma encarnación de Caín. Se entera durante una recuperación de un infarto en la clínica, que los dos crápulas fraguan contra él su pronta eliminación para hacerse cargo de la jugosa herencia familiar. Las dos parejas: Rigoberto y su esposa e Ismael y Armida ―su ex empleada, con quien el millonario decide casarse para cobrar así su venganza contra sus hijos―, se hacen casi confidentes. Estos capítulos van sazonados, como un buen ceviche por mano del escritor, con la constante aparición a Fonchito, de un extraño personaje, Edilberto Torres que irá llevando el hilo conductor del personaje adolescente.




Dentro de los aspectos interesantes del libro, destacan la estructuración dentro de la narración de otros personajes como Lituma, el sargento de otra de las obras del Nobel peruano, hilado hábilmente en el desarrollo de los vericuetos policiacos de la novela. También las reflexiones eruditas por boca de Rigoberto, sobre música, arte y otros detalles de un personaje que se revela como un verdadero bon vivant. Uno de los rasgos particulares de la novela y que a nuestro parecer eclipsan un poco la narración, es el abuso de Vargas Llosa del habla piurana con los consabidos «che guá», que como las moscas surgen en algunas escenas de El Héroe discreto, hostigan al lector al punto de hacerlo casi desistir de la lectura. 

El color local excesivo, sobre todo en la historia piurana de Felícito Yanaqué (alter ego de un noble y abnegado padre hipotético, que nunca tuvo el autor), saturan como el clima feroz y pegajoso de la ciudad, empapando la camisa del lector con dejos y modismos. El final abrupto y como salido de una modesta crónica de tabloide vespertino, no deja claros enigmas construidos por el lector a lo largo de toda la novela como la aparición del tal Edilberto Torres (¿fantasmagoría, personaje real, charada literaria?), dejando un sabor agridulce en la boca, pensando que quizá estamos lejos de leer un MarioVargas Llosa con la verdadera grandeza épica de sus obras cumbres, que le hizo acreedor del Nobel por su «la cartografía de las estructuras de poder y aceradas imágenes de la resistencia, la rebelión y la derrota del individuo.» Una novela más preocupada por entretener que por elevar al lector.


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2 comentarios:

  1. ALGUNOS LECTORES APRECIAMOS LOS MODISMOS PERUANOS.

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  2. Desde luego. Los gustos literarios son muy personales, incluso a veces pueden ser chocantes; esa es la maravillosa pluralidad de la literatura.Muchas gracias por su visita y comentario. Saludos.

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