Escritor por encargo

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escritores freelance

miércoles, 26 de febrero de 2014

El Lobo de Wall Street: una radiografía de la ambición


Scorsese dando indicaciónes a DiCaprio y Margot Robbie

Martin Scorsese (1942) nos tiene acostumbrados a películas en donde los rasgos principales de la condición humana afloran en personajes de profundo realismo. Su última película El Lobo de Wall Street, nominada al Oscar como mejor película, nos muestra una radiografía de la codicia y la ambición en un mundo enajenado por el dinero y el poder. Si en ocasiones anteriores, Scorsese nos mostró personajes redondos que exhibían características semejantes a Jordan Belfort, como Toro Salvaje con su antihéroe el boxeador Jack La Motta o El Aviador, con la biografía del magnate Howard Hughes condenado al presidio inexorable de su locura, es en El Lobo de Wall Street donde consigue plasmar su criatura excepcionalmente. Buena parte del éxito de esta obra, recae en los hombros de un magistral Leonardo DiCaprio encarnando a Jordan Belfort, trasunto de un corredor de bolsa y timador encarcelado por fraude



Sin recurrir a orgias de violencia y sangre como en Gangs of New York o la surrealista Taxi Driver, Scorsese se convierte en biógrafo de Belfort quien cuenta en primera persona su vida a través de flashbacks o analepsis, que nos llevan al germen de la historia de este depredador de las finanzas. Belfort ha hecho de Wall Street su feudo, consumiendo una cantidad de drogas que bien podrían «sedar Long Island Manhattan y Queens durante un mes». En su cumbre interpretativa, DiCaprio logra mostrar una auténtica imagen de un hombre poseso por la enfermedad del poder: dinero, viajes, yates, drogas, mujeres, trajes y joyas que no son  más que  galaxias arrastrándolo al agujero negro de un estrepitoso fracaso personal. El actor perfectamente podría ganar en franca lid la competencia por el Oscar frente a su partner, Matthew McConaughey, que aquí lo adoctrina en el ideario filosófico de un buen corredor de bolsa: llevarse el dinero del bolsillo de los inversionistas enajenados por la ambición. DiCaprio muestra las facetas más desopilantes de un hombre enceguecido por el poder, que lo lleva a traicionar a su esposa por una rubia despampanante, conducir ebrio un helicóptero hasta el jardín de su mansión, para luego intentar sobornar a los agentes de FBI. 

DiCaprio consigue una brillante actuación demostrando su versatilidad y humor negro


Durante una correría con píldoras, mientras intenta arreglar el lio de ocultar varios millones de dólares en una cuenta fantasma en Suiza, Belfort llega al límite y se arrastra por el suelo del club hasta llegar a su auto deportivo que cree conducir “milagrosamente” hasta su mansión. La escena en que salva a su amigo que arrastra palabras ininteligibles por teléfono con su banquero suizo, para luego atragantarse de jamón hasta la asfixia, es de verdadera antología. De nuevo el actor de ascendencia italiana, nos demuestra como un gran intérprete puede mostrarnos durante tres horas, de lo que es capaz de hacer un lobo obsesionado con sus presas. Con El Lobo de Wall Street, Scorsese nos deleita con una comedia negra llena de perversión, sexo, drogas y obsesión por el dinero.




sábado, 15 de febrero de 2014

Contra la ceguera moral


La Puta de Babilonia: «Qué esperanzas podemos tener  los que buscamos probarles a los ateos la existencia real de Cristo, si uno de sus cuatro biógrafos oficiales no sabe ni siquiera en qué año nació»

En el video se le puede ver obnubilado, arrastrando las palabras quizá por culpa de una noche de sueño irregular o, me arriesgo a pensar, quizá un par de tragos, aunque no puedo afirmar con certeza que Vallejo incurra en libaciones dionisiacas: no lo conozco. En su intervención durante la Feria del Libro de Guadalajara en diciembre de 2013, el escritor antioqueño diserta nuevamente sobre la falacia de la religión católica y su presunción de verdad espiritual absoluta.

Los argumentos ad hominem –y contra sus seguidores–, se pueden leer en la página de la red social Youtube donde está puesto el video. Argumentos que no anulan la erudición de este hombre de setenta años, invertidos algunos en la investigación apologética de su ateísmo humanista, del cual es uno de los pocos representantes en la literatura latinoamericana. Huelga decir que el activismo intelectual de Vallejo es encomiable en este sentido. A diferencia de otros escritores que defienden posturas políticas con vehemencia, en todas sus intervenciones, Vallejo enfatiza su cruzada moral en defensa de los animales, afirmando la «ceguera moral» de una sociedad que los explota, no por necesidad, puesto que el desperdicio de comida en los países industrializados es desmesurado, sino mas bien por un afán de producción desmedida que se ve reflejado –una vez más explícitamente en su discurso– en la superpoblación cada vez más asfixiante de un planeta de siete mil millones de habitantes, y contando.

El fenómeno de la explosión demográfica, parece acentuado por la desmedida producción industrial mundial, así como por la tenencia de grandes extensiones de tierra para beneficio de particulares: Complemento: artículo en ww.ecoosfera.com

Parte de este discurso deriva de su ensayo La Puta de Babilonia, donde esboza las líneas maestras de su debate abierto contra las religiones. Como éste no es un espacio indicado para disquisiciones teológicas o apologéticas, no voy a opinar al respecto. Los dogmas cuasi religiosos, como la política y el fútbol, son una cuestión de fe y pasión: el fanático no ve otro sol en su cielo, que el de esa fiebre que devora su espíritu constantemente; la creencia enceguecida, incluso en contra de argumentos lógicos, hacen que las mentes obtusas se aletarguen y emboten todavía más en su monomanía. Es curioso notar que estas pasiones son esencialmente masivas. La religión ha dejado de ser el único opio del pueblo: también lo son el fútbol, la política y los performances de las superestrellas del espectáculo; mares todos estos, que reciben su tributo de los ríos caudalosos de la televisión.

Giordano Bruno (1548-1600) filósofo y poeta italiano, condenado por la Inquisición a la hoguera al promulgar las teorías copernicanas; refutó el dogma aristotélico geocéntrico, afirmando que el sol es una estrella más en la vastedad del universo.


«Dios no existe, muchachos… ese es un cuento de clérigos desvergonzados inventado para sus fines, abusando de la credulidad del rebaño; de curas católicos, pastores protestantes, popes ortodoxos, rabinos judíos, ayatolas musulmanes. Por Dios entendemos fundamentalmente dos cosas: el creador del universo y el ser de la infinita bondad. ¿Y quién dijo que el universo lo tenían que crear? Para empezar ni siquiera sabemos qué es el universo…», apunta el escritor con certeza. «…Qué miedo le voy a tener yo al infierno; miedo le tengo a un agujero negro que me trague». No es raro que los fanáticos religiosos de nuestro tiempo, ignoren la ciencia: ente arcano, oscuro y lleno de cifras y fórmulas jeroglíficas contra la claridad meridiana de la vacua oratoria religiosa.

Los evangelios inventaron a Cristo, personaje espurio del que no hay mayor evidencia histórica y que justificó durante siete siglos, la carnicería, las persecuciones y los juicios sumarios de una Iglesia católica cerrada en sí misma que se opuso al avance científico «azuzando la paridera». Parece que a los hombres nos cuesta trabajo pensarnos en la infinita soledad del cosmos, como una colonia bacteriana flotando en una gota azul en medio de la nada; tenemos que inventarnos los dioses, y cuando no es así, el hombre se convierte en uno para acabar con el resto.  


viernes, 7 de febrero de 2014

Rayuela o la eterna tardanza de la juventud


                                                        Julio Cortázar con su entrañable gato

Esto no le va a gustar a los cortazarianos. En la literatura, como en cualquier otra pasión hay adeptos fervorosos de los santos patronos: yourcenarianos, proustianos, borgianos, kafkianos, garciamarquianos, vargallosianos y un largo etc. He tenido más de tres veces en mis manos la obra magna de Julio Cortázar, Rayuela y en ninguna de las tres he logrado engancharme definitivamente. Una de las características de la literatura es el gusto; en eso se parece a muchas cosas de la vida: el amor, la comida, el cine, los ambientes, los olores…

Con precisión de cirujano el gran Borges, del que puedo decir, que aunque me haya costado esfuerzo terminar algunos de sus relatos y ensayos, siempre me ha dejado con una cata mucho más poderosa que la de su compatriota, decía Borges retomo, que «la lectura es una de las formas de la felicidad, pero a nadie se le puede obligar a ser feliz». Contrariamente a lo que puede pasarle a muchos, mi encuentro con la pasión de la literatura empezó ya bien entrada la veintena. He sido un lector indisciplinado, sin bitácoras, sin planes, ni presupuestos. Pienso que la lectura como el sexo o la comida, no puede ser forzada. Hay lectores que entre sus planes tienen por ejemplo tres o cuatro libros por mes, incluso por semana; apilan en sus mesas de noche volúmenes –sé lo que es esa obsesión– colosales de libros, que no se leerán jamás.

Edición conmemorativa de Rayuela  en sus cincuenta años (Alfaguara 2013)


Llegué a Rayuela luego de muchos años, habiéndolo tenido a la vista de la biblioteca de mi papá en la vieja edición de bolsillo Seix Barral, blanca con letras doradas. La hojeé en la adolescencia, sin interés. La primera vez que intenté leerla con juicio, casi a los veintitantos, el comienzo me pareció interesante: «¿Encontraría a la Maga?». Los vericuetos de Oliveira por París y la profusión de imágenes surrealistas, la jerigonza alambicada y los devaneos jazzísticos, terminaron por marearme rápido como un vino dulzón. El año 2013, cincuentenario de la publicación del libro, volví a tenerlo entre manos y decidí darle (darnos, mejor) una nueva oportunidad. Sin embargo recomenzando, con el laberinto que Cortázar me propuso, buscando la Maga en un París psicodélico y demasiado surreal para mi gusto, tampoco pude avanzar. Decidí hacerlo a un lado. Reflexionando, me dije que seguramente no tengo el espíritu tan joven, y aun no llego a la cuarentena, para dejarme llevar en el trance literario-poético que me propone Cortázar. Es un libro para espíritus jóvenes, que aun no conocen la perplejidad literaria y no para perros viejos como yo. Debe haber compatibilidad entre el lector y el libro; en este caso no me entendí bien con Cortázar. De todas maneras, rescato de su obra los cuentos cortos como Un Tal Lucas o La continuidad de los parques y Las babas del diablo, que inspiró Blow Up de Antonioni; también sus ensayos, como el lírico Imagen de John Keats, que es una obra invaluable y entrañable para los que amamos la poesía.  

Tengo pensado que irme deshaciendo de libros, y que este caso, infortunado para muchos de Rayuela, me hará desistir (eso espero) de esa ambición de hacerme cada vez más a otros ejemplares, que siempre reemplazan inexorablemente al que se va. Mi pretensión con estas cribas literarias, ya en medio de la treintena, es como la del filósofo inglés Thomas Hobbes, quien decía que una docena de doctos, libros es suficiente compañía.  


                                                    Charlie Parker: Bird The Savoy recordings