Escritor por encargo

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escritores freelance

viernes, 28 de marzo de 2014

Bitácoras I


           Bitácoras



A veces la realidad se empeña en subrayar su carácter de fragmentariedad. Los objetos, animales y personas se revisten de una nueva forma cada vez que las actualizamos en nuestra consciencia....

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martes, 25 de marzo de 2014

Crítica de Nymphomaniac Lars Von Trier Vol 1


Nymphomaniac Vol 1. Lars Von Trier


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El director danés Lars Von Trier es experto en generar escándalo con sus películas. En su última cinta Nymphomaniac, el cineasta se muestra una vez más como un artista preocupado por mostrar una radiografía de la condición humana, más que por hacer alarde de sexo puro y duro. Esta obra en dos volúmenes versa sobre la adicción de una mujer llamada Joe (Charlotte Gainsbourg) quien luego de ser encontrada golpeada y abandonada en un callejón por Selligman (Stellan Skarsgard), empezará a contarle su escabrosa vida  sexual.

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La pesca


Lo que queda bien claro desde el inicio de este primer volumen de Nymphomaniac, es que la película nos quiere mostrar en palabras de su protagonista, como el deseo sexual humano es un asunto tan prosaico como prohibido. Joe, al comienzo del primer capítulo, El Pescador completo, empieza a recordar como desde su infancia, ya percibía el germen de la poderosa sexualidad que estaba esperando despertar en ella. Las referencias simbólicas, en este caso a la pesca y el cortejo, relata Joe, la llevarán a Jerome, a la temprana edad de quince años. Esta parte es particularmente metafórica por la asociación simbólica de la carnada como representación de la seducción.  


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Jerome


Jerome (Shia Le Beouf), hará la iniciación de Joe en el sexo. A lo largo de la narración, él será el motivo conductor y el eje de su deseo. Los reencuentros azarosos, acentuarán más el carácter de necesidad de verse y querer estar unidos. Jerome será el reto mayor de una mujer entregada a la ninfomanía con multitud de hombres, que sin embargo no llenan el vacío como Jerome logra hacerlo.



La señora H


En sus frecuentes relaciones íntimas Joe, conoce a un hombre casado. Jugando entre la figura del padre responsable y el amante diligente, finalmente, será descubierto por su esposa, la Señora H (Uma Thurrman), quien protagoniza un verdadero melodrama en presencia de los hijos del hombre casado.


El Delirio


Joe se dará cuenta poco a poco cómo el sexo, igual que cualquier droga lleva por sendas peligrosas. Ante el desmoronamiento interior, acude a buscar refugio en un grupo de ayuda, pero tras varias crisis de abstinencia, semejantes al delirium tremens de los alcohólicos, se da cuenta que huir de su propia naturaleza es poco menos que absurdo.


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La pequeña escuela de órgano


Con Nymphomaniac Von Trier demuestra aquí que es un maestro consumado del lenguaje cinematográfico, recurriendo a la metáfora nuevamente, de la música y sus componentes armónicos, melódicos y rítmicos, para representar la triada psicológica del deseo, dolor y amor, como pilares fundamentales de la vida de Joe. En esta parte, se cierra el primer volumen de Nymphomaniac, y el espectador queda con la intriga sobre el destino de Joe.


domingo, 23 de marzo de 2014

Crítica: Barry Lyndon de Stanley Kubrick, radiografía de una obra maestra

La célebre escena del juego de cartas con fondo musical de Schubert

Kubrick, el perfecccionista


Una de las peculiaridades de una obra maestra es que su sustancia imperecedera no se erosiona con el paso del tiempo. Esto sucede con Barry Lyndon de Stanley Kubrick. Cuando comenzó el rodaje de esta película, a mediados de los setentas, el director se encontraba metido de cabeza en la ingente documentación para su proyecto sobre Napoleón, que quedó finalmente trunco. Es sabido que la obsesión mayor del cineasta norteamericano, era convertir sus filmes en joyas de perfección inigualable. Por cierto, la música usada por Kubrick para 2001 Odisea en el Espacio fue la grabación de Karajan con la Filarmónica de Berlín. El director solía decir que no era necesario contratar compositores, teniendo en la historia de la música de Occidente tantos y tan buenos. Los acordes del Also Sprach Zarathustra de Richard Strauss, acentúan con justicia, la atmósfera nietzscheana perfecta para el dilatado amanecer de la razón humana. Esta semiótica —sea manida o no, de todos modos genial— marcó el trabajo de toda una generación de cineastas. La ambientación, vestuario y color histórico que Kubrick necesitó para revivir la obra de William Thackeray, Barry Lyndon, la tomó sin duda, de su guión para el desechado filme sobre el emperador corso.



Kubrick supervisando el rodaje de una escena de batalla

La historia de Barry Lyndon


El fondo de esta historia, es la Guerra de los Siete Años (1756-73). Inglaterra, Prusia y Hanóver, se aliaron contra Francia, Rusia, Suecia, España, Sajonia y Sicilia, junto a otras naciones, para reorganizar la geopolítica europea. El antihéroe, Redmond Barry, se enamora de su voluptuosa y sensual prima; también lo hace un capitán británico, que se convierte en su principal rival. Para cobrarse la afrenta, busca un duelo y creyendo muerto al oficial, escapa del pueblo con todo su capital: unas cuantas guineas de oro y su caballo, que le robarán luego dos bribones que saltean caminos. Decide enlistarse en los reales granaderos; luego, deserta y se une a los prusianos. Se vuelve espía, vividor, juerguista y tahúr. Hombre de marcado arribismo, consigue casarse con una noble quien tiene un hijo de su difunto esposo, quien ha heredado legítimamente el título. Barry se casa con la viuda y adquiere el apellido Lyndon; engendra con ella un hijo, esperanzado en que algún día este usurpe el linaje y saque su apellido de las sombras de la mediocridad. El huérfano y real heredero, conoce las intenciones de Barry, que solo desea el título y las garantías de su blasón; el muchacho le declara la guerra a muerte, mientras su padrastro lo azota repetidamente con una vara. Los sueños de Barry, terminan con la muerte de su primogénito, a consecuencia de la caída de un caballo. El heredero consigue destronar a Barry, tras retarlo a duelo y herirlo; Barry pierde una pierna y vuelve con su madre a terminar sus días como comenzó: solo, derrotado y pobre. En resumen: una gran fábula moral cargada de patetismo y humor negro.
  

Kubrick filma la pelea entre Barry y el soldado



Barry Lyndon: una obra maestra


Kubrick y John Alcott, su genial director de fotografía, abren la ventana a una época convulsa y fastuosa, con esta joya ambientada en pleno Siglo de las Luces. La luz riela entre las velas captadas por los teleobjetivos de gran apertura Zeiss de 50 mm, facilitados sospechosamente por la NASA, mientras Barry y la condesa se hacen miradas coquetas durante un juego de cartas. El encuadre de los duelos y batallas parecen sacados de pinturas de Gainsborough, Reynolds o Constable. Los trajes, pelucas y lunares falsos, se funden con el trío de Schubert, o la Sarabanda de Handel. Barry Lyndon, como las pinturas luminosas de Gainsborough o la simétrica música de Bach, es una de esas joyas imperecederas que la patina del tiempo continúa bruñendo por décadas. 





domingo, 9 de marzo de 2014

El Desencanto: poema In memoriam Leopoldo María Panero

                                 Leopoldo María Panero, posa sosteniendo la muerte entre sus manos

Es mejor ser breve cuando se habla de locura. Es un territorio distante, extraño e incómodo; es la prima hermana de la muerte. Leopoldo María Panero Blanc (1948-2014), vivió una vida procelosa, literaria hasta el hartazgo. Hijo de Leopoldo Panero (1906-1962) poeta oficial del régimen franquista y de Felicidad Blanc (1913-1990) una actriz y escritora malograda, viuda y cabeza de una familia decadente de la burguesía española, quien según Juan Luís Panero, el mayor de sus hijos, los desbarrancó por el precipicio de la locura y el desasosiego.

El Desencanto (1976) filme de Jaime Chávarri, muestra las miserias de los Panero-Blanc, así como la descomposición moral del conservadurismo familiar que fue opaco reflejo de un tiempo pasado de aparente esplendor. Trashumante de sanatorios mentales, la muerte consumió el fuego de la locura poética inextinguible, que era Panero. Queda una poesía que evoca el malditismo de los románticos y la desesperación que trajo consigo la modernidad, dicha en un tono de elegía desgarradora y admonitoria. No hay expresión de mayor humanidad que entonar un canto a la medida de nuestras miserias. Vaya este poema en su memoria.





          El desencanto

In memoriam L.M.P

Los pasillos hondos y cóncavos de este panóptico largo,
Profundo como una vagina oscura y platónica,
laberíntica geografía turbulenta de noches perdidas.
Los durmientes herrumbrosos, el sudario amarillento:
El poeta ha muerto
Su mirada torva libación de arsénico y ginebra
conocedora de las exhalaciones, de las lubricidades de la muerte tiñosa
rascándose desesperadamente como un perro
Esperando para dar su dentellada al cuello de caballo
exquisito terciopelo del poeta
el hijo dilecto del desprecio
el bastardo del obispo corrupto de báculo torcido
el casco de vaso roto en el último rincón de un prostíbulo
el filo inextricable del puñal de la conjura que caerá sobre algún pecho
en la hora de todas las resoluciones.
Ha dicho adiós a las largas cenas familiares masculladas
en la mesa servida solo para uno
porque allí donde no se comparte la cena no hay familia;
solo un hervidero de víboras,
un criadero de escorpiones
que ofrecen su festín de vidrio molido a los herederos.
Ha muerto el poeta como ya sabéis
Ha dejado escrito en su testamento
como última y expresa voluntad  un acto intransferible
que arrojen las cenizas por el retrete.

La mañana en que mamá echó los perros al río
era de plomo, igual que su alma.
Los mocasines descosidos
expiaban la agonía del padre.
La esterilidad.
El pueblo es cruel, sus corazones yertos
son los respiraderos de Satanás.
La mano que desciende las escalinatas de la muerte
y el llanto en nuestras manos rotas como un cáliz
los cigarrillos que se encienden con la colilla del otro.
La vida y sus diplomacias inútiles
Eufemismos, las gotas dulces en el café envenenado.
Nuestra dinastía poética, el blasón de los Wittelsbach
Nuestro fin será nuestro principio.