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domingo, 23 de marzo de 2014

Crítica: Barry Lyndon de Stanley Kubrick, radiografía de una obra maestra

La célebre escena del juego de cartas con fondo musical de Schubert

Kubrick, el perfecccionista


Una de las peculiaridades de una obra maestra es que su sustancia imperecedera no se erosiona con el paso del tiempo. Esto sucede con Barry Lyndon de Stanley Kubrick. Cuando comenzó el rodaje de esta película, a mediados de los setentas, el director se encontraba metido de cabeza en la ingente documentación para su proyecto sobre Napoleón, que quedó finalmente trunco. Es sabido que la obsesión mayor del cineasta norteamericano, era convertir sus filmes en joyas de perfección inigualable. Por cierto, la música usada por Kubrick para 2001 Odisea en el Espacio fue la grabación de Karajan con la Filarmónica de Berlín. El director solía decir que no era necesario contratar compositores, teniendo en la historia de la música de Occidente tantos y tan buenos. Los acordes del Also Sprach Zarathustra de Richard Strauss, acentúan con justicia, la atmósfera nietzscheana perfecta para el dilatado amanecer de la razón humana. Esta semiótica —sea manida o no, de todos modos genial— marcó el trabajo de toda una generación de cineastas. La ambientación, vestuario y color histórico que Kubrick necesitó para revivir la obra de William Thackeray, Barry Lyndon, la tomó sin duda, de su guión para el desechado filme sobre el emperador corso.



Kubrick supervisando el rodaje de una escena de batalla

La historia de Barry Lyndon


El fondo de esta historia, es la Guerra de los Siete Años (1756-73). Inglaterra, Prusia y Hanóver, se aliaron contra Francia, Rusia, Suecia, España, Sajonia y Sicilia, junto a otras naciones, para reorganizar la geopolítica europea. El antihéroe, Redmond Barry, se enamora de su voluptuosa y sensual prima; también lo hace un capitán británico, que se convierte en su principal rival. Para cobrarse la afrenta, busca un duelo y creyendo muerto al oficial, escapa del pueblo con todo su capital: unas cuantas guineas de oro y su caballo, que le robarán luego dos bribones que saltean caminos. Decide enlistarse en los reales granaderos; luego, deserta y se une a los prusianos. Se vuelve espía, vividor, juerguista y tahúr. Hombre de marcado arribismo, consigue casarse con una noble quien tiene un hijo de su difunto esposo, quien ha heredado legítimamente el título. Barry se casa con la viuda y adquiere el apellido Lyndon; engendra con ella un hijo, esperanzado en que algún día este usurpe el linaje y saque su apellido de las sombras de la mediocridad. El huérfano y real heredero, conoce las intenciones de Barry, que solo desea el título y las garantías de su blasón; el muchacho le declara la guerra a muerte, mientras su padrastro lo azota repetidamente con una vara. Los sueños de Barry, terminan con la muerte de su primogénito, a consecuencia de la caída de un caballo. El heredero consigue destronar a Barry, tras retarlo a duelo y herirlo; Barry pierde una pierna y vuelve con su madre a terminar sus días como comenzó: solo, derrotado y pobre. En resumen: una gran fábula moral cargada de patetismo y humor negro.
  

Kubrick filma la pelea entre Barry y el soldado



Barry Lyndon: una obra maestra


Kubrick y John Alcott, su genial director de fotografía, abren la ventana a una época convulsa y fastuosa, con esta joya ambientada en pleno Siglo de las Luces. La luz riela entre las velas captadas por los teleobjetivos de gran apertura Zeiss de 50 mm, facilitados sospechosamente por la NASA, mientras Barry y la condesa se hacen miradas coquetas durante un juego de cartas. El encuadre de los duelos y batallas parecen sacados de pinturas de Gainsborough, Reynolds o Constable. Los trajes, pelucas y lunares falsos, se funden con el trío de Schubert, o la Sarabanda de Handel. Barry Lyndon, como las pinturas luminosas de Gainsborough o la simétrica música de Bach, es una de esas joyas imperecederas que la patina del tiempo continúa bruñendo por décadas. 





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