Escritor por encargo

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jueves, 22 de mayo de 2014

Retrato de Glenn Gould



El pianista canadiense fue uno de los más grandes intérpretes del siglo XX. Niño genio, hipocondriaco, excéntrico y dueño de una técnica desconcertante, deleitó a los melómanos durante medio siglo. Gould que murió en 1982, fue uno de los cultores de la obra del Cantor de Leipzig, junto a otros insignes como  Wanda Landowska, Rosalyn Tureck o Ralph Kirkpatrick. Este breve texto es un homenaje a su arte.



                                                             Retrato de Glenn Gould

Sentado en un pequeño banco que amenaza con venirse al suelo, saca arpegios de prestidigitador bajo la manga, mientras zozobran trémolos los violines y resuellan los vientos de una novela para piano y orquesta, escrita por un músico sordo. Resuenan los timbales y se oyen clarines de guerra. Napoleón asedia Viena. El sordo alemán lucha contra los demonios de la armonía, mientras Glenn Gould, otro genio, batalla contra el caos. Cada nota está tan depurada, tan perfectamente redondeada como una piedra tallada por el mar, que la proeza de ejecutar el quinto concierto de Beethoven, parece incomparablemente más difícil que la magna tarea de su composición. Los músicos de la orquesta Sinfónica de Toronto seguramente están dando lo mejor de sí. Es una orquesta mediocre ante dos titanes: el compositor y el intérprete. Gould no parece esforzarse: se ha repetido cientos, miles, millares de veces la partitura en su mente. Conoce cada meandro, cada rendija, cada detalle hasta la obsesión. Tempos. Ritmos. Armonías. Sujetos y contrasujetos. Su estilo es una depurada perplejidad, un asombro interpretado de manera particular, ante la genialidad de aquel maestro que no escuchaba su propia música; sus gestos son contenidos —pueden parecer exagerados—, algo melodramáticos pero los contrarresta con su maestría técnica. Es algo semejante al choque de dos planetas, de dos montañas, de dos titanes que miden sus fuerzas mientras el universo contiene el aliento. Podría decirse que a Gould, ese genio los demás pianistas despreciaban porque sabían, era una fuerza de la naturaleza; un Mozart capaz de improvisar una fuga con los ojos cerrados, esperando que se toque la última nota para enseguida acometer un preludio o una fuga de Bach a seis voces, tarareándola, agitando su cabeza y sus largas manos de escultor en el silencio de su intimidad.
                                     Glenn Gould junto a Arthur Rubinstein, Nueva York,1969 

Somos demasiado buenos para ser como Gould. Ese loco que se ata al cuello bufandas y se pone sobretodo y sombrero y guantes en pleno verano. Somos demasiado elegantes y tenemos demasiado sentido del decoro, (se burlan) para evitar tararear la melodía, mientras el ingeniero de sonido aprieta los dientes rogando que se calle, para no arruinar la perfección del silencio que amenaza quebrarse detrás de ese ruido elaborado, hecho por las teclas al tocar las cuerdas del Steinway. Glenn solamente querrá encerrarse en su salón a tocar mientras su perro, echado en el suelo, mueve las orejas cuando su amo haga un rubato, justo en el momento en que el preludio de la partita en do menor se convierte en una majestuosa fuga. Su maestro, un chileno llamado Alberto Guerrero —solo es recordado por haber sido el mentor pianístico del genio canadiense— le enseñó a no dejar una mano peligrosamente sobre el teclado mientras la otra está tocando: «Alza esa mano, haz algo con ella muchacho, muévela o ponla encima de la pierna, pero no hagas notas en falso».

 Su característica manera de tocar, tan rabiosamente personal, justamente tenía que ver con sus manos. Las movía tanto como Stokowsky, Toscanini o Szell al dirigir la orquesta. Al respecto decía, que lo que sucedía entre ellas —su mano izquierda y derecha— no era asunto que le importase a alguien. A Goud el zumbido eléctrico de la radio le reconfortaba las noches en vela, en sus bloqueos frente a la interpretación de Beethoven o Bach. Como buen paranoico de tiempo completo aborrecía el contacto físico, que consideraba el medio perfecto para transmitir gérmenes —por eso  no daba la mano—; temía tanto esto como que le fracturaran las falanges esos tipos llenos de testosterona que quieren demostrar su fuerza apretando. Concedía largas entrevistas por teléfono y detestaba el cuarteto de Liverpool.

                  Carátula de la edición de Sony Classical con grabaciones de J.S.Bach


El genial muchacho tuvo sobre sus hombros el peso de Rachmaninov, de Horowitz, de Rubinstein, de Serkin, de Cortot, de Kempf, de Arrau —heredero de Krause, último alumno de Lizst—, de Hoffman, de Fischer, de Wild, de Curzon, de Paderewsky, de Schnabel: todos vivos y registrando las grandes obras de la literatura pianística en surcos de vinilo. Sin embargo no lo agobian esas estatuas, esos paquidermos que parecen esfinges recién sacadas de la arena milenaria. La lucha es contra sí mismo. Los fantasmas de la hipocondría, del calor, de la lluvia, del insomnio, de la gente y de los taxis amarillos de Nueva York (—Yo lo he visto en alguna parte; su rostro se me hace conocido —pregunta el taxista. —Soy músico, toco el piano —responde Gould pacientemente. —Ah, claro: ¿seguro usted es de los que se aburre tocando piezas de Chopin, mientras los ricos cenan en los restaurantes, no?); de los microorganismos, del cáncer, de los infartos cardiacos, de los derrames cerebrales, de la sordera beethoveniana como un fantasma irónico, a veces lo atormentan. Pero se olvida de todo eso. Feliz como un monje trapense antes de orar, se sienta ante el piano y la luz roja del estudio de grabación se enciende. Sonríe con las primeras frases; agita la mano izquierda como dirigiendo una orquesta invisible; canta y murmura la melodía siguiendo la música perfecta para corregirse y no perder su rumbo: no vaya ser que salga una nota falsa por primera y última vez en su vida. 









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