Escritor por encargo

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martes, 8 de julio de 2014

Kafka y Melville: los vasos comunicantes de la burocracia.



                                                             Franz Kafka y Herman Melville

Hay un texto que prefigura —o así parece— los laberintos insondables de las esferas del poder, sobre lo que luego Kafka escribiría. La clave del misterio de la literatura del genial escritor checo, radica justamente en la imposibilidad de alcanzar el centro mismo esa sustancia. Ya lo citaba magistralmente Benjamin, ese acerado lector, en su célebre texto sobre el escritor checo. Shuwalkin, un oscuro funcionario de la corte de Catalina II, resulta ser la clave para resolver un delicado problema burocrático. El anodino funcionario se ofrece para entrar a los aposentos de Potemkin, comandante del Ejército Imperial, amante y mano derecha de la zarina. ¿La razón? Conseguir la firma para aprobar no sé qué edicto que a causa de una crisis nerviosa, el omnipotente ministro no puede rubricar.

                            Benjamin como espeleólogo de las cavernas burocráticas con "Kafka"

Al entrar al lóbrego ambiente enrarecido de la habitación, Schuwalkin encuentra a Potemkin en estado catatónico. Pone los documentos frente a aquel hombre poderoso y enajenado, ofreciéndole tinta y pluma para la tarea; sorprendentemente, el ministro empieza a firmar cada uno de los infolios, de su puño y letra. Satisfecho por su hazaña, Schuwalkin se dirige al círculo que han formado los altos dignatarios de la corte imperial, que lo esperan con el corazón en la mano. Al pie de cada uno de los documentos, se puede leer un nombre, trazado por una mano temblorosa que se repite: «...Schuwalkin... ..Schuwalkin... ..Schuwalkin...» Éste, nos dice Benjamin, es como un heraldo que anticipa por dos siglos la figura de Kafka.

Hay otro personaje, que del mismo modo anticipa este tema del poder, como sucede con Kafka. Del mismo modo que en la Biblia pasa con el nombre del Mesías, en boca de los profetas del Antiguo Testamento, a mediados del siglo XIX, y en plena revolución industrial,  mientras las rudimentarias máquinas de producción a vapor arrebatan las horas a los obreros en el mundo civilizado, Herman Melville escribe un texto rabiosamente kafkiano. Su personaje es un funcionario oscuro, tanto, que renuncia a la comodidad de un departamento privado y opta por dormir en el mismo sitio de su trabajo. Pálido, pulcro y solitario. Estos adjetivos radiografían un perturbador carácter, ya demasiado inquietante para ser kafkiano. Bartleby, es un apacible escribiente que un día, ante una solicitud de su superior, contesta de manera educada «preferiría no hacerlo». Cuando su jefe, el narrador de la historia, le pide que se vaya, el escribiente impone una huelga negándose a dejar su habitación, que es el mismo sitio de trabajo. Finalmente morirá en la cárcel por inanición.



                            Anthony Perkins como Josef K. en El Proceso de Orson Welles (1962)

En el caso de  los personajes de Kafka, como los que atormentan a K. en su novela El Proceso, la imposibilidad de acceder al poder, se obra por medio de la palabra. K. sabrá —en el futuro hipotético de la narración— por qué se le está juzgando; Bartleby por su parte, como buen funcionario, callará las razones que terminan por acabar con su vida. Dos misteriosos textos, se enlazan ontológicamente y estructuran un pensamiento sobre el poder, en estos dos relatos magistrales. Los burócratas kafkianos parecen dirigir los actos de Bartleby El Escribiente, en el relato de Melville; en El Proceso de Kafka, los personajes parecen sacados del mismo perfil psiquiátrico de Bartleby. El escritor checo, nacido en una familia judía, es un escritor marginal de lengua alemana. En ella, paradójicamente, escribiría la totalidad de su obra. Aunque de seguro no pudo leer el relato de Melville, suponemos que por simple desconocimiento de la lengua de origen, tampoco sospecharía la existencia del reflejo especular de su obra, en ese breve relato de aquel oscuro escritor norteamericano. Esta correspondencia, nos parece un símbolo arcano; Bartleby El Escribiente es un relato que no deja de ser misteriosamente kafkiano. Es un delgado vaso comunicante sobre la burocracia en la historia de la literatura.    

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