Escritor por encargo

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escritores freelance

domingo, 31 de agosto de 2014

Una traducción: Fred Chappell, Mensaje (poema)




Fred Chappell (1936) es una de las voces más poderosas de la poesía contemporanea de los Estados Unidos. Siendo gran lector de los clásicos literarios latinos y griegos, así como de los pilares de la lírica moderna: Baudelaire, Rimbaud, Poe, Hawthorne, empieza a forjar su estética en la primera juventud. Poeta laureado, fue durante décadas profesor de la Universidad de Carolina del Norte. Chappell, alterna su labor poética con su carrera novelística, por la que ha obtenido premios importantes, como el concedido por la Academia Francesa por su novela "Dagon". A continuación, presentamos una traducción libre de su poema Message (Mensaje) originalmente escrito en inglés.


Mensaje        

              
Para D.S.
Verdad.
El primer ángel mensajero puede llegar
Puramente vestido en terror, la forma que toma
Una hoja de espada de energía insoportable, haciendo
Del aire que en él ha entrado una especia de ozono.
Y entonces, los locos inventarios. Cada fuerza
De la naturaleza, cada pequeño animal y hermosa ave,
Es culpable con persistencia. La lágrima de tristeza,
Enorme como una estrella lejana, invade
Nuestro pequeño sistema solar.

Irrelevante,
Tal enormidad: porque el hombre está solo
Y desnudo. Incluso las fínamente tenues radiaciones
De las estrellas merodeadoras le aplastan como troncos caídos.
Lo peor es, debe elegir entre tristezas
Aquella que más lo destruya.
Pero mira como todo
 Cambia en esta hora. Él asciende
A dimensiones reales de eventos, percibe con sus sentidos
Nuevamente envuelto en amplios horizontes desconocidos hasta ahora.
Él es transformado de la cabeza a los pies, de raíz primaria a estrella polar.
Él alienta un nuevo universo, el cegador remolino
Galaxias flotando a su alrededor y empezando a conversar.


viernes, 22 de agosto de 2014

La custodia y la vagina

Sobre la polémica exposición “Mujeres Ocultas”


«Y no te acercarás a una mujer
para descubrir su desnudez
durante su impureza menstrual».
Levítico, 18:19


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El arte verdadero no admite maniqueismos. Lo profano no es sino un sesgo moral en la apreciación estética. De hecho, en la historia del arte religioso occidental, lo profano ha nutrido el inconsciente semiótico del arte religioso. Esto resulta a veces paradójico por la inversión de términos. Como anécdota, la cruz fue un símbolo de escarnio en la Roma Imperial; los proscritos agonizaban a lo largo de las vías principales del imperio como advertencia a quienes se atrevieran a quebrantar la dura Lex Romana.

La presencia del eterno femenino en las religiones semíticas ha sido prácticamente anulada. Entendido el término como una fuerza vital inherente, que puede representarse de manera abstracta en la figura de la madre nutricia, así lo entienden los hindúes con las vacas sagradas en su religión; mientras que para las tres religiones monoteístas, Eva, la primera mujer, es la culpable de sembrar su semilla transgresora en el hombre.

El arte cristiano es una actualización de la estética grecorromana. Las representaciones pictóricas a imitación de los mosaicos griegos, en un pantocrátor del siglo VIII, hasta la Pietá de Miguel Ángel —sincretismo de las representaciones funerarias del arte clásico romano—: casi siempre el hombre, virtuoso en su sacrificio, es el centro de la representación del arte religioso cristiano. El papel de la mujer, como personaje secundario, débil y compasivo, ausente de la potencia del carácter masculino, acentúa la franca misoginia de las tres religiones monoteístas.

La mujer y el misterio evidente en su sexualidad, ese vórtice íntimo de múltiples relaciones de misterioso placer inmanente, siempre fértil y poderoso, tan ajeno a la limitada sexualidad del hombre, desde el Medioevo se ha constituido en némesis de las religiones. Ninguna religión permite la presencia impura de la mujer. Ni el judaísmo, ni sus religiones tributarias, cristianismo e islamismo, han considerado al cuerpo femenino un objeto digno de culto estético y teológico. La teología fue el recurso intelectual de la religión, su muleta racional contra la evidente demostración de la verdad biológica evidente en la potencialidad de dar vida, posible solamente para la naturaleza del eterno femenino.

La figura religiosa de la custodia, que tuvo su mayor esplendor en el arte del siglo XVI en Europa y en el barroco americano, tiene múltiples interpretaciones estéticas. En la teología las aristas del concepto simbólico no admiten diferentes modos de comprensión. Así el ostensorio o custodia, cumple la función de portar y resguardar el cuerpo de Cristo, tras el rito de la transubstanciación eucarística. Su forma somera, consiste en un viril —término ya lo suficientemente elocuente, que refiere a una figura fálica que constituye el cuerpo ontológico y central del artefacto— que hace las veces de pilar, junto a la corona concéntrica de oro o plata, que parece envolver la hostia con la luz del sol.

La simbología religiosa de los egipcios, que el Helenismo, tras la conquista de Alejandro Magno del mundo Mediterráneo llevó a Grecia, ha influido de forma poderosa y secreta en este objeto semiótico del que se vale el arte religioso católico para presentar a su deidad. Ra, el dios sol que irradia y ostenta la potencia de su plenitud sexual sobre el mundo, es metamorfoseado por la teología cristiana, en la figura de un dios generatriz, capaz de surgir ex nihilo y por causa sui, evocando a Spinoza, en un objeto que derroca los poderes telúricos de las primitivas diosas madres del paganismo. Ya se dijo al principio que no es posible buscar matices en el arte religioso: los judíos no representan un dios antropomorfo puesto que concebir un ente abstracto destruiría su esencia ontológica; tampoco los musulmanes pueden siquiera osar una figuración de Alá, so pena de la condenación eterna del entendimiento de dios o de la expulsión del paraíso a sus prosélitos, anhelantes del premio de las niñas vírgenes bañándose en ríos de leche y miel por la eternidad.

La imagen de una vagina, en lugar de la predecible presentia corporalis christi en el centro de la custodia, ha causado revuelo en un puñado de fanáticos religiosos en la tartufa y parroquial sociedad bogotana. La causa: una exposición sobre la subyugación de la mujer, a cargo de una artista plástica colombiana en el Museo Santa Clara, donde tiene sede una muestra permanente de arte religioso colonial.

Bajo el argumento de que las figuras del arte religioso no pueden equiparadas con órganos sexuales, se pretende cancelar la exposición. ¿Qué hubiera pasado si a Julio II se le hubiera ocurrido censurar a Miguel Ángel, ordenando cubrir el impúdico sexo de esa obra maestra sobre el rey David, porque sentía que se mancillaba su fe por un asunto tan baladí como la desnudez humana? Si la ostensión del cuerpo de un hombre martirizado —no el de una mujer, queda claro—, en el que se encarnó el mismísimo dios de forma misteriosa y asexuada, para salvar con su sacrificio de amor al género humano, es objeto de desprecio por los estultos seguidores de su credo espurio, es blasfemo, ¿qué otra redención le queda sino su exaltación por la belleza del arte?


Publicado también en Esferapública.org

miércoles, 20 de agosto de 2014

La ejecución de James Foley, un último segundo de dignidad.



La atroz ejecución del periodista James Foley

La muerte es sobrecogedora. El hecho de tenerla tangencialmente presente cada día en nuestras vidas, hace que su presencia nos cause fascinación, miedo o respeto, pero nunca nos deja indiferentes. Una de las formas de conjurar este temor intrínseco, grabado en nuestras células, es a través del arte: de la literatura, del cine, la pintura o el teatro, en fin. El reciente y brutal asesinato en Siria del periodista estadounidense James Foley, decapitado por terroristas del denominado Estado Islámico, nos mueve a hacer una reflexión sobre la dignidad; sobre las atrocidades cometidas por los hombres contra su propia condición humana.

En el video, que ha sido censurado por gran parte de las webs, dado su alto despliegue narrativo y técnico para aproximarnos al horror —recordando por momentos esos fake documentals, que suele premiar la Academia Americana durante su gala anual de los Premios Oscar—, un aterrorizado y estoico James Foley, vestido con un traje de presidiario color naranja, está de rodillas junto a su verdugo, que ataviado con un traje negro con capucha, también nos recuerda a esos ninjas de las malas películas americanas para pasar una aburrida tarde de domingo.

                               Un verdugo nazi apunta a su prisionero judío, segundos antes de ejecutarlo


Tras un breve mensaje a su familia por parte del periodista James Foley, el verdugo advierte al gobierno de Barack Obama que seguirán derramando sangre de ciudadanos estadounidenses, si los Estados Unidos se empeñan en bombardear el norte de Irak, para evitar así el avance del Estado Islámico hacia Kurdistan, so pretexto de una ayuda humanitaria. Luego, la cabeza de James Foley es cortada, del mismo modo que los sublevados franceses lo hicieran con las de Luis XVI y María Antonieta, durante la Revolución.


En el relato de Jorge Luís Borges, El Milagro Secreto, Jaromir Hladík, un escritor checo de origen judío que escribe una pieza teatral —en teoría inconclusa—, es fusilado por los nazis en el patio del cuartel de sus verdugos. Antes de morir, sin embargo, le pide a su creador que le otorgue tiempo para terminar la labor. El sentimiento de nulidad, de vacío, nos agobia y suspiramos. Esto solamente es válido por obra y gracia de la literatura. El lector sale indemne tras la lectura del aterrador cuento del genial narrador argentino. Sin embargo, en el caso de James Foley, quisiéramos estar asistiendo a la ejecución de una muerte falsa, una broma macabra de un documentalista tan genial como Borges, pero esto para vergüenza de la raza humana, no es así. 

miércoles, 13 de agosto de 2014

¿Existe la mala literatura?



J.K. Rowling y Gabriel García Márquez

Marguerite Yourcenar, confiesa haber gastado cerca de tres décadas, para pulir ese impresionante fresco en que una voz narra en primera persona las vicisitudes del emperador Adriano. Teniendo en mente esto, recobro ahora el verbo emitido por un editor durante una charla al vuelo, durante la pasada Feria del Libro de Bogotá. Hablando sobre los siete años invertidos en la escritura de una novela inconclusa aun, al contertulio le dio la impresión de que estaba relamiéndome.

Así, si un escritor es coherente con su obra y sopesa cada frase, diálogo y escena, comparándolas desdeñosamente con las de obras maestras como el Adriano, En busca del tiempo perdido o el Ulises, dos o tres lustros no parecerían gran cosa. Pese a esto, algunas veces con asombro, pueden verse espectáculos absurdos de novelas mal escritas, sin un asunto profundo y con personajes planos y en escenas tan rebosantes de monotonía que riñen con el tedio de una tarde de reunión familiar, que resultan premiadas por un jurado de élite. Entonces surge la pregunta ¿Somos lectores ingenuos y sin criterio para ver más allá del canon, o ha caído la literatura de nuestro tiempo en el absurdo de la «nueva estética de la posmodernidad»?  

En un tiempo donde Harry Potter, con sus casi mil páginas, acapara millones de lectores, y pocas personas se atreven a leer el Ulises de Joyce bajo la excusa de falta de tiempo, revaluar no la ausencia de calidad, sino la percepción de los lectores acerca de qué es una verdadera obra literaria, es el quid del asunto. La mala literatura podría abarcar desde las novelas de folletín, la poesía política, los panfletos fundamentalistas de los activistas ecológicos, la autobiografía de personajes de farándula y la política, hasta poemarios escritos a vuela pluma y publicados bajo la égida de los editores nepotistas.    


                                        Vargas Llosa firma ejemplares de El Héroe Discreto

No siempre la buena literatura es tan honesta como puede llegar a serlo la mala. Una historia desgarradora de un secuestro real, puede llegar a conmover mucho más que el envenenamiento de la señora Bovary o la muerte de Anna Karenina, que acaba con sus días arrojándose al paso del tren. La no ficción, esa literatura más honesta porque es real, comparada con la literatura de ficción, puede ser para muchos carente de sentido. También, la saga de Harry Potter aunque esté escrita ciñéndose a las normas preceptivas literarias, es desde luego, literatura, aunque diste mucho de la hondura simbólica y la invención de un metalenguaje propio como Alicia en el país de las Maravillas o El Quijote. ¿Esto constituye un argumento en su contra o a su favor?


Aquí, del mismo modo que en cualquier otra pasión la vida, existen tirios y troyanos, güelfos y gibelinos, que podrán optar por una u otra alternativa. El facilismo, entendido como la recurrencia a lugares comunes, la vulgaridad léxica, el abuso de los elementos vulgares, la falta de imaginación y de estilo, es condenable donde quiera que se encuentre, sobre todo en la literatura actual. Con solaz y fruición, con la satisfacción y el regocijo de los estetas, cuando un lector encuentra obras maestras como los cuentos de Juan Rulfo o Sergio Pitol, los ensayos de Borges, la poesía de Octavio Paz, Kavafis o Pessoa; las novelas de Proust, Thomas Mann, Joyce, García Márquez o Javier Marías, serán bien recibidos por los lectores que gustan de la literatura labrada como el buen vino, no perecedera, esa que en vez de empobrecerse, se potencia con el paso del tiempo.