Escritor por encargo

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viernes, 22 de agosto de 2014

La custodia y la vagina

Sobre la polémica exposición “Mujeres Ocultas”


«Y no te acercarás a una mujer
para descubrir su desnudez
durante su impureza menstrual».
Levítico, 18:19


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El arte verdadero no admite maniqueismos. Lo profano no es sino un sesgo moral en la apreciación estética. De hecho, en la historia del arte religioso occidental, lo profano ha nutrido el inconsciente semiótico del arte religioso. Esto resulta a veces paradójico por la inversión de términos. Como anécdota, la cruz fue un símbolo de escarnio en la Roma Imperial; los proscritos agonizaban a lo largo de las vías principales del imperio como advertencia a quienes se atrevieran a quebrantar la dura Lex Romana.

La presencia del eterno femenino en las religiones semíticas ha sido prácticamente anulada. Entendido el término como una fuerza vital inherente, que puede representarse de manera abstracta en la figura de la madre nutricia, así lo entienden los hindúes con las vacas sagradas en su religión; mientras que para las tres religiones monoteístas, Eva, la primera mujer, es la culpable de sembrar su semilla transgresora en el hombre.

El arte cristiano es una actualización de la estética grecorromana. Las representaciones pictóricas a imitación de los mosaicos griegos, en un pantocrátor del siglo VIII, hasta la Pietá de Miguel Ángel —sincretismo de las representaciones funerarias del arte clásico romano—: casi siempre el hombre, virtuoso en su sacrificio, es el centro de la representación del arte religioso cristiano. El papel de la mujer, como personaje secundario, débil y compasivo, ausente de la potencia del carácter masculino, acentúa la franca misoginia de las tres religiones monoteístas.

La mujer y el misterio evidente en su sexualidad, ese vórtice íntimo de múltiples relaciones de misterioso placer inmanente, siempre fértil y poderoso, tan ajeno a la limitada sexualidad del hombre, desde el Medioevo se ha constituido en némesis de las religiones. Ninguna religión permite la presencia impura de la mujer. Ni el judaísmo, ni sus religiones tributarias, cristianismo e islamismo, han considerado al cuerpo femenino un objeto digno de culto estético y teológico. La teología fue el recurso intelectual de la religión, su muleta racional contra la evidente demostración de la verdad biológica evidente en la potencialidad de dar vida, posible solamente para la naturaleza del eterno femenino.

La figura religiosa de la custodia, que tuvo su mayor esplendor en el arte del siglo XVI en Europa y en el barroco americano, tiene múltiples interpretaciones estéticas. En la teología las aristas del concepto simbólico no admiten diferentes modos de comprensión. Así el ostensorio o custodia, cumple la función de portar y resguardar el cuerpo de Cristo, tras el rito de la transubstanciación eucarística. Su forma somera, consiste en un viril —término ya lo suficientemente elocuente, que refiere a una figura fálica que constituye el cuerpo ontológico y central del artefacto— que hace las veces de pilar, junto a la corona concéntrica de oro o plata, que parece envolver la hostia con la luz del sol.

La simbología religiosa de los egipcios, que el Helenismo, tras la conquista de Alejandro Magno del mundo Mediterráneo llevó a Grecia, ha influido de forma poderosa y secreta en este objeto semiótico del que se vale el arte religioso católico para presentar a su deidad. Ra, el dios sol que irradia y ostenta la potencia de su plenitud sexual sobre el mundo, es metamorfoseado por la teología cristiana, en la figura de un dios generatriz, capaz de surgir ex nihilo y por causa sui, evocando a Spinoza, en un objeto que derroca los poderes telúricos de las primitivas diosas madres del paganismo. Ya se dijo al principio que no es posible buscar matices en el arte religioso: los judíos no representan un dios antropomorfo puesto que concebir un ente abstracto destruiría su esencia ontológica; tampoco los musulmanes pueden siquiera osar una figuración de Alá, so pena de la condenación eterna del entendimiento de dios o de la expulsión del paraíso a sus prosélitos, anhelantes del premio de las niñas vírgenes bañándose en ríos de leche y miel por la eternidad.

La imagen de una vagina, en lugar de la predecible presentia corporalis christi en el centro de la custodia, ha causado revuelo en un puñado de fanáticos religiosos en la tartufa y parroquial sociedad bogotana. La causa: una exposición sobre la subyugación de la mujer, a cargo de una artista plástica colombiana en el Museo Santa Clara, donde tiene sede una muestra permanente de arte religioso colonial.

Bajo el argumento de que las figuras del arte religioso no pueden equiparadas con órganos sexuales, se pretende cancelar la exposición. ¿Qué hubiera pasado si a Julio II se le hubiera ocurrido censurar a Miguel Ángel, ordenando cubrir el impúdico sexo de esa obra maestra sobre el rey David, porque sentía que se mancillaba su fe por un asunto tan baladí como la desnudez humana? Si la ostensión del cuerpo de un hombre martirizado —no el de una mujer, queda claro—, en el que se encarnó el mismísimo dios de forma misteriosa y asexuada, para salvar con su sacrificio de amor al género humano, es objeto de desprecio por los estultos seguidores de su credo espurio, es blasfemo, ¿qué otra redención le queda sino su exaltación por la belleza del arte?


Publicado también en Esferapública.org

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