Escritor por encargo

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jueves, 11 de septiembre de 2014

11 de septiembre: el horror como espectáculo de nuestro tiempo


                                       Secuencia del impacto sobre la torre norte del WTC


El 11 de septiembre de 2001 hasta poco antes de las nueve, fue una mañana convulsa como cualquiera otra en la tumultuosa ciudad de Nueva York. Mientras tanto, los ciudadanos de Bagdad, a esa misma hora, se dirigían a las mezquitas y los muecines llamaban a la oración desde los minaretes: «En el nombre de Dios el Clemente, el misericordioso», entonaban, con esa línea melódica, tan semejante a la del cante jondo flamenco.

El tiempo y la muerte, son simultáneos; la relatividad de Einstein no pudo ser mejor ejemplificada como aquel día. A las 8.46 de la mañana, un avión, el vuelo 11 de American Airlines se estrelló contra la torre norte del World Trade Center. En esa sizigia —esa alineación cíclica planetaria, que sucedes pocas veces, como espectáculo o espanto, según se mire— de la explosión del avión al chocar contra la torre, como en el Tarot, en una inmensa y reluciente tea, alguien en Oriente Medio recita la sura de la Luz, profetizando inconscientemente una lluvia de fuego sobre la capital iraquí: 

«Alá es la Luz de los cielos y de la tierra. Su Luz es comparable a una hornacina en la que hay un pabilo encendido. El pabilo está en un recipiente de vidrio, que es como si fuera una estrella fulgurante. Se enciende de un árbol bendito, un olivo, que no es del Oriente ni del Occidente, y cuyo aceite casi alumbra aun sin haber sido tocado por el fuego.»


El horror es fulgurante, estruendoso, mediático, fugaz y feroz; desconcierta a todos quienes asisten al espectáculo del apocalipsis en vivo y en directo. El mundo parece empezar a estallar en Nueva York, como si las torres fueran volcanes en erupción que lanzan su lava ardiente a todos los confines del planeta. Dieciséis minutos más tarde, el segundo avión, se estrellará contra la torre sur, como corolario de horror al holocausto con que un puñado de fanáticos de Oriente escarmentaba a un Occidente pagano. Esta sería la primera cuota de fuego y sangre, de un periodo de tribulaciones y horrores, que el segundo milenio destinaba como aperitivo de hiel a la humanidad: grupos fundamentalistas islámicos con ambiciones políticas, haciendo estallar aviones como torpedos contra torres y decapitando rehenes, todo en tiempo real y a través de la red mundial de comunicaciones.  

                                                       Bombardeos sobre Bagdad en 2003

¿En qué punto los límites éticos se subvirtieron y la emisión en vivo de un atentado terrorista espontaneo, puede terminar convirtiendo en cómplices a los periodistas? Es un límite brumoso, vago y ambivalente. La muerte de tres mil personas en un infierno desatado al interior de las torres y los aviones, muchas saltando desde cientos de metros de altura agitando sus brazos como pájaros con las alas quebradas, convierte a los espectadores y reporteros, en observadores de un performance surrealista. No es posible hacer otra cosa que indignarse, o en el más aberrante de los casos, disfrutar.
Karlheinz Stockhausen, compositor serialista alemán, dijo sobre el atentado: «es la mayor obra de arte de todos los tiempos». Luego aclararía, para no ser tan políticamente incorrecto, que «era la mayor obra de arte de Lucifer, el ángel caído encarnación de la destrucción».

Sin embargo, a través de la historia del arte, los genios han cantado a las fuerzas de la devastación, a los poderes inconmensurables de la muerte y la aniquilación. Si para hacer arte se requiriera de un código moral, es decir, omitir la atrocidad de la condición humana alzada en contra de sí misma, no existirían el Triunfo de la Muerte de Brueghel, el Guernica de Picasso, el Requiem de Guerra de Britten, Hiroshima Mon Amour de Resnais, Vida y destino de Vassili Grossman o la Trilogía de Auschwitz  de Primo Levi. Tal como a principios de siglo, la Gran Guerra abrió paso a una visión aniquilatoria pletórica de crueldad y horror, liberando al arte de su visión naive de la Belle Epoque, para dar carta de ciudadanía al arte con nuevas formas de expresión alejadas del canon clásico del equilibrio y proporción, el 9/11 abrió una brecha estética hacia lo grotesco, lo absurdo, lo banal y visceral, que subvierte el propio sentido ontológico de la estética, llevando a los límites a la razón. Es justamente ese momento el que estamos viviendo ahora. Algunos críticos lo llaman “estética de la posmodernidad”.   


                                                           Ruinas del WTC tras los atentados



Uno de los símbolos del esplendor de la antigua Roma del Norte, ahora no es otra cosa que unos restos monumentales, como los de una catedral sumergida. Las fotografías de aquel día recogen la devastación. La poesía de las ruinas, de las que habló Octavio Paz, es característica subyacente a los productos del progreso erigidos por la mano del hombre. Al ver lo que queda de ellas, desde un lugar en el futuro, el esplendor de su pasado solo puede apreciarse en el florecimiento de la hiedra en sus despojos. Ahora, en tiempos en que la historia parece enceguecida por su propio estallido, el presidente Obama, ha declarado su intención de bombardear y degradar el Estado Islámico, una de las facciones yihadistas derivadas de Al Qaeda. Occidente pretende otra vez en insitir en que la aniquilación de esta hidra de cien cabezas sea meramente militar y no filosófica; puesto que no es sino una más, de tantas taras genéticas de una religión que se niega a hacer crítica de un dogma religioso medieval y tribal.

 La razón fundamental de esta nueva arremetida sin duda es producto del espectáculo del horror transmitido en alta definición y en directo. Sean un par de periodistas, muertos por decapitación a cuchillo en medio del desierto o miles de personas inmoladas en dos inmensos hornos de metal y acero, la exaltación de la barbarie ya hace parte de nuestras vidas. Esta parece ser, ni más ni menos, que una actualización de parte y parte, de los atroces relatos bíblicos, como en el que Caín mata a Abel o David a Goliat, para hacer apología a la lucha de civilizaciones como vehículo para enaltecer a sus dioses. El tiempo de la historia al parecer, como pensaba Nietzsche, es cíclico,  interminable y atómico. Nuestra civilización puede colapsar en el momento menos pensado; cuando la paranoia de los poderosos bajo una hipotética amenaza, desaten ataques preventivos internacionales. O lo peor de todo: cuando un grupúsculo de fanáticos consideren necesario hacerlo contra civiles inocentes. 




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