Escritor por encargo

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domingo, 23 de noviembre de 2014

Crítica de Interestelar: «rabia, rabia por la agonía... de la música»


                                                          Fotograma de Interestellar (2014)

El planeta Tierra es parte de un paisaje apocalíptico. El único cultivo viable es el maíz y una asfixiante nube de polvo lo cubre todo. Cooper, un antiguo piloto de pruebas, ahora granjero, es llevado por su hija, como representando la figura del destino, a los cuarteles secretos de la Nasa. Su misión consiste en buscar un planeta que pueda ser colonizado, adentrándose en las desconocidas fuerzas de un agujero de gusano. Se despide de su hija, dejándole como recuerdo un reloj, que medirá el transcurso del tiempo durante su viaje por el bucle temporal cerca a la velocidad de la luz. Su llegada a un planeta hostil, donde las olas alcanzan el tamaño de montañas, será el preludio trágico a esta Odisea (no es gratuita esa evocación inicial del tema del Zaratustra de Strauss mientras Cooper mira por la ventana los maizales arrasados, es una evidencia del homenaje a Kubrick).

Los Nolan usan todos los recursos de su arte narrativo para mostrarnos el desasosiego ante la vastedad, la infinitud en la boca de la garganta del cosmos. Michael Caine, un veterano científico que pretende salvar la humanidad con su tesis de que es posible el retorno por el bucle temporal del agujero de gusano, va guiando el viaje hacia la nada de los precursores del viaje temporal. Justamente antes de entrar al horizonte de las ultimidades, antes de ver el vació de la singularidad, recita un poema de Dylan Thomas:

No entres dócilmente en esa noche quieta.
La vejez debería delirar y arder cuando se cierra el día;
Rabia, rabia, contra la agonía de la luz.
Aunque los sabios al morir entiendan que la tiniebla es justa,
porque sus palabras no ensartaron relámpagos
no entran dócilmente en esa noche quieta.
Los buenos, que tras la última inquietud lloran por ese brillo
con que sus actos frágiles pudieron danzar en una bahía verde
rabian, rabian contra la agonía de la luz.
Los locos que atraparon y cantaron al sol en su carrera
y aprenden, ya muy tarde, que llenaron de pena su camino
no entran dócilmente en esa noche quieta.
Los solemnes, cercanos a la muerte, que ven con mirada deslumbrante
cuánto los ojos ciegos pudieron alegrarse y arder como meteoros
rabian, rabian contra la agonía de la luz.
Y tú mi padre, allí, en tu triste apogeo
maldice, bendice, que yo ahora imploro con la vehemencia de tus lágrimas.
No entres dócilmente en esa noche quieta.
rabia, rabia contra la agonía de la luz.




                                                Secuencia del viaje al agujero de gusano


El personaje enfatiza en el significado del sentimiento de no poder hacer nada ante las fuerzas ocultas de la Naturaleza: «Rabia, rabia ante la agonía de la luz», dice a la tripulación abrumada por el desasosiego, la curiosidad infantil y el horror creciente. Un robot, que es algo así como el simbolismo de la razón como artefacto, un estilizado monolito del inicio de 2001 pero dotado de inteligencia sarcástica, le da desfogue a las partes más dramáticas.  Al fin todo va mal. Un maquiavélico científico criogenizado en un planeta satélite, el Dr. Mann, quiere apropiarse del mando de la misión. Tras volar en átomos Mann (Damon) solamente quedan Cooper (McConaughey) y Brand (Hathaway). Cooper decide emprender el retorno a la tierra a través del agujero de gusano dejando a Brand varada en un planetoide. En este punto converge el desenlace con el de Kubrick. Vértigo. Fusión de fotogramas fundidos con lo abstruso traducido al cine: un pasaje prácticamente idéntico al de la secuencia del agujero de gusano en Contacto de Robert Zemeckis (1997).


Cooper recobra el sentido en una quinta dimensión paralela. Desde allí puede ver a su hija, oculto tras la biblioteca, en su rol de fantasma. Por medio de clave morse con el segundero del reloj, consigue enviar el mensaje a su hija y ser rescatado en un planeta cercano a Saturno donde el tiempo y el espacio se dilatan. El virtuosismo técnico de la escena del juego de beisbol, con la pelota haciendo una parábola infinita, es magistral. Resumiendo, Interestellar es un despliegue de técnica cinematográfica y grandes actuaciones. Bajo el riesgo de hacer el ridículo con un tema como la ciencia ficción, los Nolan salen avantes. Por momentos emula al Árbol de la vida de Mallick (2011) en la épica fotográfica. Sin embargo una de las debilidades del filme es ese intento de abarcarlo todo, sin decir nada. Melodrama. Poesía. Ciencia. Épica homérica. La ausencia del apoyo musical (con un insípido Hans Zimmer tras la batuta) le resta potencia al discurso; —Kubrick solía decir que para qué contratar compositores, teniendo a su servicio a Beethoven, Richard y Johann Strauss o Schubert— además cualquier buen cineasta sabe que sin este instrumento, la piedra del aburrimiento entra fácil en el zapato. Interestellar es buena película, aunque sin duda, jamás pueda igualar a la monumental Odisea en el espacio.



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