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lunes, 24 de noviembre de 2014

Tolstoi y Dostoievsky: dos osos dentro de un mismo cubil



                                                     Lev Tolstoi y Fiodor Dostoievksy

Corre el año de 1910. Un nuevo siglo terminaba su primera década. La imagen en movimiento, parecía amenazar el largo imperio de las letras. El último pope de la literatura rusa, Lev Tolstoi, agoniza en una estación de tren. Luego de escribir Guerra y Paz, Ana Karenina y Resurrección, el autor empieza un proceso de introspección; el mundo parece tomar otro cariz para el genio. Hasta ese momento, Tolstoi ha sido un terrateniente, un aristócrata, un mujeriego, un hombre mundano. La noche que pasará a la historia como la noche de Arzamas, todo cambia. Un incidente menor, como casi siempre sucede con los grandes incidentes de la vida, desencadena una reacción mayor, un cataclismo. El conde Tolstoi ve en la prensa un anuncio de venta de una propiedad. En su diario escribirá —una vez más la literatura efectuando su metástasis sobre la vida—, acerca de sus pretensiones de hacer un viaje  para comprar una tierra rica en maderas y así sacar provecho de la tontería de algún paisano ignorante, haciendo de manera inconsciente, casi una síntesis de su magistral relato Cuánta tierra necesita un hombre. Esa noche de 1869, cuando pernocta en una pensión de Arzamas, en el hondo silencio de la madrugada desciende a las profundidades abisales de su alma. La sombra de la muerte le aterra. «Sigo vivo», piensa. Es el hombre más famoso de Rusia, por encima del zar mismo; es un hombre rico y un escritor a la altura de Homero o Shakespeare —a quien aborrece— y ya está hastiado de todo aquello. Renunciará a todo: a sus tierras, su poder, sus campesinos, su figura mítica, para ir a morir de neumonía a una estación, a medio camino de ninguna parte. Dentro de los pocos objetos personales hallados tras su muerte, en un cuartucho cedido por el conserje de Astapovo, solamente habían dos libros: La Biblia y Los Hermanos Karamázov.

Tolstoi junto a Gorki

Gogol dijo que Tolstoi y dios eran dos osos dentro de un mismo cubil. Pero a Dios, el gionista que dictó La Biblia a sus escribas, a la manera de los relatos de Dumas, por entregas el mundo y la literatura poco le interesan. Sin embargo, Tolstoi creía en dios, tanto, como en el genio de su contemporáneo y rival: Fiodor Dostoievsky. ¿Qué podría tener en común, el hombre de barba larga con aspecto de yurodivi, de loco santo, que en la gran madre Rusia era digno de veneración, con el epiléptico de barba rala y mirada reflexiva, que llevó el realismo psicológico a tan altas cimas del arte? Esto es la literatura como redención, como aniquilación única y definitiva de la muerte. Ese encuentro aterrador que Dostoievsky había vivido en carne propia con la muerte, durante ese largo preludio a su Viaje de Invierno, como en la obra de Schubert, en ese sainete macabro del destino representado en la parodia de un fusilamiento, anulado por un edicto del zar antes de ejecutar la orden de fuego.


Temer a la muerte es temer a la contingencia natural, a la nulidad de la inmanencia de las potencialidades propias, a la extinción de todas las posibilidades; el temor a no poder lanzar esa semilla de belleza en el alma de los hombres. «El hombre teme la muerte porque ama la vida», escribe en su obra maestra Los Hermanos Karamazov, donde uno de sus hijos terminará arrebatándole la vida a Fiodor, su padre —reflejo especular del crimen de su progenitor, al parecer a manos de sus siervos—; el hijo bastardo, fruto de una denigrante relación con una deficiente mental, termina por vencerlo.

Si alguna relación puede existir entre Tolstoi y Dostoievsky, que como dos soles de un mismo planeta intentan anular su brillo mutuamente, es su análisis de la muerte como tema humano. Esa noche de Arzamas Tolstoi se sintió anegado por la muerte, igual que Iván Illich; vio abolidos sus poderes creadores en ese inmenso abismo, donde es ínfima toda vanidad humana. Dostoievsky llevó el cáliz de la muerte a sus labios, antes de entrar como prisionero al campo de trabajos forzados, durante un lustro, donde conoció la agonía de la cárcel en la casa de los muertos vivientes.

El arte de Tolstoi y Dostoievsky no puede ser mensurado por otro rasero diferente a sí mismo. Freud ya lo había dejado claro al analizar los Karamazov en su texto, Dostoievsky y el Parricidio: «Por lo que al poeta se refiere, no hay lugar a dudas. Tiene su puesto poco detrás de Shakespeare. Los Hermanos Karamazov la novela más acabada que jamás se haya escrito, y el episodio del gran inquisidor es una de las cimas de la literatura mundial. Por desgracia, el análisis tiene que rendir las armas ante el problema del poeta». Los picos y abismos de la condición humana están allí plasmados de forma única.

Tolstoi nos acerca al fenómeno de la muerte, propia y universal, a través del prisma de sus personajes. Iván Illich, el funcionario poderoso que se extingue como una vela ante la tempestad próxima; Anna Karenina, la mujer veleidosa y superflua, que prefiere acabar con su vida arrojándose al tren antes de tolerar que ha sido traicionada. ¿Qué podríamos decir de este tema en la obra de Dostoievsky, que no sea evidenciar una continua reverberación en la sicología de sus personajes a través de la futilidad de sus actos? Por ello no es gratuito que Raskolnikov primero cometa su crimen, aproximándose a la majestad abyecta del acto de matar a otro ser humano, para luego, expiar su culpa lentamente en su mente, hasta ese desenlace final donde encontrará la redención. George Steiner ha escrito en su libro Tolstoi o Dostoievsky, que no es posible elegir entre uno de los dos genios, sin que el lector se vea disminuido.

                                                         Cuaderno de notas de Dostoievsky


Hay un final característico en los personajes de Tolstoi. Huyen de sí mismos, pero terminan en su huida, encontrándose con la muerte. La redención final de la vida del autor fue huir de sí mismo y redimirse con la muerte. En Dostoievsky, el nihilismo está representado en las vidas anodinas, desesperadas y trágicas de sus personajes. Raskolnikov ante el peso de la moral, termina confesando su crimen y al final será redimido por el amor. En Los Demonios, Verjovenski representa la nulidad del alma ante los fanatismos; Stavroguin la vida sin alicientes, sin amor, sin esperanzas, tan parecida a la muerte. Ambos, Tolstoi y Dostoievsky, consiguen redimir sus vidas, al final y solamente, por medio de su arte.  

Como compartiendo ese sentimiento impotente, Tolstoi escribe un cuento que parece inspirado en la vida de Dostoievsky. Dios conoce la verdad pero la dice cuando quiere. Un hombre inocente es condenado a pasar media vida en la cárcel, por un crimen que él no comete. Allí conocerá a su victimario, quien lo amenaza de muerte si lo delata ante el carcelero. Antes de redimirse morirá. Dostoievsky, llevado por la pasión socialista como miembro de la intelligentsia del XIX contra la opresión del zarismo, es encarcelado por rebelión y condenado a ser fusilado. La agonía, tanto en la ficción como en la realidad, se dilata en la expectación de la libertad del espíritu sobre esta cárcel del cuerpo, del mundo concreto. El personaje del relato de Tolstoi espera paciente su dolorosa redención, agonizando en vida tras las rejas; Dostoievsky consume un lustro de su juventud, en la larga agonía de un abyecto purgatorio donde la condición humana se palpa descarnada; así fragua su genio y redime sus pecados a través del arte.

Para Maximo Gorki, dios y el autor de Guerra y Paz, eran dos osos viviendo dentro de un mismo cubil. Es mejor decir que Dostoievsky, más real y humano, que esa enjuta entelequia, el demiurgo de un mundo cada vez más brutal y feroz, bien puede convivir hoscamente dentro de la misma cueva, con aquel viejo ogro sabio.






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