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jueves, 11 de diciembre de 2014

Reseña: Lo que no tiene nombre de Piedad Bonnett


                                                      Piedad Bonnett, escritora colombiana

Narrar desde el dolor y hacerlo desde lo más profundo. Hay que ser valiente. Piedad Bonnett abre su corazón, deja entrever una rendija de luz hacia su alma despedazada. Lo que no tiene nombre es el título de su último libro, cuyo tema es tan escabroso, que su carácter ominoso hace de el prácticamente un tabú. Daniel, su hijo, decide en un momento de dura lucidez, atravesando las cenagosas aguas de su enfermedad mental, tomar la decisión definitiva. En Nueva York donde el libro tiene su eje principal de acción, el joven se encuentra en una encrucijada que le pone la vida por delante. En este momento, parece inevitable no pensar en el Mito de Sísifo, ese preclaro texto de Camus sobre la autoeliminación: «No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio —dice al comienzo—. Juzgar si la vida vale o no vale la pena de vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía».

(Óleo) obra de Daniel Segura Bonnett. Derechos de autor reservados. 


En adelante, la autora, madre del personaje principal de la historia (es una lástima que no exista en nuestra lengua castellana, tan rica, una palabra para definir la orfandad en la que queda el padre sin su hijo) se verá bombardeada por una sucesión de recuerdos: objetos, pinturas, libros, ropa, fotografías, fragmentos de escenas, frases, diálogos inconexos, citas literarias y musicales, para poder armar el rompecabezas que el dolor ya ha hecho trizas, obligándolo a lanzarse desde el sexto piso de un apartamento neoyorkino.

Pese a que esta literatura —llamémosla con un feo adjetivo: «doliente»—, ha dado una buena cantidad de libros, que podrían mencionarse en orden de aparición en las letras colombianas contemporáneas, desde El Desbarrancadero, deslumbrante ejercicio de exorcismo literario de un dolor irónico, feroz y cáustico del que hace gala magistralmente Fernando Vallejo, pasando por El Olvido que seremos de Abad Faciolince, anécdota en estilo de crónica sobre el crimen de su padre, pareciendo más preocupado por conmover con adjetivos y escenas desgarradoras, que por hacer un homenaje literario a la figura del padre ausente, para llegar, finalmente a La Luz difícil de Tomás Gonzales, que se emparenta en este sentido con el libro de Bonnett, ninguno consigue el efecto demoledor de lo auténticamente literario que tiene el primero.

                             Lápiz sobre papel. Obra de Daniel Segura Bonnett. Derechos reservados
                                               Fuente: http://danielsegurabonnett.blogspot.com


Desprenderse del dolor que corroe, haciendo un ejercicio de reducción al absurdo o en el más explicito símil, de cremación de ese sentimiento negativo por el ausente, es una tarea que unos pocos grandes: Tolstoi, Ajmátova, Primo Levi, Celan y por qué no, Fernando Vallejo, consiguen hacer sin que el lector se sienta incómodo. Se tiene un ligero sentimiento de culpa al reconocer que la enfermedad mental —una vez más Camus, quien escribe que el suicida prepara en su corazón su acto como cualquier artista su obra, sintiéndose minado por un sentimiento, y a su vez, dejando minados a quienes abandona— es un fenómeno inmanente en nuestra época; latente del otro lado de la pared o en la puerta de al lado, y al que muchas veces damos la espalda. Quizá lo primero que se venga a la mente de muchos al terminar el texto, es que el fantasma de la locura y su sombra de tragedia, pareciera estar también leyendo por encima de nuestro hombro. 

Obras con derechos de propiedad (Fuente): http://danielsegurabonnett.blogspot.com

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