Escritor por encargo

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escritores freelance

martes, 27 de enero de 2015

Auschwitz: 70 años de la apertura del infierno


                          Entrada al campo de exterminio de Auschwitz, liberado un 27 de enero de 1945


Estas son las puertas del infierno: “Dejad, vosotros que entráis, toda esperanza”, dice Dante en su obra magna, cuando entra al inframundo de la mano de Virgilio. Esto es gran literatura que la realidad supera. A la entrada de Auschwitz, el campo de horror fundado por los nazis, tras invadir Polonia, en 1940, reza: Arbeit Macht Frei, “El trabajo libera”. Pero el trabajo al que se referían los verdugos consistía en sacar a los prisioneros toda la savia de su vida, en su combate denodado contra la muerte, para luego, llevarlos agotados a la ducha y al crematorio. Reducir su memoria a cenizas. El suicidio de la razón, lo han llamado muchos estudiosos. Sobre la Shoah poetas como Celan escribieron versos estremecedores: Schwarze milch der Fruhe… Negra leche del alba, te bebemos al alba, al mediodía… También Primo Levi, escritor italiano de ascendencia judía, puso en letras uno de los grandes testimonios de aquel campo de atrocidad inenarrable, dirigido por Rudolf Hoß, desde mayo de 1940. Si esto es un hombre, es más que uno de los grandes libros testimoniales sobre el Holocausto, representa el exorcismo de un hombre que ha visto cara a cara a la muerte; ha comido, soñado, incluso, respirado su olor. En ambos casos, la vida después de aquello resultó insoportable. Sobrevivir, a sus muertos, para Celan representaba una carga semejante a una enfermedad fatal. Se arrojó a las frías aguas del Sena, en 1970, antes de cumplir cincuenta. Primo Levi, de veinticuatro años, se enlista en las filas de los partisanos italianos. Es capturado y al confesarse judío, es deportado en 1944 a Monowitz, campo satélite al de Auschwitz. Al ser uno de los prisioneros con conocimientos en la industria química, fue de utilidad a los nazis y pudo así salvar su vida trabajando como esclavo, hasta el momento en que fue deportado y milagrosamente liberado del campo de concentración, en 1945, hace exactamente setenta años. Aunque retornó —intentó hacerlo— a su vida como químico, siguió escribiendo hasta un 11 de abril de 1987. Ese día Levi recibió de su casera la correspondencia. La saludó y despidió con su afabilidad cotidiana. Al poco rato, la mujer escucha un fuerte golpe en el rellano. Levi había salvado su vida, pero el horror de la muerte y la agonía de sus compañeros de desgracia, siguieron manteniéndolo en ese Monowitz mental. En uno de sus manuscritos, escribió: «26 de enero. Estamos solos, abandonados en un universo de muertos y larvas. El último rastro de civilización ha desaparecido de nuestro alrededor y de nuestro interior. La obra de bestialización emprendida por los alemanes triunfantes ha sido cumplida por los alemanes derrotados. Es hombre quien mata, es hombre quien sufre o comete una injusticia: no es hombre quien ha perdido toda decencia y comparte su lecho con un cadáver. Quien ha esperado que su vecino acabara de morir para quitarle un pedazo de pan puede ser inocente, pero está señalado, condenado, maldito». Cuando la mujer se asomó a ver el origen de aquel golpe sordo, se encontró a Levi, en el suelo. ¿Qué lo motivó a lanzarse por las escaleras, cuarenta y dos años después de ser salvado de la muerte? Las de Auschwitz eran las puertas del infierno.

sábado, 17 de enero de 2015

La ignorancia es la fuerza: "read a fucking book"


Foto: Daina Beth Solomon. L.A Weekly


La lectura como transgresión siempre resultará sospechosa para cualquier sistema. Se supone que vivimos en una sociedad abierta, democrática y libre, por supuesto. La aparición de Mark Zuckerberg, flamante presidente de Facebook, diciendo que leerá al menos dos libros por mes durante el año, ha sorprendido a los críticos de la cultura virtual. Parece un chiste orwelliano. Es como si Stalin o Hitler resultaran abogando por la democracia, pensarán los pervertidos intelectuales. Uno de los peligros de esta civilización virtual es la enajenación.

Como un personaje de una novela surrealista, el ciudadano promedio camina, come, vive (y no duerme) con la mirada clavada en esa pequeña cuadrícula que toca periódicamente, lanzando risitas estúpidas, sin que los demás se escandalicen. Parecería que la idiotización ya tiene carta de naturalidad. ¿Estos son los signos del apocalipsis digital? ¿Los hipsters, dueños de anticuarios y librerías de viejo podrán suspirar tranquilos? ¿El libro impreso ha empezado a circular, o por el contrario, ha renovado sus fuerzas? Aunque se nos diga que los nativos digitales no leen, probablemente estemos equivocados. Leen a su manera. Mensajes de textos, artículos cortos, y sobre todo, publicaciones en Facebook o Twitter. En fin. Una cosa distinta es que ya nadie —ni siquiera los que escribimos— use la pluma o el lápiz para escribir. ¿Terminará atrofiándose y anulándose por sustracción de materia, esa área del cerebro procedural que opera los mecanismos necesarios para la escritura?



                                                                      Foto: @carolineoconnor

Poco a poco la subversión intelectual surge como la luz entre las nubes negras de la tormenta. Un esperanzador mensaje en la botella ha surgido en las convulsas calles de Los Ángeles. Un anuncio común de tráfico que debería advertir al transeúnte un cambio en su bitácora, de repente forma con sus flamantes luces amarillas: «lee un puto libro». Un hacker piadoso con alguno de esos zombies con los que se estrella camino a casa, absorto en su aparato multifuncional, su respirador artificial, estalla, irrumpe en el generador de texto de la señales de tráfico de la ciudad y lanza su mensaje. Como los revolucionarios nihilistas en la Rusia zarista de Dostoievsky o los disidentes políticos en la Europa de Hitler, el mensaje de este héroe anónimo es pronta y debidamente censurado.

Los curiosos toman sus fotografías y la suben a las redes sociales. Es como un puño alzado contra la tiranía, como el estudiante chino que se planta frente al tanque de guerra en la plaza de Tiananmen en 1989: podría ser pertinentemente apresado por subversión, por terrorismo ideológico. «La ignorancia es la fuerza», reza el lema ideologico del Ingsoc, el partido oficial estatal, en la novela de Orwell. Esto parece una metáfora de un futuro que hace tiempo se nos vino encima. Ya veremos qué pasa…

viernes, 9 de enero de 2015

Charlie Hebdo: sarcasmo y fundamentalismo

                                                     

                                                                  Caricatura propiedad del blog

El humor es uno de los rasgos de nos diferencian de las bestias. No recuerdo al autor de la anterior sentencia, pero es verdad que saber reírnos de nuestros propios defectos, es signo de inteligencia. Sobre Alejandro Dumas, hijo, autor de El Conde de Montecristo, recayeron acusaciones xenófobas en la Francia del siglo XIX. Se sabe que descendía de una esclava africana y por eso algunos críticos le zaherían con caricaturas y perlas como estas: 

«He escuchado, señor Dumas, que dicen que su abuela era una negra y su abuelo, un gorila: ¡vaya ancestros los que tiene!», le dijo un malicioso hombre. «Desde luego —replicó Dumas—. Siendo yo descendiente de negros, monos y gorilas, se puede ver que me he superado bastante en mi vida, incluso hasta llegar a escribir novelas; pero usted señor, parece que no ha hecho nada de provecho con la suya, porque bien visto: ¿ante  quién y de qué puede jactarse?»

Este episodio humorístico, por desgracia no puede tener cabida en la Francia del siglo XXI. Con una creciente comunidad árabe en los distritos de París, las tensiones y la intolerancia han alcanzado sus máximos límites. Queda claro que una cosa es la crítica y el sarcasmo inteligente, y otra muy distinta, la barbarie. Es hora de reflexionar acerca de los alcances del humanismo religioso y secular.

                                                         Viñetas satíricas de Charlie Hebdo


El miércoles 7 de enero de 2015, pasará a la historia como el día de la infamia. Un grupo de terroristas armados ingresan a las instalaciones del fanzine satírico Charlie Hebdo, disparando contra diez personas, incluidos los caricaturistas responsables de la publicación. También mueren dos policías. Dos días después, los asesinos —miembros de facciones fundamentalistas islámicas— son abatidos en una operación policial de rescate de los rehenes, que habían tomado cerca a París.. Francia a comienzos de 2015, está en vilo como Estados Unidos en 2001, a manos de Al Qaeda.

Gran parte de la opinión pública francesa e internacional está ahora dividida. Las preguntas del día son: ¿Es justificable el lenguaje ofensivo contra la religión musulmana? ¿Se puede ser políticamente correcto sin pagar las consecuencias? ¿A qué nivel de barbarie están dispuestos a llevar al mundo los fundamentalistas islámicos?

                                    Las caricaturas que desataron el odio de los extremistas islámicos

Se supone que las libertades individuales y colectivas tienen unas fronteras delimitadas por la ética y la inteligencia individuales. Es poco lo que los gobiernos pueden hacer contra el cáncer del terrorismo. La masacre de Charlie Hebdo pasará sin duda a la historia, como un acto barbárico, atroz; es condenable a todas luces. Queda flotando la pregunta: a sabiendas de la insania, las delirantes atrocidades cometidas por los yihadistas en el mundo desde 2001, ¿no midieron las consecuencias los periodistas de Charlie Hebdo?


El mundo cada vez es menos tolerante a las chanzas fuertes. Infortunadamente, ya no se replican las ofensas con frases elegantes, ni se rompen o se queman libros simbólicamente, ni siquiera en Francia, cuna de la libertad: los fundamentalistas ideológicos quieren matar el sarcasmo; quieren devolvernos al tiempo de Torquemada y de los nazis. 

viernes, 2 de enero de 2015

El hombre y el tigre


                                                           Jorge Luís Borges junto a un tigre

El hombre, el inventor de cosmogonías, lo crea con sus ojos hundidos en un eterno crepúsculo amarillo, que decae incesantemente. La hermosa bestia ignora que es un sueño, que su pelaje es una vasta geografía de meandros negros como ríos de la India, como senderos selváticos de un relato de Salgari o Kipling. Mil veces se habrán soñado mutuamente en la memoria. Cuando al fin se tocan, el hombre, con el rico instrumento de su imaginación, y la bestia, ciega a la razón, es como si el demiurgo y su creación, al fin se descubrieran. El tigre es oro, olor de estepa y fuego que se ilumina como los colores de un fresco de un crepúsculo veneciano. El hombre ciego, casi al borde de la muerte, es también el tigre. Lo intuye, quizá lo imagina, como lo hizo por primera vez en ese viejo grabado de su infancia, ahora recobrada. El tigre es el arquetipo del hombre; también parece que el animal lo estuviera soñando.