Escritor por encargo

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escritores freelance

viernes, 20 de febrero de 2015

Freaks: la venganza de los monstruos


Cartel del filme Freaks (1932)


La desgracia es igual a la ruleta: ninguno quiere ser uno de los perdedores. Pero en algún momento, un número, el que tenemos en el bolsillo, resulta ganador, no del premio, sino del castigo . El cine se ha empeñado en vendernos realidades más bien apacibles y bucólicas: personas hermosas, valientes e inteligentes, llenas de cualidades; en otros momentos nos presenta antihéroes, gente con defectos morales y físicos, que nos dejan ver la urdimbre del alma humana a contraluz, a pleno sol. Nada hubo antes más descarnado, más atroz y más humano a la vez, que esta película estrenada a comienzos de la década de los treinta. En el debut de Freaks, en 1932, sus encopetados asistentes pretendían asistir a la proyección de un mundo alejado de la marginación, dolor y espanto de quienes protagonizaban la obra maestra del director Tod Browning. La primera impresión de todos, fue un reflejo especular de lo que sucedía en la pantalla. En la película, una mujer grita cuando un mercachifle le revela la existencia de un ser horrendo, que causa terror solamente al contemplarlo. Otra mujer, en la sala, grita histérica ante el espectáculo que está viendo, y sin poder soportarlo, abandona el cinematógrafo. ¿Qué puede causar tanto espanto, tanto horror y tanto miedo? En la lotería que es la vida, algunas personas nacemos con un defecto más o menos notorio; para otras, resulta una aberración contra natura, la vida, y además, respirar el mismo aire que nosotros, la “gente normal”. Los freaks.

                                      El director Tod Browning, junto a su elenco de monstruos


La historia de Freaks es una historia de traición, de crueldad, de abyección humana. Es también la historia de un grupo de fenómenos de circo, que al entenderse como únicos en el sentido más filosófico —es decir, ético—, de la palabra, entienden que deben actuar para asumir su propia condición. Hans es un enano que se enamora de Cleopatra, una presuntuosa diva de circo. Los flirteos llegan al punto de que el enano Hans, deja a su novia enana, por su capricho amoroso. Un hombre tosco, pone los ojos sobre Venus, la novia del payaso. Esta lo desprecia. El hombre en su ambición, decide aliarse con Cleopatra para robar a Hans, quien ha heredado una fortuna considerable. Durante la cena de navidad, los monstruos, entre quienes están, un hombre que se arrastra sobre su vientre, pues carece de piernas y brazos, unas siamesas, una mujer mitad hombre y mitad hembra, un hombre sin piernas que camina sobre sus manos, un par de hermanas con microcefalia y así, una larga galería de fenómenos, ellos celebran felices la velada.
Cuando Cleopatra está bastante ebria, se lanza en improperios contra aquella horda de fenómenos, sucios, que solo producen carcajadas y asco entre los pervertidos asistentes que pagan por tan horrendo espectáculo, con el que ella se ve obligada a compartir carpa. Luego, aliada con su estúpido y forzudo cómplice, intenta envenenar a Hans. Al darse cuenta los monstruos, deciden vengar a su amigo. Venus y su novio, el payaso, se unen a los fenómenos. Una noche de tormenta, mientras el circo viaja a través  de un bosque, todo se sale de control. Cleopatra intenta sacar de su carro a los monstruos que han ido a cuidar de Hans, quien al percatarse de que ella carga una botella con veneno, la confronta. La mujer huye al bosque, perseguida por los fenómenos. Cleopatra, la arrogante mujer que miraba con desprecio a los freaks, termina por convertirse en uno de ellos. Tal como sucede en la vida, cuando acabamos por parecernos tanto a aquello que tanto odiamos y tememos. 



viernes, 13 de febrero de 2015

Epitafio para un perro bombero


Despedida a Jacobo, el perro bombero. 
Todos los derechos reservados: diario El Tiempo
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¿Fue premeditado por un demiurgo o simplemente le salió por azar? Los animales parecen destinados a compartir con el hombre, el dolor y el sentido trágico de la vida. Kafka, ese genio que prefiguró el horror de la modernidad, dijo que en los perros estaba la totalidad del conocimiento. ¿Alguna vez los hemos mirado con detalle? No pueden comunicarnos nada; tienen una vida breve y son generalmente sociables; aunque pueden defender lo que consideran suyo con ferocidad. Un perro está dispuesto a sacrificar su vida misma por su amo, su alimento o lo que considere como su tesoro. 

Parecen percibir las cosas metafísicas mucho mejor que cualquier médium. Sea cual sea el lenguaje con el que nos comuniquemos con ellos, siempre serán más perspicaces que el humano más inteligente. Para la muestra el botón más elocuente (no quiero justificar nada, solamente lo absurdo de nuestra supuesta idea de “Razón”): Adolf Hitler prefirió declarar la primera ley de protección animal de la historia de los estados modernos en Occidente, antes que desistir del proyecto de la Solución Final. Los seres humanos somos hábiles en la destrucción, propia o ajena. Todo estaba mejor antes de que Dios dejara encargados a Adán y Eva de administrar la creación como se les viniera en gana. Se continúa subestimando a los animales hoy, incluso más que en la Edad Media, cuando los escolásticos afirmaban que carecían de alma.

Alguien, tras la muerte de su padre, me dijo en tono de reproche: «¿No entienden que no se murió un perro?; se murió mi papá». La verdad nunca he podido entender qué diferencia existe. El amor es el mismo y la muerte siempre será dolorosa, tanto para el que parte, como para el que se queda. ¿Existe por lo demás un rasero, es decir, alguna categoría psicológica que disminuya la experiencia vital de un ser, por el hecho de no pensar de una manera humana? Su experiencia de estar ahí en el mundo, como dijo el filósofo, es idéntica a la humana. 


He visto en la prensa un conmovedor reportaje sobre Jacobo, un perro bombero y su sacrificio, por estar desahuciado a causa de un tumor en el hígado. La entereza del animal en la despedida de sus amigos de labor, su valor ante la evidencia de un viaje sin retorno y su último y plácido sueño final, reposando su cabeza en las manos de su mejor amigo, no pudieron dejar de estremecerme al pensar en mi perro. Razón tenía Byron cuando escribió el epitafio para Boatswain, su fiel Terranova: «Cerca de este lugar reposan/ los restos de quien poseyó/ belleza sin vanidad,/ fuerza sin insolencia,/ valentía sin ferocidad,/ y todas las virtudes del hombre sin sus vicios./ Este elogio sería un halago sin sentido/ si fuera grabado sobre cenizas humanas./ Pero es un justo tributo a la memoria de Boatswain, un perro».


domingo, 1 de febrero de 2015

La poesía que tienen los cementerios


                                                            Cementerio Central de Bogotá

Ese día era un jueves. Empezamos a beber desde temprano, es decir, antes del mediodía. Así es como debe ser. Los itinerarios habituales en los devaneos etílicos, incluían una visita furtiva a las funerarias. Ir a ver los muertos, ver el gesto con el que pasarán a la posteridad definitiva, es como un recordatorio de la fugacidad de la finitud. Ese acto absurdo para muchos, cobra sentido cuando la reflexión en la que sume al espíritu el alcohol, nos acerca a la verdad inexorable de que en algún momento ya no estaremos; todo esto habrá pasado como un sueño en el que nosotros mismos seremos imágenes que se desvanecerán como la niebla. La resaca es semejante a la resurrección: prepara el cuerpo para nuevos embates. El abstemio no puede experimentar ese juego dual, esa ruleta rusa en la que consiste la embriaguez. Los simples no necesitan transgredir sus vidas porque están conformes con su invalidez mental. La quietud tan parecida a la muerte. Así, pensando en  muertos, reflexionando sobre el abismo por el que se irán en algún momento todas estas «cosas importantes», con el valor que le otorgamos a los hechos, las personas y objetos con nuestra temporalidad, entramos al Cementerio Central. Estaba registrando todo para buscar evidencias. Escuchar la voz de un muerto, es decir, de alguien que estuvo vivo y ahora no es otra cosa que dos fechas sobre una piedra, puede causar pánico. No hay que temer porque en esencia qué otra cosa somos para los otros que no saben quiénes somos —y seremos después para los vivos—, sino muertos. Sobre la tumba del más grande poeta que ha dado este erial yerto y yermo. Leyendo a Dante. Un murmullo. Un quejido. Una risa. Esa es la poesía que tienen los cementerios.