Escritor por encargo

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viernes, 13 de febrero de 2015

Epitafio para un perro bombero


Despedida a Jacobo, el perro bombero. 
Todos los derechos reservados: diario El Tiempo
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¿Fue premeditado por un demiurgo o simplemente le salió por azar? Los animales parecen destinados a compartir con el hombre, el dolor y el sentido trágico de la vida. Kafka, ese genio que prefiguró el horror de la modernidad, dijo que en los perros estaba la totalidad del conocimiento. ¿Alguna vez los hemos mirado con detalle? No pueden comunicarnos nada; tienen una vida breve y son generalmente sociables; aunque pueden defender lo que consideran suyo con ferocidad. Un perro está dispuesto a sacrificar su vida misma por su amo, su alimento o lo que considere como su tesoro. 

Parecen percibir las cosas metafísicas mucho mejor que cualquier médium. Sea cual sea el lenguaje con el que nos comuniquemos con ellos, siempre serán más perspicaces que el humano más inteligente. Para la muestra el botón más elocuente (no quiero justificar nada, solamente lo absurdo de nuestra supuesta idea de “Razón”): Adolf Hitler prefirió declarar la primera ley de protección animal de la historia de los estados modernos en Occidente, antes que desistir del proyecto de la Solución Final. Los seres humanos somos hábiles en la destrucción, propia o ajena. Todo estaba mejor antes de que Dios dejara encargados a Adán y Eva de administrar la creación como se les viniera en gana. Se continúa subestimando a los animales hoy, incluso más que en la Edad Media, cuando los escolásticos afirmaban que carecían de alma.

Alguien, tras la muerte de su padre, me dijo en tono de reproche: «¿No entienden que no se murió un perro?; se murió mi papá». La verdad nunca he podido entender qué diferencia existe. El amor es el mismo y la muerte siempre será dolorosa, tanto para el que parte, como para el que se queda. ¿Existe por lo demás un rasero, es decir, alguna categoría psicológica que disminuya la experiencia vital de un ser, por el hecho de no pensar de una manera humana? Su experiencia de estar ahí en el mundo, como dijo el filósofo, es idéntica a la humana. 


He visto en la prensa un conmovedor reportaje sobre Jacobo, un perro bombero y su sacrificio, por estar desahuciado a causa de un tumor en el hígado. La entereza del animal en la despedida de sus amigos de labor, su valor ante la evidencia de un viaje sin retorno y su último y plácido sueño final, reposando su cabeza en las manos de su mejor amigo, no pudieron dejar de estremecerme al pensar en mi perro. Razón tenía Byron cuando escribió el epitafio para Boatswain, su fiel Terranova: «Cerca de este lugar reposan/ los restos de quien poseyó/ belleza sin vanidad,/ fuerza sin insolencia,/ valentía sin ferocidad,/ y todas las virtudes del hombre sin sus vicios./ Este elogio sería un halago sin sentido/ si fuera grabado sobre cenizas humanas./ Pero es un justo tributo a la memoria de Boatswain, un perro».


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