Escritor por encargo

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domingo, 1 de febrero de 2015

La poesía que tienen los cementerios


                                                            Cementerio Central de Bogotá

Ese día era un jueves. Empezamos a beber desde temprano, es decir, antes del mediodía. Así es como debe ser. Los itinerarios habituales en los devaneos etílicos, incluían una visita furtiva a las funerarias. Ir a ver los muertos, ver el gesto con el que pasarán a la posteridad definitiva, es como un recordatorio de la fugacidad de la finitud. Ese acto absurdo para muchos, cobra sentido cuando la reflexión en la que sume al espíritu el alcohol, nos acerca a la verdad inexorable de que en algún momento ya no estaremos; todo esto habrá pasado como un sueño en el que nosotros mismos seremos imágenes que se desvanecerán como la niebla. La resaca es semejante a la resurrección: prepara el cuerpo para nuevos embates. El abstemio no puede experimentar ese juego dual, esa ruleta rusa en la que consiste la embriaguez. Los simples no necesitan transgredir sus vidas porque están conformes con su invalidez mental. La quietud tan parecida a la muerte. Así, pensando en  muertos, reflexionando sobre el abismo por el que se irán en algún momento todas estas «cosas importantes», con el valor que le otorgamos a los hechos, las personas y objetos con nuestra temporalidad, entramos al Cementerio Central. Estaba registrando todo para buscar evidencias. Escuchar la voz de un muerto, es decir, de alguien que estuvo vivo y ahora no es otra cosa que dos fechas sobre una piedra, puede causar pánico. No hay que temer porque en esencia qué otra cosa somos para los otros que no saben quiénes somos —y seremos después para los vivos—, sino muertos. Sobre la tumba del más grande poeta que ha dado este erial yerto y yermo. Leyendo a Dante. Un murmullo. Un quejido. Una risa. Esa es la poesía que tienen los cementerios.



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