Escritor por encargo

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escritores freelance

sábado, 24 de octubre de 2015

La Muerte blanca

                                             Fuente:https://instagram.com/stationcdrkelly/




El huracán Patricia, también podría llamarse con justicia La muerte blanca. Nadie se percata de que un inocente montón de nubes, esos cumulonimbos o cirros que llaman los meteorólogos, pueden alterar de manera definitiva la dinámica de la vida; incluso hasta cortarla de un tajo. El superhuracán Patricia —parece que a partir de este momento ya hemos entrado de lleno en la época de los super desastres naturales—, ha llegado a México, dejando tras de sí una estela de destrucción. Sin embargo este meteoro no es comparable en su potencia destructiva, al daño hecho por la industrialización desmesurada, producto de una enceguecida (una vez más el detestable prefijo) superpoblación, una explotación vertiginosa de los recursos naturales y toda esa sucesión de acciones humanas que ahora parecen estar siendo cobradas con creces por la propia Tierra.

Una de las pocas ventajas que tiene nuestra época es la de poder dejar un registro, que al tiempo se convierta en la perspectiva de la situación, a la que nos veremos abocados en un futuro, ya nada apocalíptico. Desde la Estación Espacial Internacional, el cosmonauta Scott Kelly, ha tomado una fotografía que ofrece una perspectiva única de la omnipresencia humana. La imagen tomada desde la estación y subida casi de inmediato a la Internet, muestra al huracán Patricia moviéndose a 350 quilómetros por hora sobre la costa pacífica de México. Esta privilegiada vista de la Naturaleza, desde el prodigioso Aleph de una pantalla ilusoria, habría sido la envidia de Goethe, quien a lo largo de su vasta obra escribió algunos fragmentos acerca de la naturaleza de las nubes.

Esta Muerte Blanca —Goethe estaría de acuerdo en llamarla así—, semeja por momentos los brazos de una criatura marina, como las que atormentaban embarcaciones del siglo XIX, exaltando la imaginación romántica de los escritores. A veces —más bucólica— parece el pelo indómito que una mujer caprichosa echara al viento para proclamar su voluptuosidad. Al respecto, Leonardo Da Vinci, en su vasta galería de bocetos sobre observaciones, esboza en una página los patrones que trazan los bucles de una cabellera femenina y los giros que hace la corriente de un arroyo. Si comprendiera que todas las cosas en la Naturaleza están intrínsecamente relacionadas, entonces la humanidad se detendría antes de empezar a expoliar una hectárea de selva virgen para producir materias primas, o dejaría de envenenar los ríos con sustancias tóxicas, para sacar unos cuantos quilos de coltán que le permitan mostrarse a sí misma con sus artefactos, el abismo al que su propia mano puede llevarla.        









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