Escritor por encargo

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escritores freelance

jueves, 17 de marzo de 2016

Una tarde de invierno en Bogotá



Unos cuantos años atrás, un mediodía de sábado brumoso para ser más exacto, Edrin, un viejo amigo que no tiene tocayo, me invitó al centro para ver el desfile del Festival de Teatro. Aquel año, como todos, el evento prometía ser algo distinto para los bogotanos. Comparsas, funambulistas y actores que a fuerza de tesón, esperaban sacar de una rutina soporífera a los viandantes de la Séptima. Con un paquete de cervezas, a las que fuimos dando cuenta en la buseta que tomamos, en lugar del Transmilenio, hablamos justamente de la nostalgia que esta forma de transporte comporta para una ciudad cada vez más impersonal y tumultuosa. «En las busetas se podía fumar», me dijo mi amigo, como evocando tiempos de infancia, cuando los pasajeros parecían inspirados en ese célebre relato de Julio Ramón Ribeyro, que honra a los adictos al tabaco. Al llegar al centro, puntualmente a la Avenida Jiménez, luego de una sesión fotográfica obligatoria, el inicio de la comparsa se vio pasado por agua.

Sin embargo, la ocasión dio para trabar conversaciones peregrinas con curiosos y transeúntes, que extrañamente, no estaban ahí en mitad de un típico aguacero bogotano para manifestar su inconformismo, sino para celebrar el arte. Una indígena wayuu ofrecía sus artesanías. Platiqué con la mujer que, curiosamente, y como entrando en el tono festivo de la situación, accedió a permitirme tomarle una fotografía, sin menoscabo del robo de su espíritu por la cámara del teléfono móvil. En una conjunción significativa, la imagen fue inmediatamente antecedida por la del epitafio simbólico de Gaitán, que está aun hoy día, en la esquina de la Jiménez con Séptima para conmemorar su crimen: "Aquí cayó Jorge Eliécer Gaitán. Caudillo del Pueblo".





Ya un poco borrachos, buscamos resguardo bajo los aleros de las fachadas neoclásicas de la Jiménez. Justo girando la esquina, en el callejón que hay entre la Pescadería Jaramillo y el Ministerio de Agricultura, tomé la fotografía de una llama. El animal rumiaba tranquilamente, pareciendo disfrutar de la lluvia, mientras las sombras de los caminantes se afanaban en buscar un refugio en la tarde plomiza y húmeda de Bogotá.




La jornada terminó en el restaurante Pozzetto, donde don Alfonso, el padre de mi amigo, trabajaba desde hacía muchos años. Luego de invitarnos a comer unos raviolis, que de lejos son los mejores de Bogotá, la conversación sazonada por un coctel Margarita, terminó girando como una obstinada  polilla, sobre la masacre cometida por Campo Elías Delgado, en ese mismo refectorio, una noche de diciembre de 1986. Don Alfonso lo atendió esa noche. Me cuenta, que se ganó la confianza del veterano del Vietnam a fuerza de cortesía respetuosa. Según él, ese carácter caballeresco suyo, blindado contra cualquier imprudencia, terminó salvándole la vida aquella noche. Pero eso es otro cuento que ha de contarse después. 



martes, 8 de marzo de 2016

El verdugo

            


                 
La costumbre convierte poco a poco sentimientos en objetos. Hace que situemos cada uno en un lugar donde no puedan contaminarse de otros. En eso consiste mi trabajo. Las jaulas están organizadas en perfecto orden: las que están al costado izquierdo del salón de observación, casi al final del pasillo, son para los individuos complicados de manejar. Comportamientos agresivos sin remisión, casos extremos de zoonosis, parvovirus, moquillo, etc. Los del otro lado, esperan por alguien que se apiade de su destino, que casi siempre es el mismo para todos. Supongo que esto es así desde los remotos tiempos de la domesticación. Los perros me han dado la vida que tengo, eso no puedo negarlo. Desde el primer momento me lo dijeron. En la entrevista me hicieron todas las preguntas posibles. ¿Es usted sentimental? ¿Llora fácilmente? ¿Recolecta las tapas plásticas para lo que quiera que sea que las necesita quien dice que las necesita? ¿Es caritativo? ¿Es alguien impresionable?¿Es vegetariano? ¿Conoce lo que se hace en un matadero?
—¿Usted cree en Dios? —pregunta sin mirarme el secretario de sanidad, mientras organiza una pila de documentos que firma febrilmente.
—Por supuesto, es el motor del mundo —contesto con circunspección, como si me estuviera mirando.
No puedo ser un hombre sentimental. Qué dirían mi esposa, mis hijos y mi amante. Un perro es una estadística más. Yo también tengo uno, pero es totalmente diferente; es mi perro. Está junto a mí; ha adquirido mis hábitos, casi por ósmosis. A los demás no los conozco porque no he estrechado lazos con ellos y por eso no me importan; si los nazis se hubieran tomado el trabajo de conocer a cada judío que estaba en las listas de enemigos del Reich, seguramente las cosas serían bien diferentes hoy. Algunas veces me encuentro directamente con unos ojos que me ven desde su animalidad. Parecen pedirme clemencia. He tenido esa impresión antes de descargar once o doce mil voltios sobre sus pelajes húmedos. Incluso con cachorros. Pero pienso en otra cosa. Lo hago forzosamente; llevo mis audífonos para no escuchar los aullidos de pavor, de angustia, de horror y de agonía. Así, me dicen, que hacen las cosas en la industria de la carne, todo es una rutina, hay que pasar por encima de nuestras debilidades.
Los Sonderkommandos en los Lagers lo hacían. Organizaban a los judíos en su camino a las duchas, una vez que terminaba el proceso, entraban, sacaban los cuerpos y se deshacían de ellos, no sin antes verificar minuciosamente que no tuvieran piezas dentales de oro; que no tuvieran las víctimas escondidas en sus orificios joyas o dinero. La asepsia es indispensable para el éxito de los procedimientos de sanidad.
A las ocho de la mañana de un domingo, suena el timbre del teléfono de la oficina.
—Servicio de Zoonosis, dígame, ¿en qué le puedo servir?
—Señor —chilla la voz entrecortada de una mujer joven, quizá de unos veinte años—, dígame, por favor… (Sollozos) si tienen ahí un perrito color canela de ojos grises; se llama Beto.
Le explico que hay que llevar un protocolo para la identificación de los individuos capturados. Por teléfono no se da nunca información; tiene que venir y llenar el formato; posteriormente, si es posible, podrá ingresar a buscar a su animal. Si lo encuentra, tendrá que pagar una multa por negligencia. Cuelgo el teléfono. ¿Beto? Me parece ridículo.
En la pantalla del televisor una mujer, quizá de la misma edad de la que acaba de llamar, se apresta a darle una mordida a una hamburguesa. La cámara enfoca sus grandes senos, que parecen a punto de romper la camiseta, sobre la que caen gotas de mostaza. Tomó un sorbo de café. Un grupo de adolescentes en trusas y camisetas tan ajustadas como las del comercial, pasan por la calle en ese instante, riendo a carcajadas. Pienso en ella, en mi amante de veinte años, en su cuerpo perfecto apenas tocado por las bragas de satín que le compré para nuestro aniversario. La llamo y no me contesta. Extraño su voz. Su cuerpo.
Los domingos se trabaja a media máquina. Ese día parece que la generosidad de los que echan los perros a la calle, que los atropellan o que los tirotean, se exacerba. Hacen campañas para bañarlos, darles comida y buscarles refugio. Es el reflejo de una sociedad hipócrita. Por hablar de eso, en nuestra última cita, ella dejó de hablarme. Me dijo insensible. Es vegetariana, pacifista y feminista. Argumenté que todos somos hipócritas, que resulta mejor ser honesto: ser racista, antisemita, misántropo, misógino, etc.
—Si todos fuéramos así —dije con sorna—, el mundo sería un lugar mejor. Muchísimo mejor.  
—Sabes una cosa —me respondió con los ojos llorosos y un nudo en la garganta—, eres el hombre más insensible que he conocido en mi vida. No puedo seguir acostándome con un monstruo como Hitler o Pinochet. Adiós, suerte en tu asquerosa vida.

Cerca de las diez, llega el camión, lleno de perros. Entonces me levanto y enciendo el generador de electricidad. Para hacer menos tediosa la tarea, pongo algo de Mozart. La viola y el violín cantan su melodía sobre las cuerdas, mientras se escuchan los chasquidos de los electrodos.