Escritor por encargo

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escritores freelance

domingo, 15 de mayo de 2016

El maestro y Dostoievsky







El lector que se enfrenta a la novela El maestro de Petersburgo de J.M Coetzee, tiene la oportunidad de asistir a uno de los grandes momentos de la literatura universal. El tema del libro, se cifra en uno de los episodios más dolorosos para Fiodor Dostoievsky. Sin embargo, huelga aclarar a los lectores menos conspicuos, que el Dostoievsky del que nos habla el aquí el narrador, tiene poco que ver con el que nos dibujan las biografías; aunque durante el desarrollo de la novela, resulta difícil distinguir claramente en donde termina la ficción para darle paso a la realidad.  

Esto sitúa a Coetzee, al nivel mismo del genio ruso. El sudafricano toma elementos de la realidad para constituir una versión totalmente original de la misma. Dostoevisky retorna sobre sus pasos, y sobre los de su hijastro, quien ha muerto en extrañas circunstancias en la ciudad de Petersburgo. Su pesquisa lo lleva a un cuartucho que el difunto había alquilado a una mujer viuda, quien vive con su pequeña hija. El Dostoievsky de Coetzee es un hombre curtido por la vida: perdió a su primera esposa, es epiléptico, ludópata, y ahora también la vida le ha arrebatado la ilusión de tener un hijo. Sin embargo su arte es superior a las contingencias que le impone su destino. Como Beethoven, el Dostoievsky del Nobel surafricano, intenta agarrarlo por el cuello. Decide que su desgracia será su materia narrativa. El sufrimiento es un ingrediente poderoso; toda gran literatura tiene su germen de dolor.


Coetzee mezcla en su ficción, como si se tratase de en una receta de haute cuisine, diversos elementos narrativos de la obra del ruso. El espacio en el que se mueve Dostoievsky, recuerda los bajos fondos del Raskolnikov de Crimen y Castigo; los móviles de la muerte de su hijastro, en apariencia por razones políticas, rememoran idénticos episodios de Los Demonios. Asistimos a escenas de gran dramatismo como la de Dostoievsky ante la tumba de su hijo, vestido con su traje blanco, revolviéndose sobre la tierra y con un nudo de dolor en la garganta; también a otras de erotismo joyceano ―pues cada una de las sensaciones que percibe el personaje desencadenarán en una nueva catarsis creativa―: la alucinante escena en la que el escritor tiene sexo con la casamentera en uno de los cuartos. 

Por momentos creemos estar leyendo un relato del propio genio ruso. Como guinda de este suculento pastel, Coetzee consigue hacer su mesmerismo literario, poniendo en escena el proceso mismo de construcción textual. Dostoievsky necesita exorcizar toda esa tumultuosa experiencia en un relato. Haciendo acopio de fuerzas, consigue escribir un cuento con todos esos retazos de vida. El maestro de Petersburgo es autentica literatura. Tenemos la oportunidad de asistir a un constante ejercicio de canibalismo vital; un gran autor vivo narrando las desgracias de uno de los más grandes titanes de la literatura universal.   


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