Escritor por encargo

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escritores freelance

viernes, 17 de junio de 2016

Andy Warhol, el artista de la hybris




En estos tiempos, resulta innegable la exaltación de la hybris. Para los griegos, esta expresión reflejaba el anhelo humano por superar la omnipotencia de los dioses. Un rasgo de debilidad por la megalomanía y la exaltación del ego. La aparición de la Internet, pero sobre todo de las redes sociales, ha convertido casi la totalidad de los hechos que antes eran fútiles, banales, ridículos, grotescos o vulgares, en hazañas remarcables válidas para conseguir lo que Andy Warhol llamó los “quince minutos de fama”. La dijo mientras se tomaba unas fotografías en Suecia para un libro, y mientras un grupo de personas intentaba ser retratada junto al hacedor de performances, aunque en vano. «En el futuro todo el mundo será famoso durante 15 minutos. Todo el mundo debería tener derecho a 15 minutos de gloria», profetizó.

Warhol pretendió transgredir los nebulosos límites entre el arte elitista y el popular. Para el pintor no era importante ni el contenido, ni el mensaje, ni la semiótica del ente estético: simplemente era un medio para llegar a la fama y la riqueza. El tema de la abolición jerárquica del concepto estético se reinterpreta constantemente en la polémica obra de Warhol. En ese sentido, está opuesto diametralmente al pensamiento del pintor catalán Antoni Tàpies, quien decía que no era el arte el que debía bajar al nivel del pueblo, sino era éste quien debía elevarse al de aquel. Pero sin darle tantas vueltas al asunto, lo que quería decir Warhol, no es sino una síntesis de la mentalidad capitalista norteamericana: ser conocido a costa de lo que sea; y volviéndose rico, además.



                                             Dibujo de Warhol, antes del Pop-Art


Andy Warhol es uno de los precursores de la viralidad. A pesar de ser un dibujante más que regular, el arte fácil fue la salida perfecta para un hijo de inmigrantes eslovacos pobres, fascinado por ser artista, además de homosexual. Reinventar algo que ya está ahí, cualquier cosa: una Coca-Cola, Marilyn Monroe, Elizabeth Taylor, Mao-Tse Tung o una lata de sopas, resulta válido para llenarse los bolsillos de dinero y ser famoso. Es conocido uno de los performances del artista en el que se come una hamburguesa con pasmosa frialdad, delante de una cámara. Esa imagen resume todo el credo de una religión del arte consumista y chovinista, de la que se convirtiría en un pope: «Una Coca-Cola es una Coca-Cola y no hay ningún dinero que te pueda conseguir una Coca-Cola mejor que la de la tienda de la esquina; lo sabe Liz Taylor, el Presidente y todo el mundo. Lo más hermoso de Tokio es el restaurante Mc Donalds (o Burger King, da igual). Lo más hermoso de Estocolmo es el restaurante Mc Donalds (o Burger King, da igual). Lo más hermoso de Florencia es el restaurante Mc Donalds (o Burger King, da igual)*».  

*La frase entre paréntesis no es de Warhol

Hoy en día parece que todos pretenden andar por ese sutil camino de bosque, trazado por el ego, como en ese hermoso cuento de Yourcenar, donde un pintor, Hoang Fo, se salva por obra de su arte. Impresionar. Escandalizar. Horrorizar. Ridiculizarse o hacerlo con otro: ni Maquiavelo pudo haberlo imaginado de forma tan brillante. Hoy cualquiera tiene su grupo de fans y es famoso; aun sin tener talento. Vivimos en el futuro. Warhol ha triunfado. Y para hacer honor a Warhol, por favor: no se olvide compartir, dar like o retuit a este artículo.

martes, 14 de junio de 2016

El laberinto de Borges





En la literatura en lengua castellana, Borges ocupa un lugar de preeminencia en la pléyade de grandes autores, junto a Cervantes, su admirado Cervantes, al que prefería por encima del “bronce de Francisco de Quevedo”. Y es que como el autor de Don Quijote, Borges creía que la literatura era principalmente la invención de un mundo inmanente sostenido por obra de las leyes de la imaginación. Lo demuestran sus cuentos Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, pero sobre todo Pierre Menard Autor del Quijote, donde le rinde un homenaje modernista al manco de Lepanto. Su libro Ficciones (1944), lo lanzó a la fama tras ser traducido, casi inmedatamente, al francés primero, editado por Roger Callois (de quien dijo Borges luego, que lo había inventado) y al inglés posteriormente. Fue como un descubrimiento para los lectores europeos. Esa terra incognita, desvelaba universos especulares, paradojas, juegos metafísicos y duplicidades de un autor que bebía de diversas fuentes.

Aunque ya había escrito Historia universal de la infamia (1935), el libro fue un ejercicio estilístico de la mano de Herbert Ashbury, donde la ruindad humana desfilaba teñida de un particular humor negro. Ficciones funda un estilo idiosincrático, auténtico, tributario de diversas lecturas: la Enciclopedia Británica, los Eddas Islandeses, John Donne, Sir Thomas Browne, El Quijote, Dante, Virgilio, Stevenson, Heine, Nietzsche, Schopenhauer, Wilde, Joyce, Lugones, Dickens… y Shakespeare, sobre todo. Sus relatos parecen eclécticas fábulas histórico-filosóficas, escritas por un cronista erudito salido de un manuscrito perdido y hallado en un mercado persa. La historia, la ciencia y la filosofía son un simple pretexto literario para Borges.




Siempre se consideró un lector, antes que un escritor. Sus mejores páginas versan sobre reflexiones sobre lecturas. Pero Borges nunca pretendió hacer crítica literaria; él iba en la dirección opuesta. Le gustaba ironizar con sus propias perplejidades literarias. No le interesaba entusiasmarse con política, tal como pregonaba Sartre que debían hacer los escritores. Comprometerse no le interesó jamás. Spenceriano a ultranza, siempre descreyó de la utopía democrática; casi por extensión, despreciaba el fútbol: «A base football player», decía citando a The King Lear de Shakespeare.  

En su obra siempre gravitó el dilema de la identidad personal. No se consideraba, como la mayoría de sus colegas, un intelectual ―de izquierdas o derechas―, sino que  siempre se vio a sí mismo como una criatura ficticia, en perplejidad constante frente al mundo. Fue odiado y adorado por muchos, sobre todo por sus declaraciones conservadoras; resultaba un personaje repelente en tiempos de revolución. Se consideraba un conservador. Uno de sus primeros intentos de lírica comprometida, fue justamente en 1917. La Revolución Rusa prometía un nuevo amanecer en la historia. Pero como todo primer amor, resulta decepcionante con el paso del tiempo. Siempre se avergonzó de Ritmos Rojos, un par de loas modernistas a la utopía del comunismo.


Plaquette de Ritmos Rojos de Borges (1917)


Borges saltó a la fama, en gran parte por su labor como conferencista. Ante la pérdida de la visión, se vio obligado a recurrir a su portentosa memoria. Fue en 1945, cuando el régimen de Perón, en represalia por una serie de folletines opositores, lo retiró de su labor como bibliotecario y lo nombró inspector de huevos, aves y conejos. Dos décadas más tarde estaría en la Universidad de Harvard, dando un ciclo de conferencias sobre la poesía: This Craft of Verse. Su labor como escritor no se vio disminuida por la ceguera. Ayudado por su madre Leonor Acevedo, terminó varios libros. Borges solía decir que de haberse dedicado a la literatura, habría sido una gran autora. La resolución de la trama de La Intrusa, uno de sus mejores cuentos, tuvo el venturoso influjo de su inteligencia. Pero al autor los elogios y laureles de la gloria le llegaron en la vejez, muy cerca ya de la muerte. 

El Nobel le fue esquivo por aceptar un doctorado de Pinochet; el Cervantes se lo dieron compartido con un poeta de nombre Gerardo Diego. «¿Usted es Gerardo o Diego?», bromeó durante la ceremonia de entrega. La literatura de Borges escapa a las clasificaciones. Coquetea con la literatura fantástica, con Kafka, con Carlyle, con Gibbon, con Nietzche, con Lugones, con Marechal, con Macedonio Fernández. Su estilo, donde convergen las aguas tributarias del ensayo enciclopédico y la sátira, le permitieron inventar el género del cuento-ensayo. En Pierre Menard autor del Quijote, propone una renovación semántica de la obra magna de Cervantes, palabra por palabra; El Examen de la obra de Herbert Quain, es una broma simbolista sobre la intertextualidad y el vicio de la enumeración bibliográfica; La doctrina de los ciclos, puede verse como un homenaje relativista a Nietzsche, y su idea del eterno retorno.

Borges estrecha la mano de Augusto Pinochet


Borges es un autor que se ama o se odia. Sus obras no admiten medias tintas. Si el lector no está dispuesto a admitir su juego literario, a desprenderse de dogmatismos y asistir a un constante ejercicio de la perplejidad, entonces no conviene que se acerque a sus libros. Si está dispuesto a hacer el ingreso a su literatura, hallará ejemplares fascinantes y temas inquietantes. Deutsches Requiem es la confesión de un nazi, de quien el lector puede incluso llegar a sentir simpatía, amante de Brahms y Schopenhauer, quien justifica filosóficamente (La voluntad de poder) los hechos del Reich hitleriano. También la venganza de Emma Zunz, deviene en una experiencia de crueldad visceral: una joven que prefigura su destino homicida, vengando a su padre. Dahlmann, el protagonista de El Sur ―alter ego del autor―, interpreta en carne propia el auténtico destino, que de acuerdo a su linaje, debía cumplir: una muerte criolla en la pampa, a lance de puñal con un malevo.


 Pero quizá el personaje más conmovedor de su obra sea el poeta checo, Jaromir Hladik, capturado por la Gestapo en Praga, quien antes de ser fusilado, le pide a Dios que le conceda un año para acabar su obra. Visto ahora, en tiempos de hipertexto, tiempo líquido y aleatoriedad cuántica de nanopartículas, su final parece una alusión literaria a los Gedankenexperiment de Einstein: todo, incluso la muerte, es relativa, si se mira a través del artefacto literario. Con justicia, Borges hoy, treinta años después ha perdurado en la memoria de los hombres. Yourcenar le preguntó poco antes de morir, cuándo saldría del laberinto. «Cuando hayan salido todos», le dijo. Quizá al hacerlo, dejó la puerta clausurada, emulando el relato Ante La Ley, de su admirado Franz Kafka
                                        



                                                               Borges y yo, documental

jueves, 9 de junio de 2016

El mundo en un maletín





                                     Cartel publicitario del computador "portátil" Osborne 1


Hoy resulta tan sencillo usar un computador, que imaginar la vida sin esta herramienta, parece la trama de una historia distópica. Comparado con los laptops y tabletas, el primero que vi, me hace pensar en la ligereza de un colibrí frente a su antepasado prehistórico, esbozado apenas en la superficie de un fósil. El Osborne 1 se lanzó en 1981, sin embargo, fue unos cuantos años después, cuando mi papá lo llevó a casa. Era un maletín gris del tamaño de un horno microondas. La tapa superior, se abría haciendo las veces de teclado. Una pequeña pantalla de cinco pulgadas y dos ranuras laterales, donde se ponían los discos de cinco y cuarta pulgadas. Era todo. Yo imaginaba que por medio de aquel aparato, era posible conectarme con alguien al otro lado del mundo. Que yo escribía en la pantalla y ese alguien podía leer mis mensajes inmediatamente. Pensaba que podía tener todo el mundo encerrado en ese maletín: recorrer lugares distantes, ver cómo viven las personas en otros países, dibujar, escribir, escuchar música. Nada tenía límites. Pero infortunadamente esa gigantesca y pesada maleta aun era incapaz de hacer siquiera lo que hoy un modesto teléfono celular es capaz de hacer. Sus poderes se limitaban, más o menos, a los de una modesta calculadora científica. Lo único por lo que recuerdo ese objeto, que hoy parece una caricatura grotesca de lo que era la primera computadora portátil, fue por la mágica ilusión que despertó en mi imaginación infantil. Ese objeto inútil y pasado de moda, revive aquel instante de felicidad: mi padre parecía traerla en aquel maletín. Quizá eso es lo que lo hace maravillosas a las computadoras: que son poderosas máquinas del tiempo de los recuerdos.