Escritor por encargo

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martes, 14 de junio de 2016

El laberinto de Borges





En la literatura en lengua castellana, Borges ocupa un lugar de preeminencia en la pléyade de grandes autores, junto a Cervantes, su admirado Cervantes, al que prefería por encima del “bronce de Francisco de Quevedo”. Y es que como el autor de Don Quijote, Borges creía que la literatura era principalmente la invención de un mundo inmanente sostenido por obra de las leyes de la imaginación. Lo demuestran sus cuentos Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, pero sobre todo Pierre Menard Autor del Quijote, donde le rinde un homenaje modernista al manco de Lepanto. Su libro Ficciones (1944), lo lanzó a la fama tras ser traducido, casi inmedatamente, al francés primero, editado por Roger Callois (de quien dijo Borges luego, que lo había inventado) y al inglés posteriormente. Fue como un descubrimiento para los lectores europeos. Esa terra incognita, desvelaba universos especulares, paradojas, juegos metafísicos y duplicidades de un autor que bebía de diversas fuentes.

Aunque ya había escrito Historia universal de la infamia (1935), el libro fue un ejercicio estilístico de la mano de Herbert Ashbury, donde la ruindad humana desfilaba teñida de un particular humor negro. Ficciones funda un estilo idiosincrático, auténtico, tributario de diversas lecturas: la Enciclopedia Británica, los Eddas Islandeses, John Donne, Sir Thomas Browne, El Quijote, Dante, Virgilio, Stevenson, Heine, Nietzsche, Schopenhauer, Wilde, Joyce, Lugones, Dickens… y Shakespeare, sobre todo. Sus relatos parecen eclécticas fábulas histórico-filosóficas, escritas por un cronista erudito salido de un manuscrito perdido y hallado en un mercado persa. La historia, la ciencia y la filosofía son un simple pretexto literario para Borges.




Siempre se consideró un lector, antes que un escritor. Sus mejores páginas versan sobre reflexiones sobre lecturas. Pero Borges nunca pretendió hacer crítica literaria; él iba en la dirección opuesta. Le gustaba ironizar con sus propias perplejidades literarias. No le interesaba entusiasmarse con política, tal como pregonaba Sartre que debían hacer los escritores. Comprometerse no le interesó jamás. Spenceriano a ultranza, siempre descreyó de la utopía democrática; casi por extensión, despreciaba el fútbol: «A base football player», decía citando a The King Lear de Shakespeare.  

En su obra siempre gravitó el dilema de la identidad personal. No se consideraba, como la mayoría de sus colegas, un intelectual ―de izquierdas o derechas―, sino que  siempre se vio a sí mismo como una criatura ficticia, en perplejidad constante frente al mundo. Fue odiado y adorado por muchos, sobre todo por sus declaraciones conservadoras; resultaba un personaje repelente en tiempos de revolución. Se consideraba un conservador. Uno de sus primeros intentos de lírica comprometida, fue justamente en 1917. La Revolución Rusa prometía un nuevo amanecer en la historia. Pero como todo primer amor, resulta decepcionante con el paso del tiempo. Siempre se avergonzó de Ritmos Rojos, un par de loas modernistas a la utopía del comunismo.


Plaquette de Ritmos Rojos de Borges (1917)


Borges saltó a la fama, en gran parte por su labor como conferencista. Ante la pérdida de la visión, se vio obligado a recurrir a su portentosa memoria. Fue en 1945, cuando el régimen de Perón, en represalia por una serie de folletines opositores, lo retiró de su labor como bibliotecario y lo nombró inspector de huevos, aves y conejos. Dos décadas más tarde estaría en la Universidad de Harvard, dando un ciclo de conferencias sobre la poesía: This Craft of Verse. Su labor como escritor no se vio disminuida por la ceguera. Ayudado por su madre Leonor Acevedo, terminó varios libros. Borges solía decir que de haberse dedicado a la literatura, habría sido una gran autora. La resolución de la trama de La Intrusa, uno de sus mejores cuentos, tuvo el venturoso influjo de su inteligencia. Pero al autor los elogios y laureles de la gloria le llegaron en la vejez, muy cerca ya de la muerte. 

El Nobel le fue esquivo por aceptar un doctorado de Pinochet; el Cervantes se lo dieron compartido con un poeta de nombre Gerardo Diego. «¿Usted es Gerardo o Diego?», bromeó durante la ceremonia de entrega. La literatura de Borges escapa a las clasificaciones. Coquetea con la literatura fantástica, con Kafka, con Carlyle, con Gibbon, con Nietzche, con Lugones, con Marechal, con Macedonio Fernández. Su estilo, donde convergen las aguas tributarias del ensayo enciclopédico y la sátira, le permitieron inventar el género del cuento-ensayo. En Pierre Menard autor del Quijote, propone una renovación semántica de la obra magna de Cervantes, palabra por palabra; El Examen de la obra de Herbert Quain, es una broma simbolista sobre la intertextualidad y el vicio de la enumeración bibliográfica; La doctrina de los ciclos, puede verse como un homenaje relativista a Nietzsche, y su idea del eterno retorno.

Borges estrecha la mano de Augusto Pinochet


Borges es un autor que se ama o se odia. Sus obras no admiten medias tintas. Si el lector no está dispuesto a admitir su juego literario, a desprenderse de dogmatismos y asistir a un constante ejercicio de la perplejidad, entonces no conviene que se acerque a sus libros. Si está dispuesto a hacer el ingreso a su literatura, hallará ejemplares fascinantes y temas inquietantes. Deutsches Requiem es la confesión de un nazi, de quien el lector puede incluso llegar a sentir simpatía, amante de Brahms y Schopenhauer, quien justifica filosóficamente (La voluntad de poder) los hechos del Reich hitleriano. También la venganza de Emma Zunz, deviene en una experiencia de crueldad visceral: una joven que prefigura su destino homicida, vengando a su padre. Dahlmann, el protagonista de El Sur ―alter ego del autor―, interpreta en carne propia el auténtico destino, que de acuerdo a su linaje, debía cumplir: una muerte criolla en la pampa, a lance de puñal con un malevo.


 Pero quizá el personaje más conmovedor de su obra sea el poeta checo, Jaromir Hladik, capturado por la Gestapo en Praga, quien antes de ser fusilado, le pide a Dios que le conceda un año para acabar su obra. Visto ahora, en tiempos de hipertexto, tiempo líquido y aleatoriedad cuántica de nanopartículas, su final parece una alusión literaria a los Gedankenexperiment de Einstein: todo, incluso la muerte, es relativa, si se mira a través del artefacto literario. Con justicia, Borges hoy, treinta años después ha perdurado en la memoria de los hombres. Yourcenar le preguntó poco antes de morir, cuándo saldría del laberinto. «Cuando hayan salido todos», le dijo. Quizá al hacerlo, dejó la puerta clausurada, emulando el relato Ante La Ley, de su admirado Franz Kafka
                                        



                                                               Borges y yo, documental

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