Escritor por encargo

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escritores freelance

martes, 19 de julio de 2016

Un café con Fernando Vallejo






Fue el 9 de abril del 2015. Caminaba por la Carrera Séptima desprevenidamente, cuando alguien a mi lado, dijo que Vallejo, ¿En serio? ¿Fernando Vallejo?, sí, el escritor, le confirmó el tipo a mi lado a su interlocutor, quien preguntaba con incredulidad, daría una conferencia en el Teatro Jorge Eliécer Gaitán. En este mismo lugar, también situado en plena Carrera Séptima, daba el caudillo liberal sus conferencias, todos los viernes, que la gente bautizó como viernes culturales; todo, hasta que precisamente, también en la sempiterna Séptima, le dispararon tres tiros por la espalda: eso fue un 9 de abril de 1948. Como venía diciendo, en el Teatro Municipal, que es como originalmente se llamaba, Vallejo, daría una charla sobre el tema de la paz, que está tan de moda ahora en Colombia.

 «Sí, es que Santos, quiere hacer la paz con Timochenko y sus muchachos», dijo una señora más o menos de sesenta años.
«Ah, mirá pues qué tan bueno. Ahora si podemos viajar por Colombia que es tan bonita», respondió la otra, mientras se acomodaba las gafas para mirar su teléfono celular.

Entonces el hijo dilecto del nihilismo antioqueño, el heredero de Fernando González, de Celine, de Cioran, de Nietzsche, de Bernhard, el lector de Parménides y Heidegger, habló. 

No dejó títere con cabeza. 

Qué Santos era un criminal, que junto con las Farc, se estaba parrandiándo el destino de Colombia. Qué Dios es malo; que no existe Cristo, el loquito de Galilea, y que los animales son nuestro prójimo y no tenemos derecho a comérnoslos. A medida que hilaba su diatriba, la desesperación, la incomodidad, y luego, indudablemente la ira, empezaban a subir por el rostro desmirriado y flácido de Alfredo Molano. Se rascaba la calva, impaciente, por que el tipo que estaba a su lado, terminara al fin con su memorial de agravios: Ah, viejo güevón, ¿por qué no se calla de una buena vez por todas y nos deja arrodillarnos a hacerle la respectiva “fellatio” a Santos y al comandante Timochenko?

 Al final del discurso, entre aplausos y denuestos, que parecían lloverle de todo lado a Fernando Vallejo, el hijo del inmolado José Antequera, le preguntó que qué tenía que decirle a ellos los hijos de las víctimas. Que no se reproduzcan que traer gente al mundo es un crimen; que dejen tranquilo al que está en la paz de la nada. Luego dijo que una revolución no se hacía con las armas. Como si de repente el espíritu de Gaitán le dijera algo al oído, ahí, en ese mismo lugar donde la gente enloquecía cuando él hablaba con esa voz nasal y afilada, que tronaba denunciando los abusos de un estado criminal,  Vallejo dijo que Gaitán había conseguido mover una revolución sin las armas, aunque para él era un demagogo. Pero bueno, algo es algo. Y finalmente, cuando alguien le gritó desde la platea que diera soluciones, como si en este país, Colombia, tierra de hijueputas, las soluciones no fueran una suerte de menú que está a la orden del día, le respondió que no había venido a dar soluciones sino a señalar hampones. 

Dicho esto se levantó.

A la salida del callejón que da a la Séptima desde el interior del teatro, empezaron a salir los personajes invitados a la cumbre. El primero, fue Molano. La expresión de desazón en su rostro era invariable a como la había visto por las pantallas del teatro. Cruzamos un par de palabras, de mala gana, como la que se cruzaran dos enemigos a muerte que no se conocieran. Se fue. Yo esperaba a Vallejo. Esperé y esperé. Al fin, su figura lánguida, quijotesca, fútil, que a veces da la impresión de ser la de una marioneta de un ventrílocuo burlón, apareció ante mis ojos. Ya lo puedo poner en la libreta de muertos, me dije. Todo el mundo le tomaba fotos.
«Maestro ―le dije―, pero usted parece es una estrella de rock»
Sonrió. Luego intenté tomarme una selfie con él, pero la maldita Ley de Murphy arruinó la foto y el celular se apagó justo en ese momento.
―Maestro Vallejo… ―balbuceé
Entonces me imaginé que podría invitarlo a un café. Cruzamos la Séptima y detrás de nosotros, un montón de admiradores, como rémoras, lo perseguían.
―Maestro, ¿no cree en la paz?  ―pregunté.
―Por supuesto que no. Esas son mentiras del granuja de Santos. En la única que creo es en la paz de la nada; de esa que nunca debimos haber salido.
―¿Entonces seguimos en guerra otros cincuenta años?
―Da igual: al fin y al cabo yo no voy a estar por aquí para ese momento. Vivir y morir son dos cosas dificilísimas.
―Pero queda el consuelo de Dios…
―Dios es una mentira. No existe.
―Eso es descorazonador, maestro, sobre todo para los creyentes en la madre Teresa de Calcuta y en San Juan Pablo II
―Hideputas. Azuzadores de la paridera. Ah, qué criatura ponzoñosa no habría salido del cruce de esos dos; y lo mejor: haber sido parido por la vagina más mala del Catolicismo.
―Maestro, una última pregunta antes de que se acabe el café: dígame, por qué usted detesta tanto a Octavio Paz, si era un gran poeta.
―Por una sencilla razón ―dijo, pero antes de contestar, llegó una mujer, dizque Ana Roda y se lo llevó y lo metió en un taxi―… luego hablamos, hombre ―alcanzó a decirme.
―Ana, sácame de aquí ―dijo y se fue, sin dejarse invitar siquiera a un café.
Entonces volví a la realidad.

Justo en ese momento, me dije que en lugar de haberme quedado ahí parado, hubiera podido invitarlo a tomar aguardiente a La Mercantil, donde todavía, en pleno siglo XXI, las coperas llevan el trago a la mesa.