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jueves, 20 de octubre de 2016

Bob Dylan: ¿poeta o literato?



                                                                     Nobelprize.org


Por fin, el día jueves 13 de octubre de 2016, se reveló el enigma. La secretaria de la Academia Sueca, Sara Danius, apareció ante la celebérrima puerta blanca, donde un puñado de reporteros permanecía expectante, para dar a conocer al mundo el nombre del galardonado. ¿Bob Dylan? Quizá sea una boutade política de los excéntricos académicos escandinavos. A lo mejor un espaldarazo a los demócratas estadounidenses, para que no permitan que el uróboros de la historia se muerda la cola. Dylan es el más conspicuo representante de la contracultura del siglo XX, verbi gratia: la norteamericana. Las composiciones de Dylan fueron durante los sesentas, un escudo contra el belicismo representado en la Guerra del Vietnam; un disparo de flores contra los esqueletos adustos del Ku Klux Klan, enarbolando antorchas en la noche, cubiertos por capirotes blancos como si hubieramos vuelo a la Inquisición Española. No es un exabrupto. De hecho, sonaba en las quinielas desde hacía varios años. La dilación de una semana, cosa excepcional para los metódicos académicos suecos, parece tan razonable para el caótico momento histórico que vive el mundo.

¿Bob Dylan Nobel de Literatura?

La declaración de los nuevos aires reformistas de la Academia Sueca, queda manifiesta con este carpetazo a la monolítica hegemonía de los cánones literarios, desde que la escritura se institucionalizó, aparentemente, como único modo de registrar la memoria histórica del hombre. Las gestas épicas de la literatura oral universal, parecen redimidas desde la concesión del Nobel de Literatura a Bob Dylan. Inmediatamente se piensa en el Medioevo y su rica tradición literaria oral: los cantares de gesta. Un hombre acompañado de un laúd, recorría los villorrios llevando los chismes, las noticias relevantes, en definitiva, las miserias humanas. Algo que los aedos griegos ya hacían, con Homero a la cabeza, quizá acompañado por una lira y un odre de vino, mientras calentaba las noches con la caída de Troya o las peripecias de Ulises por los mares.





La poética de las letras

El quid del asunto está en definir si un compositor de letras de canciones merece tan alto honor. ¿Acaso el Nobel es el más alto de los laureles literarios o es uno más entre tantos? Si por el rasero de la calidad literaria ―y musical, algo que ahora también parece tener en gran aprecio el jurado de la Academia Sueca― se pudiera medir una composición musical, la lista sería tan larga, que no alcanzaría el oro para conceder medallas. El primero a quien debía premiarse es a Franz Schubert. El músico austriaco puede ser considerado, justamente, como el padre de la canción moderna. Puso música a cientos de poemas de autores de distinto “peso específico” (como le dijo durante la ceremonia de entrega del Nobel, el académico sueco a Vargas Llosa, refiriéndose a su carrera de escritor). El Viaje de Invierno, es uno de los poemas épicos musicales más grandiosos escritos por el genio humano. Basado en la obra lírica del alemán Wilhelm Müller (1794-1827), narran una suerte de viaje interior, que sin excepción, consiguen estremecer las fibras íntimas del alma humana.

Escritores compositores

Friedrich Nietzsche el gran filósofo y poeta alemán, también coqueteó con la composición musical. El interés intelectual del pensador, lo llevó a adorar a Wagner como epítome de la concreción de la filosofía de Schopenhauer; sin embargo, pronto se desencantó de aquel estrepitoso “deus ex machina” que pretendía llevar a cabo el músico con su obra de arte total. El filósofo empezó a decantar su propia idea de música, componiendo una serie de Lieder, obra que de acuerdo a su genio, es tenida en poca estima, tanto en sentido literario como musical. Federico García Lorca, fue otro poeta que se dejó seducir por Euterpe. Compuso una serie de Canciones entre 1921 y 1924. Una de las más populares es “Anda jaleo”. El estilo conciso, libre de ornamentos metafóricos, sinestesias y todo el aparataje de sofisterías que requirió para su obra lírica, se impone aquí como un vehículo de expresión legítimo, autónomo, y dueño de su “duende”, que sin la melodía, ritmo y armonía andaluza sería letra muerta.

Parece que finalmente los académicos suecos comprendieron que también la composición musical o la poesía cantada, puede ser la mejor manera de registrar la memoria de la humanidad, por encima de la composición lírica estrictamente literaria. Para una generación en la que impera la inmediatez de la imagen, y por supuesto, la música es tan importante para comunicarse, otorgar el Nobel a Dylan puede abrir las puertas a otras posibilidades de expresión lírica en la música. Ya lo dijo otro Nobel, Octavio Paz, que la poesía podía estar en un poema, una pintura, un jarrón Ming o incluso, una canción de Bob Dylan.





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