Escritor por encargo

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escritores freelance

martes, 20 de diciembre de 2016

El rostro del fanatismo





Hoy no existe un lugar seguro en el mundo. Una de las premisas fundamentales del terrorismo internacional, ha sido tomar por sorpresa a sus víctimas. La muerte sobreviene de repente, de manera brutal y sangrienta. Así ha venido sucediendo desde 2001: primero en Nueva York, luego en Madrid y en Londres en 2004 y 2005; la lista es larga, hasta llegar a París, Niza y ahora en Berlín y, el mismo día, en una exposición fotográfica en Turquía.

Quienes vivimos en Colombia, sabemos qué significa esa palabra, tan manida ahora: terrorismo. El terror es puro, auténtico; no hay ni un ápice de postura o de fingimiento.

La víspera del día de la madre del año 1990, en el barrio Quirigua en Bogotá, Pablo Escobar hizo estallar una carga explosiva de 100 kilogramos de dinamita en un Fiat 147. Este es un barrio comercial, de origen popular, al noroccidente de la capital de Colombia. Muchas personas suelen hacer sus compras allí, por lo que haber perpetrado aquel atentado en una zona de tanta actividad, resultó en una estrategia ideal para multiplicar el terror. Escobar repitió la dosis en el centro de Bogotá, un par de años después. Un mañana fría de febrero, mientras los padres acudían a comprar las listas escolares de sus hijos. Lo volvería a hacer en abril de ese año, en el Centro 93, activando un carro bomba. Era uno de sus métodos preferidos; el que le producía mayor placer a su alterada mente de psicópata.

Ahora, casi treinta años después, los terroristas han aprendido algunas estrategias. Aprovechan el despliegue mediático que ofrecen las propias víctimas. Un video en Facebook o Twitter, multiplica el terror; cierra el círculo de angustia que el criminal previó en su mente enferma, momentos antes de perpetrar el hecho de sangre. “No moriré”, piensan, si alguien, aunque sea solo una persona, da un me gusta o sigue mis pasos.

Algunas veces, quienes suben los registros de actos terroristas en el instante mismo de su comisión, no hacen sino cerrar el trazo de ese círculo infernal de la exaltación de la hybris criminal. Esa pequeña esperanza será todo el capital en el que se afincarán los perturbados exégetas del fanático terrorista. Pensar en dejar una huella, en trascender sus vidas anodinas y miserables, ocultando sus rostros tras un pasamontañas para ejecutar una masacre; velo que será retirado finalmente por un oficial de policía, que lo abatirá; o como sucede en este caso: exponer por última vez su rostro anónimo para, una vez muerto, sumirse de nuevo en los sombríos dominios de una vida intrascendente y sin huella.


El rostro más feroz del fanatismo es el del policía infiltrado en la exposición fotográfica; el rostro del hombre que asesinó a tiros al embajador ruso en Turquía. El ex policía disparó por la espalda al diplomático, cobardemente, tal como hiciera el conductor del camión en Berlín. Al tiempo que amenazaba a sus rehenes inermes, engatillando un arma mientras lanzaba su perorata tediosa y fúnebre del viejo pederasta y pastor de cabras Mohamed: levantando un dedo hacia la vacuidad de un infinito metafísico, inexistente, obtuso, inhumano, que el terrorista, como todo el mundo musulmán, desconoce en su ceguera medieval: la mezquindad omnipotente de un dios que exige holocaustos de sangre inocente para satisfacer su autoridad tribal. Un dios brutal, que perfectamente podría llamarse Osama Bin Laden  o Abu Bakr al Baghdadi. 

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