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viernes, 28 de abril de 2017

La desgracia del bufón: crítica a la poesía de Yandei Marcel Solviyerte


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         Reclutamiento en la Plaza de Bolívar, circa 1900, durante la Guerra de los Mil Días 

Hay poetas que hacen arte en su máxima expresión; otros, se visten de sabiduría popular, de embeleco o jeringonza, para tratar de decir algo a sus lectores por medio de juegos verbales, cuando la potencia de su arte resulta inútil. Es el caso de Yandei Marcel Solviyerte (nombre que parecería un pseudónimo, para despistar incautos de entrada), un poeta que pretende evocar la historia a través de poemas donde el lenguaje resulta a veces abstruso, recóndito y misterioso. Es una poesía que intenta abarcarlo todo, asaz pretenciosa. Quiere, emulando a Borges, adentrarse en una épica que busca sus raíces fantasmagóricas en las sagas islandesas (las kenningars); también en la Guerra de los Mil Días y en la prosa preceptista del Siglo de Oro. 

Es un error intentar hacer crónica con la poesía (son dos géneros distintos). Es un arte celoso, que desenmascara a los prestidigitadores de la palabra, que, lo mismo que el oro falso, quieren forzar el brillo natural del verso, cuando resulta en mera impostura. Para el poeta, el arte debe fluir por su ser como la savia o el río por su caudal. La primera impresión al escuchar su poesía, es de asombro —desde luego, eso pretende: producir perplejidad o “descrestar”, como se dice coloquialmente en Colombia—. Sin embargo, cuando se bucea bajo la superficie de sus textos, hay un vacío conceptual que brilla por la ausencia de una verdadera experienciación de la poeticidad. Frases acomodadas para producir un efecto dramático. Tal sucede en uno de sus poemas sobre la Guerra de los Mil Días:  

Ibagué, 21 De Septiembre De 1901

Mujer, en la acera de tu casa está tu héroe;
no te vayas a afligir, así es la guerra.
Saca pronto una sábana y cúbrele el rostro,
los destrozados miembros para que nadie los vea.

Mujer, mantén altiva la frente como él lo quisiera;
en la acera de tu casa está tu héroe, ábrele la puerta;
qué importa que el vil enemigo ría, mientras adentro,
en tu ser, una oscura ave en tus pensamientos vuela.

Mujer, no vayas a llorar frente a las godas bayonetas;
en la acera de tu casa está tu héroe, rudo en la contienda.
Los guerrilleros del Tolima jamás olvidarán su nombre.
Tulio Varón ha muerto, corre a abrirle la puerta.

                                       17 De Mayo De 1900



El primer verso, acude al manido recurso del morbo, que resulta antipoético, en el mejor sentido del ideario de Nicanor Parra, pero sin su pericia técnica. Su dramatismo, resulta en comedia ramplona: El cadáver del héroe—el llanto de la mujer—los pedazos del muerto—la sábana. Todo converge en un espectáculo digno de las peores novelas de folletín, donde la imagen se precipita como un caballo desbocado por el barranco de lo menesteroso. La risa del enemigo, mientras la mujer está con la frente altiva; el ave oscura de los pensamientos. Aquí pretende ser luctuoso, en el peor sentido de Edgar Allan Poe y su cuervo. No pudo ocurrírsele, algo mejor, un ave metafórica mucho más digna de la madre de todas las batallas de la poesía: la caída de Ilión. La lechuza, simbolizaba la guerra para los griegos; la muerte y las desgracias, para los romanos; anunciaba la presencia de lo ominoso o “el horizonte de las ultimidades”, como lo llamó Heidegger. La guinda del pastel de los clichés, en la frase: "no te vayas a afligir, así es la guerra". Por supuesto: en las guerras, el sentimiento que está a la orden del día es la aflicción; no podía ser de otra manera. Hay una gran distancia entre estos versos fáciles, grandilocuentes (sin esa dimensión atroz del artista que sufrío en carne propia el fragor de la batalla), y los del gran poeta inglés, Wilfred Owen, poeta paradigmático de la Gran Guerra, cuyos versos trágicos, sirvieron de apoyo a Britten para su War Réquiem.

Todo aquí es afectado: dramatismo soso de la peor laya. Pura pirotecnia verbal; redoble de tambores de forzada rítmica para una música ausente; juego de metáforas, tan obscuras y carentes de sustancia, que enturbian la poesía. El poema fútil, vacío, termina por marchitarse pronto a sí mismo; se derrumba como un burdo castillo de arena, que cae por obra de su propia deformidad, por mera ausencia de belleza.


La poesía se revela poderosa, cuando el bardo, si es buen taumaturgo-vidente-médium, consigue desentrañar su mensaje cifrado. No a todos le está concedido entrar al banquete de los reyes, La Diosa Blanca no se entrega fácilmente, cual ramera de los bosques, al guerrero que más sangre ofrezca. Así pues, para resumir: un poeta que se oculta tras una máscara tallada antes, magistralmente, por Blake, Withman, W.B. Yeats, T.S. Elliot, Borges o Elytis, cae estrepitosamente, en su intento vano de revestirla de novedad, en el ridículo del aplauso forzado. Es la desgracia del bufón, que consigue sacarle carcajadas solo una vez a la corte. 


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El poeta antioqueño, Marcel Solviyerte

domingo, 16 de abril de 2017

Faulkner y el fin del hombre



                                                      Faulkner, escribe en su estudio 

La obra de William Faulkner es ―junto a otras tan conspicuas ­en la historia de la literatura como la de Dostoievsky, Camus, Malraux, Sartre etc.―, un grito desgarrador y trágico, un estandarte que flamea entre las ruinas de un mundo que parecía prometedor. Personajes alcohólicos y marginados; hombres parias, niños, mujeres y ancianos, se mueven como  peces en las aguas procelosas del desarraigo. Parece que en su obra no pudiera concebirse la esperanza para la humanidad. Nacido en 1897 en New Albany, Faulkner siempre puso por encima a su patria, Misisipi. Dijo alguna vez que en caso de tener que hacerlo, se enfrentaría sin dudar, a su propio país, Estados Unidos (una nueva Unión del Norte tan excluyente y más racista incluso, que el mismo Sur Confederado de los tiempos de Lincoln), tal como sus ancestros enfrentaron a los norteños en el pasado.


Al ganar el Premio Nobel de Literatura, en 1950, tuvo que dar como todos los premiados, un discurso de aceptación del mismo. Por tradición, es un momento solemne, en el que el ideario del galardonado puede percibirse en toda su lucidez y potencia. Para aquellos tiempos, el mundo ya estaba hecho trizas: los totalitarismos habían dejado tras de sí, dos conflictos mundiales y la humanidad veía oscilar sobre su cabeza la Espada de Damocles de un holocausto nuclear con los recientes bombardeos de Hiroshima y Nagasaki. Durante la ceremonia, Faulkner dijo que la única angustia verdadera del hombre ―y la mujer, claro está― de nuestros tiempos, era solo saber cuándo volaría en pedazos. Y que lo único que constituía su salvación era escribir bien o lo que es lo mismo, la belleza del arte que confronta al corazón con sus dilemas eternos.

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Un bombardero estadounidense lanza misiles Tomahawk sobre territorio Sirio

Las palabras de Faulkner, a ciento veinte años de su natalicio, resuenan hoy en la memoria. Enfrentados a una potencial nueva guerra mundial, cuando los sheriffs del mundo amenazan por decidirse a activar el botón que abrirá las puertas al pavoroso Dies Irae, no queda otra cosa que reflexionar acerca del fracaso de los sistemas políticos, que no han hecho sino deshumanizar y cosificar el alma humana. Una fotografía en cuestión, tomada durante una explosión en Alepo, Siria, parece reafirmar las palabras y la obra del Nobel de Albany. Durante el estallido de un artefacto explosivo, un fotógrafo árabe intenta, infructuosamente, salvar de las garras de la muerte a un niño. Al ver que sus esfuerzos son inútiles, entonces se arrodilla para llorar amargamente y pedir una explicación a Dios. ¿Dónde estaba en ese momento? ¿Riendo tras los visillos del universo u orquestando otro escenario en el cual poner a prueba nuestra fe, tal como hiciera con Abraham? El silencio del arte siempre será más elocuente que las vacuas palabras del pastor o del gendarme de turno. Y las palabras de Faulkner, resuenan hoy, a través de un siglo brutal, mecanicista, enajenado por el valor del dinero y la anulación de los valores del espíritu.


El fotógrafo Abd Alkader Habak, llora desconsolado, al no poder salvar la vida de un niño sirio. Fuente: http://radiomitre.cienradios.com/la-desgarradora-impotencia-de-un-fotografo-tras-un-nuevo-atentado-en-siria/


sábado, 15 de abril de 2017

Obituario: Nicolás Suescún, una vida dedicada a las letras


Los lectores colombianos de los años ochentas y noventas, seguramente recuerdan el nombre de Nicolás Suescún en las portadillas de las ediciones de clásicos, sobre todo en Cara y Cruz de Norma. Rimbaud, Yeats, Balzac, Shakespeare, Blake, Stevenson, Flaubert, entre otros, fueron traducidos por el poeta y cuentista, nacido en Bogotá en 1937. Su vida fue una comunión constante con la literatura y el arte; un darse a los demás en esa suerte de apostolado que es el oficio de traductor, tan arduo como poco reconocido.


Gracias a Suescún, los lectores en español nos acercamos a los clásicos franceses: Madame Bovary o Una Temporada en el infierno; Cuentos Macabros de Bierce, El Príncipe Florizel de Stevenson, Canciones de Inocencia y experiencia de Blake y Timón de Atenas de Shakespeare, fueron algunas obras vertidas desde el inglés por el traductor bogotano. Los poemas de Gómez Jattin y Mario Rivero también fueron versionados en inglés por Suescún, una de las plumas más prolíficas de Colombia. Paz en su tumba.

Aquí un artículo escrito por Nicolás Suescún para la Revista HJCK edición junio de 2002, número 1.499.